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Opinión

  • | 2014/12/10 00:00

    En las calles de Ciudad de México

    Hace poco más de dos semanas estuve en la capital azteca y sentí en las manifestaciones que presencié la energía de una juventud que reclama cambios en un país agobiado por la corrupción.

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“La Calle es de Todos” tituló su columna dominical del pasado 30 de noviembre la periodista Miriam Mabel Martínez en Excélsior, uno de los diarios más importantes de México. Leí ese texto sentado en un pequeño café del Paseo de la Reforma, uno de los ejes viales más importantes del centro de Ciudad de México.

Esa lectura me llevó a hacer un repaso de la marcha que días atrás había presenciado justo en esa misma zona, cuando cientos de personas, entre profesores y estudiantes de la Universidad Autónoma de México, y activistas en derechos humanos, reclamaban justicia por la desaparición de los 43 normalistas de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, un poblado de Iguala, estado de Guerrero, en hechos ocurridos entre el 26 y el 27 de septiembre pasado, y por el encarcelamiento de 11 personas durante una jornada de protesta realizada el 20 de noviembre en El Zocalo, frente a la sede de gobierno.

La periodista Martínez evocó en su texto a Cuauhtémoc Cárdenas, una prominente figura de la política mexicana, fundador del Partido de la Revolución Democrática (PRD), quien estando al frente del gobierno del Distrito Federal promovió la iniciativa de “La Calle es de Todos”, con el fin de contrarrestar la inseguridad que vivía esa compleja ciudad a finales de la década del noventa.

Al recordar su reencuentro con la ciudad y lo que significó salir a manifestarse, escribió: “(…) ahí en las calles junto a otros me convertía en esos otros y todos en conjunto nos uníamos en un cuerpo cívico manifestante". Y agregó líneas más adelante: “Aprendí que los espacios públicos son vitales en la generación de ciudadanía, en el poder ser empático con el otro, en la búsqueda de identidad, en la construcción de cada individuo y en su aportación individual a la comunidad”.

Y justamente eso es lo que se siente cuando se asiste a las marchas de estudiantes mexicanos: aportación individual a la comunidad. Pero no es un aporte cualquiera. Dada la coyuntura que las convoca, el aporte más significativo es la pérdida del miedo que expresan los manifestantes. Y así lo dejan consignado en sus mensajes: “Nos quitaron tanto que nos quitaron el miedo”, se lee en algunas paredes de la ciudad.

Y de la pérdida del miedo también hablar Martínez en su columna dominical al evocar nuevamente a Cárdena y los objetivos de su propuesta urbana: “Y esa fuerza es la que el ingeniero Cárdenas quería despertar con un fin muy claro: que los ciudadanos reconquistáramos las calles y así combatir la violencia, esa que se disfraza de miedo, la agresión de las que somos víctimas diariamente al vivir rodeados de corrupción, transa y sin el ejercicio de la ley”.

Los estudiantes, junto con sus profesores, y acompañados de activistas y padres y madres de familia, salen insistentemente a las calles del Distrito Federal para recordarle a la ciudadanía que en las aulas de la Normal de Ayotzinapa faltan 43 estudiantes, víctimas de la desaparición forzada por reivindicar sus derechos y protestar por las graves condiciones de infraestructura de su institución educativa.
Y ese ejercicio de memoria colectiva, que cada vez cobra más fuerza y debilita la imagen de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, quien proviene del Partido Revolucionario Institucional (PRI), una tradicional organización política mexicana que gobernó el país durante buena parte del siglo XX, no solo arrecia contra la institucionalidad central, también las críticas se centran a las administraciones públicas regionales y locales que han sido permeadas por los carteles del narcotráfico, poderosos en sus feudos locales y quienes disponen de sus fichas políticas sin recato alguno.

Por ello, la lectura que hace Martínez de todo ese movimiento estudiantil que recorre las calles la llevan a definir lo que es, a su juicio, una manifestación: “Es una acto de apropiación de la ciudadanía de su ciudad. Es una forma de decir presente, un recordatorio, un llamado de atención para los gobernantes, un hallazgo para los observadores, una catarsis para los asistentes, un reclamo pero también la posibilidad del reencuentro, de no saberse solo”.

Una frase poderosa que me interpela, pues en calles de Ciudad de México, por varios días y en dos manifestaciones fui eso, un observador que exploraba la situación del país azteca a través de sus jóvenes, de sus docentes, de sus padres y madres, de los activistas, y lo que encuentro en una gran conciencia social en un amplio sector académico y social, que pretende, con la protesta, poner a reflexionar a quienes hoy dirigen ese país, tanto desde la legalidad como desde la ilegalidad. Ambos, en algunas regiones, son los mismos.

Una frase, exhibida por una anciana mujer en silla de ruedas, que asistió a la marcha del pasado 26 de noviembre, condensa el espíritu que hoy mueve a un amplio sector mexicano crítico de la situación en su país: “Si porque protesto me golpeas… aquí estoy de nuevo”. Hay pues un movimiento de resistencia en las calles que, pese a las agresiones policiales, que por momentos sobrepasan su acción coercitiva, nada distinto a otros países, incluido Colombia, se enfrenta al temor de ser detenido y desaparecido con valentía y aglutinado en otra frase de batalla: “Ayotzinapa somos todos”.

La columnista del Excélsior remata su texto reiterando el valor de la calle como espacio de la protesta: “Salir a la calle debería ser una obligación cívica porque ahí afuera de nuestras zonas de confort, de nuestros espacios privados, es donde podemos aprender más de nosotros, allá afuera se aprende la diferencia”.

Al concluir la lectura de esta columna salí a la calle, a caminar por el Paseo de la Reforma. Llegué hasta El Zócalo y encontré decenas de estudiantes preparando en ese amplio espacio público una gran galería fotográfica con las imágenes de los 43 normalistas de Ayotzinapa. No pude quedarme mucho tiempo allí. A media noche de ese domingo ya estaba en mi casa, en Medellín, preguntándome cómo vemos los colombianos las calles.

PD: En estos link exhibo mis dos trabajos fotográficos sobre las manifestaciones en Ciudad de México citadas en este artículo:  http://bit.ly/1wZTWtV - http://bit.ly/1vN0avD

En Twitter: @jdrestrepoe
(*) Periodista y docente universitario

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