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Opinión

  • | 2006/06/11 00:00

    Entre dagas y dolores

    “En el maremágnum de la violencia, se presentan actitudes de los victimarios que desvirtúan la lectura dicotómica entre bien y mal”, dice Gustavo Salazar.

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Cuando, en el siglo III, el último hermano del gran Emperador Ashoka buscó refugio en el pequeño reino de Kalinga, al noreste de India, luego de sobrevivir al asesinato de los otros cuatro a manos del Emperador, Ashoka exigió su cabeza al soberano de este reino. Pero Kalinga no obedeció el dictado, regido por principios budistas y el absoluto respeto a la vida, pues sabía la suerte que le esperaba. El Emperador, entonces, ordenó a sus generales atacar y someter al rey sublevado y a sus súbditos, pero durante meses la audacia militar de los resistentes limitó el ímpetu de los invasores. Ashoka, enfurecido ante semejante desafío y con un imperio en expansión, emprendió una inmensa campaña militar. Kalinga, sitiada, sometida al hambre, atacada durante semanas fue, finalmente, vencida. Diez mil personas murieron en una orgía de sangre y fuego, cientos de dagas y espadas rasgaron el aire y la piel durante días, en un vaivén asesino. Saqueada, destruidos sus templos, Kalinga recibió al vencedor. Ciento cincuenta mil habitantes del reino fueron sometidos al exilio, maltratados, esclavizados, deshechas sus familias y, así, Ashoka anexó triunfante un reino vacío y sin historia, amplió su imperio y, lleno de odio, encogió su espíritu.

¿Qué hice?, se preguntó el hasta entonces arrogante victimario, y esta sencilla pregunta lo llevó a cambiar su vida, a adoptar los principios del budismo, a regir sus actos por el principio de la no violencia, el mismo Ahimsa de Gandhi. El resto de su vida lo dedicó a promover la compasión y a dictar los famosos Edictos de Ashoka, un compendio de normas inspiradas en el amor al prójimo, el respeto y el perdón. El impío guerrero de ayer es hoy venerado en India como un hombre sabio.

Cuando el hombre se sumerge en la guerra, tienen más espacio la venganza, el orgullo y la ceguera, que la compasión o la razón. En el maremágnum de la violencia, sin embargo, en medio del lodo, la sangre, el miedo y la fatiga, se presentan actitudes de los victimarios que desvirtúan la lectura dicotómica entre bien y mal y surgen, se revelan, hombres fragmentados, hombres que incurren en actos de crueldad y de bondad casi simultáneamente. Asesinos fríos en el patíbulo y cálidos hombres en la casa; torturadores que adoptan los hijos de sus víctimas; crueles guardias que dejan escapar a sus custodiados; amoríos de cautiverio; combatientes que con esmero tratan de salvar la vida de su enemigo herido, simple condición humana, en fin, compasión que nace de la violencia, que crece en medio de la violencia. Primo Levi, sobreviviente de los campos de concentración nazi afirmaba que “contra toda lógica, la piedad y la brutalidad pueden coexistir en el mismo individuo y en el mismo momento”.

Sin duda, casi ningún victimario es Ashoka. Pero, no por ello, se puede cerrar esa ventana de piedad que se abre de tanto en tanto; por el contrario, hay que reconocerla y alentarla. Abordar la violencia, a los victimarios y sus razones, sus sentimientos y sus acciones, es entrar en el universo de la complejidad, pero también es vislumbrar la esperanza. Sin embargo, del otro lado está la mayoría de los victimarios, aquellos que eluden toda responsabilidad, niegan los hechos o arguyen que sus delitos son menos graves que los de sus adversarios, como si crimen absolviera crimen; la mayor parte finca sus esperanzas en el olvido, haciendo caso omiso de las lecciones de la historia.

Considerar que esos victimarios son el mal no soluciona nada, como no soluciona nada absolverlos sometidos a sus chantajes, obviar lo que hicieron por una mal invocada paz. Es necesario aprehender la realidad y tratar de rescatar las posibilidades, sanar a las víctimas y sanar a los victimarios. Es ineludible aceptar que muchos de ellos llevan las experiencias de guerra como una carga, han visto el infierno con ojos, lo han tomado de su mano, lo llevan, tratan de olvidarlo, pero no siempre lo logran, es estrés postraumático, tal vez sicosis. La verdad implica que los victimarios acepten sus hechos y entiendan que estuvieron equivocados, que hicieron daño, que hay víctimas; la verdad es confrontarlos con el dolor ajeno, aproximarlos al sufrimiento del otro, llamarlos a la comprensión y, de pronto, a la compasión; la verdad significa dejar de aceptar sin réplica sus razones, dejar de oír sus justificaciones y sus motivos baladíes que, con el tiempo, devienen en monótonas e insípidas letanías.

