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Opinión

  • | 2006/11/04 00:00

    Érase una vez un buen escritor

    Fernando Vallejo y Efraím Medina son las dos figuras más mediáticas de la literatura colombiana: cada vez que abren la boca, desatan un escándalo. Pero hace rato que se convirtieron en caricaturas de ellos mismos: sus libros pasaron a un segundo plano y se perdieron entre insultos, peleas y acusaciones de mal gusto

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La escena tenía tanto de conmovedora como de patética. Fernando Vallejo, uno de los mejores escritores colombianos de todos los tiempos, regresaba a Colombia después de seis años de ausencia. Su presentación en el aniversario de la revista El Malpensante era esperada por todos. Desde su llegada, un par de días antes, el escritor había dado declaraciones incendiarias, y su presentación en el tradicional Gimnasio Moderno –qué paradoja– prometía ser inolvidable.

Vallejo llegó acompañado al auditorio por 20 perros de la calle y en medio de un singular operativo de seguridad. Una suerte de rock star de las letras. Durante las siguientes dos horas se dedicó a insultar un poco a todo el mundo. Su discurso, que aparentemente trataba sobre el gramático colombiano Rufino José Cuervo, se convirtió en una ininteligible alharaca en la que mezclaba –con la misma coherencia con la que lo habría hecho una señora histérica– insultos, datos históricos, reflexiones gramaticales y reclamos a otros escritores latinoamericanos. Pocos entendían, creo, el fondo de su reflexión –un paralelo entre la degradación del idioma y la de la sociedad–, pero muchos aplaudían rabiosamente. Los que no estaban dormidos, exclamaban, complacidos, cada vez que el escritor decía que tal era un hijueputa, que Colombia era un cagadero y que el presidente Uribe era un “culibajito”. Extraño insulto, me parece: creo que fue el único que se le ocurrió después de pensar mucho y después de haber utilizado todos los que conoce. Las reflexiones valiosas –y hubo varias– se perdieron entre tanto veneno y uno que otro ladrido de sus acompañantes. Porque después de un rato, hasta los perros se desesperaron con la cantaleta de su protector.

Al día siguiente, durante el mismo festival, Vallejo se sentó en la primera fila de una conferencia en la que participaban el ex alcalde de Bogotá Antanas Mockus; el alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, y el urbanista español Andrés Cánovas. Todo iba muy bien hasta cuando llegó el momento de las preguntas del público: Vallejo tomó el micrófono y comenzó, de nuevo, su acto. Como si lo de los días anteriores no hubiese sido más que suficiente.

Llamó a Cánovas “persona inmoral” –el español nunca entendió muy bien qué pasaba–; cuestionó a Fajardo y se despachó en contra de Mockus, le dijo asesino y torturador.

Por años Vallejo ha hecho estas cosas. Pero, desde hace un tiempo ya, está haciendo el ridículo. Él mismo se ha encargado de que su magnífico trabajo literario pase a un segundo plano –¿alguien recuerda acaso cuál fue el último libro que publicó?–, y que la gente lo recuerde sólo por las barbaridades que dice. “Se puso a interpretar un papel ante los medios de comunicación y ha tenido que seguir siendo fiel al personaje que ha construido”, dice Óscar Collazos en su columna de esta semana en El Tiempo.

Y, tristemente, ese papel es el del bufón de los medios. Un bufón patético, además, al que nadie le entiende los chistes: “Por momentos el público que lo aplaude no capta el sentido oculto de sus provocaciones. Resulta que Vallejo es a menudo un anarquista de derechas a quien aplauden los extremistas de izquierda cuando se mete con el Estado, el gobierno, el Presidente de la República o el Papa”, continúa Collazos.

