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Opinión

  • | 2003/12/21 00:00

    En los tiempos que corren

    También los colombianos le hacemos eco a la propaganda del Imperio y creemos que el gran problema son los 'terroristas'

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Se supone que los años tienen su sello, su perfume, o si quieren -para usar una palabra más pasada de moda- su espíritu: su Zeitgeist. Pero ¿cuál es el espíritu de esta época, el sello de este año que termina, si lo tiene? ¿Cómo recordarán los historiadores del futuro estos primeros tiempos del tercer milenio en nuestro país y en el mundo? Quizá una buena pista para ellos

(que tendrán más calma y podrán verlo todo con la perspectiva de la distancia) sea decirles a qué nos huele a nosotros, que estamos sumergidos en sus días, que los estamos viviendo hora tras hora y por lo tanto gozándolos o padeciéndolos. ¿A qué sabe todo esto, a qué nos suena, a qué se nos parece?

Mejor hablo por mí: estos años, políticamente, parecen de restauración, de regreso al pasado. Tienen prestigio los fanatismos religiosos y la guerra. Aquí (un sitio de la tierra que para el mundo no cuenta) y en lo que sí cuenta (es decir, en el único Imperio superviviente) lo que triunfa es la guerra, la tecnología aplicada al exterminio del enemigo, el patriotismo y la gazmoñería. Triunfan los guerreristas, que son al mismo tiempo, qué casualidad, los mojigatos religiosos, los que se oponen al control de la natalidad, pero apoyan la pena de muerte y se preguntan si una opción legítima para proteger la civilización no será la tortura.

En Colombia hay dos figuras emblemáticas de lo ocurrido este año. Dos activistas de la no-violencia: el gobernador Guillermo Gaviria y el ex ministro Gilberto Echeverri, quienes fueron asesinados a quemarropa por la guerrilla, durante un torpe intento de rescate por parte del Ejército. Sus cuerpos indefensos, armados de palabras, quedaron aplastados entre dos fanatismos. Es lo mismo que sucede en el mundo, digamos en Irak y en Afganistán: guerreristas seguros de ser los dueños de la verdad, bien armados, se enfrentan a fundamentalistas mal armados, más seguros aún de su verdad, y dispuestos a matar y a morir sin ninguna consideración humanitaria. Caen niños en el medio.

Me dirán que estoy poniendo en el mismo plano a los terroristas y al Estado legítimo (bien sea el colombiano o el de Norteamérica). No: entre la guerrilla y Uribe, prefiero a Uribe, y entre los talibanes y Bush, prefiero a Bush, aunque me cueste decirlo. Pero esa preferencia (entre dos males, el menor) no me ciega para ver la desmesura y los defectos de los "buenos". Que en este instante no se ven, porque la población está obnubilada por cargas de propaganda y patriotismo. Dirijan la mirada a las muñecas de los colombianos: en el sitio donde palpita el pulso, la mitad de las personas llevan anudado un lazo tricolor. Como un uniforme mental. Todo está permitido si se hace "por la patria".

Como si los grandes problemas no fueran la miseria de la mayoría, la exclusión, la falta de educación y de comida en un planeta superpoblado, también nosotros en Colombia le hacemos eco a la propaganda del Imperio y creemos que el gran problema del mundo y del país son "los terroristas", y que una vez derrotados podremos volver a vivir en el paraíso. Estamos orgullosos de participar en la gran cruzada mundial ("The war on terror") y nos ponemos contentos de que entre las 60 naciones del mundo que están autorizadas a participar en las licitaciones para reconstruir a Irak, esté el nombre de Colombia. ¿Nos tocará alguna migaja en el negocio?

Mientras los sacerdotes blanden los hisopos para rociar con agua bendita los fusiles, la brecha entre ricos y pobres se hace más profunda. No hay un espacio para la negociación y los acuerdos: el Estado y la guerrilla hablan sólo mediante las balas. Ambos quieren arrodillar al otro y miles de secuestrados (empezando por Ingrid Betancourt) siguen pudriéndose en la selva entre el salvajismo de los guerrilleros y la indiferencia de los patrioteros.

Hay una novedad, aquí, a finales de este año: el bando más sanguinario de los últimos decenios dice estar dispuesto a dejar de matar. Los 'paracos' ofrecen dejar las armas a cambio de impunidad. Sus comandantes quieren descansar y dedicarse a disfrutar las tierras que ganaron con sangre en años de combate contra la guerrilla y contra campesinos supuestamente aliados de ella (que ahora forman parte de nuestros desplazados y cinturones de miseria). Los más serenos en el establecimiento se tapan las narices y miran para otro lado, como diciendo: "No hay de otra". Algo huele a podrido, pero es la lógica de los tiempos: "Los crímenes de los enemigos de nuestros enemigos pueden perdonarse".

Lo bueno está en otra parte: en los científicos que siguen mejorando nuestras vidas en el silencio de los laboratorios y de los hospitales. En los artistas que nos hacen menos dura la existencia y nos ayudan a comprender por qué vale la pena estar despiertos. En los humanistas y santos que alivian a unos cuantos. Pero yo mismo les dedico mucho más espacio a los guerreros y a los poderosos. Así son estos tiempos. Muy parecidos a los otros tiempos.
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