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Opinión

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Lo veremos dentro de unos cuantos meses: lo de las vacas locas inglesas llegará a Colombia, no en forma de noticia pues Colombia tiene a gala el no interesarse por ninguna noticia que ocurra en el exterior, sea el paso de un cometa o el derrumbe de un sistema filosófico, sino en forma de enfermedad. Llegará porque a alguien se le habrá ocurrido el negocio de importar (desde Curazao, digamos, donde no hay vacas) esa carne contaminada y prohibida en todo el mundo porque al parecer transmite al ser humano una variedad de la encefalopatía espongiforme bovina llamada enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. Un negocio parecido se venía haciendo eso dicen: no me consta con la leche radiactiva de las vacas de Chernobyl, importada en polvo a Colombia a través de Trinidad (donde tampoco hay vacas) y usada para rendir la producción de los hatos sabaneros. Un negocio redondo. Y si hay enfermos, o muertos, nadie se va a enterar, a nadie le va a importar: nadie cuenta los enfermos ni los muertos en Colombia.Si ese negocio redondo se puede hacer y alguien lo va a hacer es gracias a la apertura económica salvaje que nos legó el gobierno de César Gaviria. Y esa apertura económica salvaje era ya el fruto de un contagio: del contagio de esa otra locura de vaca inglesa que se llama el neoliberalismo y que la señora Thatcher, no se sabe por qué vía de transmisión, convirtió en epidemia. La actual, la bovina propiamente dicha, también viene de ahí. De que, como consecuencia del levantamiento de las regulaciones estatales a la industria ganadera que decidió la Thatcher, en Inglaterra las vacas son alimentadas con proteína animal proveniente de harina extraída de los cadáveres triturados de ovejas enfermas de encefalopatía ovina. Y enferman también las vacas. Y enferman a continuación las personas que consumen su carne. Pero aunque eso se sospechaba desde hacía por lo menos nueve años Luc Montagnier, el descubridor del virus del sida, lleva mucho tiempo denunciando el peligro de esas 'enfermedades dormidas' a la espera de contagiar a los seres humanos_, los gobiernos neoliberales ingleses, el de la Thatcher y el de Major, se negaron a sofocar la posible epidemia por no tomar medidas intervencionistas que afectaran la libertad del mercado. Las mismas medidas _el sacrificio de cuatro, o inclusive de 11 millones de cabezas de ganado_ que ahora va a tener que tomar de todos modos Inglaterra ante la decisión de la Unión Europea de prohibir la importación de carne inglesa.La locura original, la insania madre, es ese neoliberalismo de jungla sin ley que ahora hasta el Papa denuncia en sus encíclicas. No es necesario ni siquiera darse cuenta de que los sorpresivos sacudones de extraña risa que a veces acometen a nuestro ex presidente Gaviria, o a su ex ministro de Hacienda Rudolf Hommes, son idénticos a los que les dan a las vacas inglesas que muestra la televisión, para entender que están locos. Pues es una locura permitir la importación de leche de Trinidad, de carne de Curazao, consiguiendo con ello el hundimiento de la producción ganadera local en cinco años, del 90 al 95, el hato ganadero de los Llanos disminuyó de tres millones a solo millón y medio de cabezas, y en consecuencia la reducción del consumo de carne y de leche en el país. Porque saldrán más baratas ahora, sin duda: pero se consumen menos, porque los que antes se ganaban la vida en ese sector ya no tienen trabajo, y ni comen carne ni les dan leche a sus hijos. Salvo que como han resuelto hacer muchos hayan cambiado de oficio, y de vaqueros que eran se hayan vuelto guerrilleros o paramilitares, que es hoy lo único rentable en el sector agrario. Operan, eso sí, con armamento importado. Porque nuestros neoliberales, que no previeron la expansión de ese mercado como consecuencia de la reducción del otro, mantuvieron las reglas que limitan el tráfico local de armas, obligando a sus usuarios a comprarlas por fuera. Y todo eso, que les debemos a Gaviria y a Hommes, es una locura. Y viene de la locura que les contagió la Thatcher.Entre las tribus antropófagas que todavía quedan en Papuasia los antropólogos han observado y descrito una curiosa enfermedad muy parecida a la encefalopatía espongiforme de las vacas inglesas y de los economistas neoliberales colombianos, a la que llaman 'muerte riente': es una dulce imbecilidad que va matando de la risa a los que viven de comer cerebros ajenos, convencidos porque así lo sostienen sus tradiciones de antropofagia de que así piensan mejor que con la propia cabeza.
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