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Opinión

  • | 2017/12/05 23:42

    En manos de la derecha

    Hoy por hoy, la realidad política de este país atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia reciente. Aun cuando muchos todavía no se han percatado, los colombianos estamos siendo testigos del inicio de un capítulo nefasto, que seguramente va a acabar muy mal. Cuando llegue el momento, nuestros nietos y bisnietos estudiarán en el colegio este episodio, y llegarán después a la casa a preguntarle a sus padres por qué sus abuelos fueron tan imbéciles.

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Desde que empezó el proceso de negociación entre el Gobierno y las Farc, hemos sido testigos de una absoluta derechización del país. Ese fenómeno fue promovido y alimentado por quien es el líder natural de dicha corriente política: el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Vale la pena hacer un análisis para entender cómo llegamos a una situación, en la que habiéndola tenido tan cerca, la paz puede estar a punto de escapársenos de las manos. La esperanza del fin del conflicto empezó a ver sus días más difíciles desde la victoria del No en el plebiscito. A partir de ahí, una serie de eventos desafortunados entre los que se cuentan la incansable oposición de Uribe y de otros a todo lo que venga de Santos, la disolución de las mayorías en el Congreso, la cercanía de las elecciones, los errores de las Farc y del Gobierno, los intereses de los más de 30 candidatos, los congresistas buscando reelegirse, el aumento de la coca, y el ego de los implicados, entre otros, han conseguido reducir seriamente la posibilidad de que esta paz llegue a buen puerto. La realidad es que la derecha organizada logró imponerse en el legislativo para hacer modificaciones de todo orden a los textos aprobados, que van en clara contravía con la esencia y la columna vertebral de los acuerdos del Teatro Colón. Curiosamente están logrando su objetivo de volver trizas los acuerdos, sin haber llegado aun al Palacio de Nariño.

Mientras la izquierda parece estar lejos de ponerse de acuerdo en una figura de coalición que les permita ganar las elecciones de 2018 y garantizar el proceso de implementación, quienes antes fueran los promotores del No, están perfectamente organizados en fila y bajo un solo jefe, para alcanzar su consigna de atravesarse a la paz. La estrategia ha sido simple: se han encargado de torpedear todo aquello que implique un avance hacia el cumplimiento de lo pactado, para luego hacer campaña criticando los vacíos que ellos mismos generaron. Los candidatos de la derecha, recorren el país alabando al expresidente Uribe, y diciéndole a sus futuros electores que ellos sí van a lograr una paz justa, con todo el secretariado en la cárcel, y que no nos conduzca al castrochavismo. Ellos hablan de un esquema de acuerdo, que tiene todas las características de un sometimiento a la justicia. Le venden a la gente la idea de que eso es posible, ignorando por completo que esto se trata de una negociación de dos partes que deben ponerse de acuerdo.

A la coalición de los del No parece no importarle las consecuencias de desarmar una guerrilla para hacerle conejo. Seguro ellos piensan que eso se puede hacer y que no pasa nada. Pero sí pasa. Por su obsesión de volver al poder están logrando que el Estado incumpla los acuerdos. Entre los guerrilleros se ve ya una desconfianza y varios de ellos empiezan a abandonar las zonas de normalización para enfilarse en las disidencias.  La situación es grave.

Pero más grave aún es que la gente le está comprando el cuento a la derecha. Como están las cosas, es bastante probable que el próximo presidente de Colombia sea el que diga Uribe. Si eso pasa, cualquiera de ellos que salga ganador, se dará cuenta el primer día de dos cosas: que es la persona más poderosa del país, y que ser presidente es muy distinto a ser candidato, pues una vez esté sentado en esa silla, entenderá que sus palabras y sus acciones ahora sí tienen consecuencias. Así las cosas, cuando pase los primeros días durmiendo en el palacio se le hará evidente que todo lo que prometió es imposible de cumplir pues la contraparte no lo acepta, y se verá ante una difícil decisión: hacerle caso en todo y ser un títere de Uribe, o mandarlo pal carajo y hacer lo necesario para ahorrarle al país miles de muertos más.

A nadie le gusta que le digan qué hacer, y menos a un presidente. Ya veremos, si el sucesor de Santos esté dispuesto a ser el subordinado que enterró la paz en Colombia para quedar bien con Uribe, o el traidor que se dejó seducir por la sensatez…  

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