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Opinión

  • | 2011/01/21 00:00

    En memoria de "Raulito"

    Réquiem por el exconstituyente Germán Rojas Niño, quien tanto aportó a la paz y a la reconciliación.

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En la mañana del jueves pasado escuché, como de costumbre, los radio noticieros, los que presumimos interesantes. Me hablaron del precio del euro y del dólar en un país de desplazados y desempleados. Luego le dieron el cambio a la nueva capital de América Latina: desde Miami, la corresponsal mencionó el restaurante de moda en la capital del sol. Medité en el cinismo del mensaje. No pude abstraerme al punto de olvidar la realidad semifamélica de los públicos receptores de esos contenidos.

De repente una llamada al teléfono móvil me liberó de tanta información asfixiante. Era Odilia, una mujer de un barrio popular, quien con voz entrecortada por el llanto, me dijo en tono lacónico: “Raulito murió anoche en la ciudad de Cali”. Me fui al computador y escribí en una red social: “hay muertes que no pueden ser asumidas en forma privada, menos en forma doméstica, porque sus vidas siempre fueron una obra pública al servicio de una nación plural, en paz y con justicia social. Paz en la tumba de Raúl, Germán Rojas Niño, constituyente del 91”. Lo hice porque hoy estoy convencido de que si no asumimos la tarea de escribir nuestra propia historia, de resistencias, de luchas, de gobernabilidades, los otros, complacidos lo harán por nosotros. El gran problema reside en que a ellos, a los otros, solo les inspira el ánimo de eclipsarnos.

“Raúl fue un hombre integro. Lo conocí hace tantos años que perdí la cuenta. Estuvimos juntos en el Caquetá donde fundamos lo que se llamó el Frente Sur del eme en 1980. Valiente como pocos, fraterno hasta el extremo, firme como una roca, era un ser humano en el que siempre se podía confiar. Hoy le decimos con el corazón hasta siempre hermano, hasta siempre compañero, hasta siempre Comandante”. Estas frases fueron escritas por Antonio Navarro Wolff para expresar su dolor, tras conocer la noticia de la muerte de Germán Rojas Niño, más conocido en la intimidad del M-19, como “Raulito”. Creo que es una semblanza afortunada porque describe de forma apretada las virtudes del guerrero de la magia, como lo califican unos; del luchador imprescindible, postulan otros al mejor estilo brechtiano, aludiendo a la convergencia entre la línea infinita de la vida, persistente en la lucha, y el carácter insustituible de los seres que hacen de la dignidad, la divisa insobornable de su existencia.

Por lo pronto prefiero apelar a Kundera: “la lucha de la memoria contra el olvido es la lucha del hombre contra el poder”, para ejercitar la reminiscencia en una sociedad como la nuestra, bastante proclive a la amnesia. Solo así seremos justos con la vida y obra de Germán Rojas Niño.

Escribo estas palabras en el momento clave en que el cuerpo de ‘Raúl’ es sometido a la cremación, en la ciudad de Cali, la que apreciamos tantas mañanas, desde las montañas del nor-oriente caucano, como una meta más, como una meta posible.

Raúl tuvo la fortuna de participar de un momento fantástico de la historia de esta nación, del grupo de fundadores que imaginaron lo insólito: caminos de transformación para un país anclado en el tedio provocado por la exclusión del frente nacional. Desde esa raíz nacionalista y de izquierda proclamó a los cuatro vientos que había un “abril por venir”.

En un comienzo, cuando los años del tropel exigieron el uso de la lucha armada para promover todo tipo de libertades, en un país dominado por estados de sitio, estatutos de seguridad, torturas y desapariciones forzadas, Raúl fue comandante ejemplar, liderando tropas, conduciendo combates y cosechando victorias populares.

Después vino su mayor herejía: En medio de una guerra de fuegos cruzados, pensó que la paz era posible; inventó modelos complejos de pensamiento que le dieran forma a un delicado e incierto proceso de transformación. Los caminos de la guerra bien podrían convertirse en caminos de paz y de reconciliación. Ese fue el momento de mayor valentía desplegado por Germán Rojas, Carlos Pizarro, Antonio Navarro, Vera Grabe, Otty Patiño, entre otros. Ellos apostaron a la dejación de armas en un gesto casi que unilateral, pensando en el interés supremo de una nación hastiada de la guerra fratricida.

El país recompensó en forma generosa esa decisión política herética. A pesar del cobarde asesinato del comandante Carlos Pizarro Leon-Gomez, el M-19 continuó empeñado en abrirle espacio a la paz. Navarro recogió las banderas del inmolado Pizarro, fue a las elecciones presidenciales y obtuvo 750.000 votos. Todos estos hechos: los acuerdos de paz suscritos entre las guerrillas y el Estado Colombiano, los ascensos electorales de la izquierda, las luchas estudiantiles encarnadas en la séptima papeleta, las luchas de todos los movimientos sociales, crearon un ambiente propicio para la renovación de la vida política colombiana que desembocó en la trascendental Asamblea Nacional Constituyente del 91. La Alianza Democrática M-19 obtuvo 19 escaños, de un total de 72, uno de los cuales fue asumido por voluntad popular por Germán Rojas Niño.

Sí, Raúl fue uno de los protagonistas de la gesta política más importante del siglo XX en Colombia. Por eso en cada escenario democrático de esta nación diversa, en las luchas de las mujeres por promover la equidad de género, en los alzamientos juveniles para afirmar sus identidades, en la voces afros que demandan por sus tierras, en las mingas indígenas que caminan la palabra para reivindicar su historia de autonomías, en los desafíos iconoclastas de la población LGBT que exige el reconocimiento de sus derechos, en las aspiraciones de las regiones a la descentralización, en las luchas de los ecologistas por el agua y por el aire, ahí, estará impregnado el perfume de la soberanía, del espíritu indómito, de Raúl, el mismo que sirvió de musa para inspirar variadas rebeliones.
 

*José Cuesta Novoa es profesor universitario
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