Eso lo aprendió un día Fabián, un joven de Medellín sumido en la violencia desde siempre. Osado, desafiante, irresponsable, temerario, hábil al volante, calculador, metódico, un hombre perfecto para el delito y para la guerra. Ya a los 8 años sirvió de ‘carrito’, llevaba armas, mensajes y droga de aquí para allá. Por su habilidad, rápidamente tuvo su arma, y con el arma las posibilidades de ganar más, de ascender. Escaló, y su pericia al manejar lo convirtió en el chofer de los “cruces duros”, asaltos bancarios y a carros de valores, en fin, todo tipo de ‘vueltas’. Fabián recibía mucho dinero y mucho dinero gastaba. Sin buscarlo, sin saberlo, construyó un dominio en uno de esos barrios de Medellín y, de pronto, se vio impartiendo justicia, dirimiendo problemas de pareja, de linderos, peleas de borrachos. La guerra lo había atrapado en su ambigüedad; con los aplausos crecían sus enemigos, los de arriba disparaban, los de abajo también, el territorio que era su fortaleza y su fortuna se convirtió en su trinchera, en su refugio. Muertos aquí, muertos allá, había que armarse y seguir, y el frenesí de la guerra siguió; ya no era un asunto de “luquearse”, era, ante todo, sobrevivir. La paz apareció como su obsesión, pero la paz que entendía era la paz de imposición, había que ganar, y para ganar había que vencer, aniquilar al otro, matar y matar. Vinieron las alianzas, pero los aliados en la guerra de hoy, mañana son los enemigos. Fabián lo sabía, aceptó vivir en ese escenario de guerras postergadas. La guerra empezó a disminuir, pero esa era sólo una pausa. Fabián había ganado, la paz se hizo a bala. ¡Victoria pírrica!

Pocos meses después, la guerra volvió y, con ella, los combates y disparos callejeros, las víctimas inocentes, las balas perdidas, cada intento por eliminar al enemigo lo multiplicaba, como en el mito griego de la Hidra de Lerna, ese monstruo acuático de varias cabezas y pestilente aliento a quien cada vez que se le decapitaba en un intento por darle muerte, le surgían dos nuevas cabezas. Fabián estaba preocupado, pues entre tanto había tenido un hijo, y por primera vez se preguntó, le preocupó el futuro. El “pelao” le iluminaba el rostro, lo hacía sonreír, le hizo tejer sueños y esperanzas, tal vez lo hizo reflexionar y pensar en los ojos de los muertos que se habían evaporado con el fuego del cañón de sus armas; tal vez pensó en los hijos de los otros, tal vez por primera vez se vio en los otros. Era hora de salir, era hora de acabar con la guerra. Golpeó puertas, en la Alcaldía, la Gobernación, la Personería, la Presidencia, pero la reticencia venía de su condición: Fabián era un pillo, un bandido.

Se encontró con otros jefes de banda en lo mismo, a sus 25 años ya eran unos viejos, unos sobrevivientes, la vida los había arrastrado en vértigo extremo, tal vez no sabían para dónde ir, pero sabían donde no querían estar, no querían estar en la guerra. Tal vez, como dice T. Todorov, “el mal que les tocó tan de cerca fue demasiado grande para que no se sintieran amenazados en su interior”. Fabián estaba atrapado en la guerra, y cautivo por el amor a su hijo.

Un sábado, en una fiesta infantil de rondas y cantos, con la cadencia de las notas avanzaron las sombras. Fabián, sentado, con su hijo sobre las rodillas, tarareaba las canciones. Las sombras siguieron, apresuradas, mientras las notas se tornaron en agitados compases de un réquiem. Fabián los vio entrar, ya los había visto en sueños, sabía que disparar era como ser disparado y los vio apuntando hacia él. El niño seguía en sus piernas, las sombras ya eran ojos quietos, dos vidas estaban en ciernes. Se levantó, sintiendo el frío de su arma en la espalda como una esperanza, tomó al niño entre sus brazos sin quitar su mirada de las miradas asesinas… no había tiempo de correr, no había tiempo de responder, hizo al niño hacia un costado, se abalanzó sobre el trayecto de las balas y, sin cerrar los ojos, recibió la muerte mirándola de frente. Sus pupilas se sumergieron en la tibieza de su sangre, movió su mano, tapó por un instante uno de sus múltiples orificios, detuvo el flujo de alma y le robó un instante al universo.

El hijo de Fabián ya tiene ocho años, sabe quien mató a su papá, los asesinos mandan en el barrio. Nadie ha ido a preguntar por su dolor, por sus miedos, el hijo del victimario es víctima. Fabián no tuvo tiempo suficiente para pedir perdón, el resquicio abierto, de un golpe se cerró, la historia de Ashoka parece un mito imposible. De la osadía del hombre armado quedó un cuerpo desvanecido y mucho dolor. Es hora de pedir perdón, y es hora de empezar a cerrar los ciclos, victimarios y víctimas sentados, frente a frente tal vez, conociéndose, reconociéndose, la verdad se impone, es la forma de curar. El ciclo de la violencia y las venganzas había terminado, tal vez sólo para dar paso al próximo.
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