***

Unos días antes de la publicitada llegada de Vallejo a Colombia, otro escritor colombiano, Efraím Medina, presentó su nuevo libro en un conocido bar de Bogotá. El cartagenero lanzaba una edición corregida y extendida de su libro de cuentos Cinema Árbol, con el que ganó el premio Nacional de Literatura en 1995. Lo curioso es el contaste que hay entre el escritor de entonces y el de ahora: Cuando ganó ese premio, Medina se convirtió en una de las voces más interesantes de la literatura colombiana. Era un escritor valiente, que no temía decir cosas descarnadas. Y ni hablar de su primera novela, Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, una extraordinaria y original obra, una de las mejores que se han publicado en Colombia en mucho tiempo. Todo parecía indicar que Medina se convertiría en la voz más desenfrenada de la literatura colombiana.

Pero algo pasó. Medina sigue siendo un muy buen escritor, desde luego, pero ya no es la figura underground y subversiva que todos estábamos esperando. Yo mismo lo vi hace varios años en una lectura, en algún pequeño auditorio de una universidad. Entonces me sorprendió: frente a los pocos estudiantes que lo estábamos escuchando, sonaba auténtico, honesto y convencido de la fuerza de lo que leía. Hace una semana lo volví a escuchar en la presentación de Cinema Árbol. Pero esta vez me encontré con otra persona –no sólo por la cirugía plástica que se hizo a petición de la revista SoHo–, era otro escritor: desde una tarima Medina leía en voz alta fragmentos de su libro, pero sus propias palabras sonaban a mentira.

“Una sugerencia: ya que a Efraím le gustan tanto los cómics y los
superhéroes del cine, voto por que su próximo libro sea un homenaje a
Pinocho. En la carátula, como ha sido costumbre, Efraím aparecería menos
ligerito de ropas, con el mismo traje que Roberto Benigni utilizó en su versión fílmica del clásico italiano. La nariz, levemente alterada por el
Photoshop, daría a entender que padece la misma dolencia del muñeco. Y en un globito de diálogo, puesto al lado izquierdo, se leería la frase “Me fascina la ficción”, escribió Mario Jursich en una tremenda columna contra Medina, en la edición 59 de la revista El Malpensante. El texto, por supuesto, desató la furia del cartagenero, e inmediatamente se dedicó a insultar a Jursich, a su revista, y al director de la misma. Como buen fanático del boxeo, se ha enfrascado en varias peleas con otros colegas: Héctor Abad, Jorge Franco y el mismo Vallejo. Por estar en esas ha dejado de lado su trabajo como escritor. Todo el mundo le celebra sus ocurrencias, claro, pero nadie se lo toma en serio. Y lo más triste: pocos hablan ya de sus libros.

***

Vallejo y Medina no son los primeros que hacen estas cosas, por supuesto.
Miles de escritores y artistas han hecho y dicho cualquier cantidad de cosas para llamar la atención. Algunos lo hacen por publicidad, otros, por defender una causa o protestar. Pero hay que tener cuidado: la línea que divide la provocación y la payasada es muy delgada. Y, siento decirlo, nuestros dos escritores la cruzaron hacia el lado equivocado. Ambos se convirtieron en caricaturas de ellos mismos: sus libros pasaron a un segundo plano y se perdieron entre insultos, peleas y acusaciones de mal gusto. Una cosa es tener una postura radical y otra es llamar “torturador” en público, y sin pruebas, a otra persona. Una cosa es criticar al presidente Uribe con argumentos –y sí que hay material para hacerlo– y otra muy distinta es llamarlo “culibajito”. Está bien ser crítico. Está bien ser provocador. Pero, señores, podemos pedir un poco más de altura. Y, ni hablar de la autocrítica.

Colombia es un país donde hay muchos opinadores. Algunos muy profesionales, otros, improvisados, y casi todos irresponsables –prefiero ubicarme en este último grupo, desde luego–. Pero es un país donde no hay tantos escritores y la mayoría son regulares. Lo triste de todo este asunto es que dos de los mejores escritores se diluyan en medio de un juego de vanidades y de opiniones baratas. Lo mejor sería, para todos, que se dedicaran a hacer lo que pocos pueden hacer como ellos: a escribir. A escribir en silencio.

* Editor de la revista Gatopardo.
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