Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2008/08/30 00:00

En defensa de Fabio Valencia

Pido al doctor Fabio que no renuncie; que haga gala de su célebre nepotismo y ubique a su hermano Ramiro en un puesto desde el cual no pueda escribir

En defensa de Fabio Valencia

Francamente no entiendo cuál es el escándalo con Fabio y Guillermo León Valencia, ni por qué hay gente a la que todo ese asunto aún le sorprende. Finalmente, ambos son políticos colombianos y, como tales, hacen cosas propias de los políticos colombianos: nombran familiares en cargos públicos, cambian de bando según sus intereses, le venden el alma al diablo y nunca responden por lo que hacen. Nada nuevo.

En cambio, descubrí a un Valencia Cossio que sí puede ser nocivo. No es Fabio, no es Guillermo León. Es Ramiro: otro hermano que ya había vivido del Estado, pero del que volví a saber esta semana en un episodio que sucedió así:

Esta semana viajé y cuando me disponía a leer la revista de Avianca se sentó a mi lado la clásica señora miedosa que antes de que el avión arranque se echa una bendición visible, reza con un susurro sonoro y aplica una terapia de distracción contra el miedo que consiste en hablarle al vecino durante todo el trayecto.

Aunque me sentí azorado por su presencia porque siempre he odiado que me hablen en los vuelos, traté de concentrarme en lo que tenía enfrente: una columna que abrí por azar, titulada 'Reflexión' y escrita por Ramiro Valencia Cossio.

Se trataba de una espesa melaza de superación personal que uno debía sorberse párrafo por párrafo, en la que flotaban grumos de filosofía oriental y fábulas pretenciosamente estimulantes que invitaban al lector a vivir el momento, comer más helados y menos habas y ponerse en la piel del otro para comprenderlo mejor.

Por primera vez rogué para que la vecina me hablara. Pero no me hablaba, la miserable no me hablaba, y por un leve masoquismo que padezco, que consiste en gozar con lo que me molesta, como cuando uno se espicha un morado, me leí el artículo de este Paulo Coelho antioqueño, de este Osho del Valle de Aburrá, que estaba en la línea de esa prosa falsamente sabia que no aguanto: esa prosa en que las parábolas están redactadas con unas mayúsculas arbitrarias e indignantes a través de las cuales Uno aprende a crecer como Individuo en medio del Cosmos.

Como el pesimismo es el hábitat natural de la inteligencia, desconfío de la retórica de buen ánimo con que ensamblan los consejos de superación personal, sobre todo cuando no vienen en su estado puro sino rendidos con algo de esa sabiduría oriental tan de moda con que la que las modelos procuran parecer intelectuales y los ex adictos tratan de mantenerse a flote.

Detesto a Sai baba; prefiero comer habas a comer helados; no sé cuál es la diferencia entre un chancro y un chacra; el único yogui que me parece serio es el oso Yogui; me aburren las personas que creen que los árboles tienen energías, como no sean los de navidad, que más que tenerla la gastan. Y aunque me parece bonito ponerme en la piel del otro para comprenderlo mejor, por motivos que saltan a la vista, en el caso de Valencia Cossio prefiero pasar.

Sin embargo, el artículo tuvo un efecto en mí. Antes de leerlo yo hacía parte de esa gavilla histérica que pedía la cabeza del Ministro; ahora, en cambio, veo las cosas de otro modo.

Ahora, en cambio, me parece que es mejor negocio tenerlo aislado en el potrero de la política nacional, donde se concentra lo peor que tenemos, y no disperso en otras materias que están libres de su sombra.

Es mejor que siga de ministro. Puede ser que represente como pocos esa forma terrible de hacer política con la que siempre nos han gobernado. Pero de él nadie, óigase bien, nadie podrá decir que ha hecho algo tan grave como escribir artículos de superación personal. Todo el reguero lo ha hecho en un mismo sitio. En cambio, si su hermano Ramiro hubiera seguido ese ejemplo y no se hubiera retirado de la política, que en todo caso no tiene remedio, nos habríamos ahorrado a un hostigante escritor de meditaciones.

Me aguanto a todos los políticos, pero no a los columnistas cursis. Por eso, pido al doctor Fabio que no renuncie; que siga, y haga gala de su célebre nepotismo, y ubique a su hermano en un puesto público desde el cual deje de escribir. Puede ser el Ministerio de Energía que una vez ocupó: se nota que sabe de energías. Y de chacras.

Pensaba en todo esto poco antes de sumergirme en una novela de la que me sacó mi vecina con cara de pánico.

—¿No se estará moviendo mucho este aparato? — me preguntó.

—Con tanta turbulencia, es muy posible que se caiga — le contesté.

Pero cuando lo dije estaba pensando en Fabio Valencia, no en el avión.

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