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Opinión

  • | 2012/02/29 00:00

    Entre incrédulos y saboteadores

    La respuesta de algunos sectores a las recientes declaraciones de las FARC no es alentadora. Sobre todo si se tiene en cuenta que ni siquiera se discute aún el espinoso tema de las condiciones sobre un eventual diálogo, sino la simple posibilidad de iniciarlo.

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No acababan las FARC de hacer pública su decisión de liberar a los miembros de las Fuerzas Armadas en su poder, ponerle fin al secuestro con fines extorsivos y reiterar la necesidad de un diálogo, cuando ya se alzaban voces de rechazo o exigiendo el cese total de las acciones del grupo insurgente. Las voces de rechazo pueden ser resultado de temores generados por experiencias anteriores e inspiradas en la necesidad de cautela que exige cualquier proceso de paz; pero también pueden ser resultado de la incapacidad de ciertos sectores para superar la “percepción selectiva” que lleva a interpretar las acciones guerreristas de las FARC como un reflejo de su verdadera naturaleza y las señales de buena voluntad (como la liberación de rehenes y el cese del secuestro extorsivo) como simples tretas destinadas a desviar la atención o a obligar al oponente a bajar la guardia. Las voces que piden el cese total de acciones, muy probablemente en el entendido de que los golpes propinados a las FARC en los últimos años las tienen al borde de la derrota, prácticamente exigen la terminación del conflicto sin un proceso previo de negociación.
 
Sin entrar a debatir si la percepción sobre la correlación de fuerzas refleja o no la realidad en el terreno, muchos observadores parecen ceñidos a una interpretación apenas parcial y exageradamente optimista de las condiciones que llevan a las partes de un conflicto armado a buscar la salida negociada. Lo cierto es que la debilidad militar y/o política no es condición necesaria ni suficiente para ello. Inclusive un grupo golpeado, diezmado y cada vez menos legitimado ante vastos sectores de la opinión pública puede optar por continuar la confrontación si no percibe que la salida negociada es de hecho una posibilidad real que le permitirá al menos un logro parcial de sus objetivos. Al fin y al cabo, la fortuna de la guerra es cambiante y siempre cabe la posibilidad de esperar una coyuntura más favorable.

La respuesta de algunos sectores a las recientes declaraciones de las FARC no es alentadora. Sobre todo si se tiene en cuenta que ni siquiera se discute aún el espinoso tema de las condiciones sobre un eventual diálogo, sino la simple posibilidad de iniciarlo. Evidentemente, en procesos anteriores las partes no han entrado al proceso firmemente convencidos de la inevitabilidad de la salida negociada. Y ello, sumado a otros factores que han obstaculizado el proceso y que no es posible abordar en este espacio, ha generado profundas desconfianzas entre los actores y frente a la posibilidad de encontrar una salida política. Pero mal haríamos en dejar que los fracasos del pasado bloqueen la creatividad y la disposición a buscar alternativas de solución.

Es imperativo rescatar las lecciones aprendidas y evitar los errores anteriores. Probablemente hoy las condiciones sean más favorables que en el pasado no lejano. La posibilidad de un triunfo militar de las FARC es más remota que nunca. Ello puede repercutir en una actitud menos arrogante de su parte, limitar el alcance de la agenda y lograr el respaldo de sectores que antes se sentían amenazados por el proceso. Las FARC deben entender que el paso no es fácil para el gobierno. Que el costo del reconocimiento como interlocutor, por paulatino que sea, puede exceder en mucho los beneficios potenciales si se repiten dinámicas que le resten credibilidad al proceso. Por su parte, el Estado y diferentes sectores sociales no pueden echar al olvido sus propios errores en procesos anteriores, la amenaza que representaron otros actores y los temores legítimos de la insurgencia con relación a las verdaderas posibilidades de un ejercicio político de oposición. La memoria de la Unión Patriótica aún pende como una espada de Damocles.

No es conveniente cerrar de antemano las puertas a un eventual proceso presentando inamovibles y demandas maximalistas. Es tiempo de superar el “síndrome del Caguán” y reflexionar con cabeza fría sobre las posibilidades que se abren con esta declaración. Más adelante será necesario pensar los mecanismos y procesos más adecuados para garantizar la buena marcha de la negociación.

*Director del Departamento de Ciencias Políticas, Pontificia Universidad Javeriana.

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