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Opinión

  • | 2007/05/26 00:00

    Erradicación y resiembra

    Todo es una farsa en eso que se llama hace treinta años “guerra frontal contra la droga”

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Comentando la devastación del Bajo Cauca antioqueño como consecuencia del invierno, o, más exactamente, como consecuencia de los derrumbes y deslizamientos de tierras provocados por el invierno en las montañas taladas de bosque para sembrar coca, dijo hace unos días el gobernador de Antioquia, Aníbal Gaviria:

-Hace cuatro años, cuando era candidato a la Gobernación, me hablaban de que en la zona había unas cuatro mil o cinco mil hectáreas sembradas de coca. Hoy todo indica que son las mismas. Nada ha cambiado.

Se equivoca el gobernador. Todo ha cambiado. Porque las cuatro mil o cinco mil hectáreas de coca no son las mismas: son otras. Pero él mismo lo reconoce: "Los campesinos lo que hacen es irse corriendo, talando el bosque a medida que las autoridades fumigan". Y por fin una autoridad -el propio gobernador- se da cuenta de la insensatez de la fumigación emprendida por las autoridades cumpliendo las instrucciones de otra autoridad más alta.

Cito algunas cifras de las que las propias autoridades dan (aunque, como es habitual, no cuadran):

Según la Policía antinarcóticos, entre el primero de enero y el 15 de mayo de este año 2007 se asperjaron con glifosato desde el aire (en toda Colombia) 59.473 hectáreas de cultivos de coca, y se erradicaron manualmente 11.328 más. O sea, 70.801 hectáreas en total. Pero sólo en Antioquia, según el comandante de la Policía de ese departamento, hay otras 12.500. La suma da 83.301. Superficie que supera en cinco mil hectáreas la que había sembrada en el año 2006, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, que era de 78.260. Lo cual es sorprendente, si se considera que, según la Policía Nacional, en ese año 2006 la superficie asperjada por avión había sido de 172.025 hectáreas y la limpiada a mano de 41.345; es decir, en total, 213.370 hectáreas: casi el triple de las 86.000 que estaban sembradas en 2005.

Cuadren o no las cifras, son hectáreas distintas: no hay que restar las unas de las otras, como tienden a hacer las autoridades, sino que por el contrario hay que sumarlas para obtener la cifra total de la destrucción, y en consecuencia la explicación de por qué se desmoronan las montañas cuando llueve y a continuación los ríos son represados por los derrumbes y luego se desbordan y se llevan por delante los pueblos. En el caso de que vengo hablando, el de Tarazá. El feudo de 'Cuco Vanoy', uno de los narcoparamilitares desmovilizados que edificaron su fortuna y su poder con el negocio de la coca.

De lo ocurrido infiere el gobernador de Antioquia que lo que hay que hacer para evitar catástrofes invernales es "incentivar la erradicación manual, la destrucción de los laboratorios y, sobre todo, brindarles a los campesinos alternativas de producción".

Lo de destruir los laboratorios es inocuo. Esa palabra pomposa, que suena a desarrollo industrial de economía avanzada, designa apenas unos cambuches tapados con ramas y toldos de plástico para guardar bidones de gasolina y poner a dormir a los raspachines de la coca. Destruir laboratorios sólo sirve para ensuciar la atmósfera con gases ponzoñosos de plástico quemado. Lo de brindar alternativas de producción no pasa de ser un deseo piadoso de imposible cumplimiento: no hay ningún cultivo que tenga el mercado garantizado y rentable, aunque modesto, que tiene la hoja de coca para los cultivadores. Lo de fomentar la erradicación manual, en cambio, sí puede servir de algo.

No por la erradicación en sí misma, que no afecta la producción porque las matas de coca, apenas arrancadas, se resiembran. Sino por el hecho de que al ser manual, y no química como la aspersión de glifosato, deja los suelos intactos. La resiembra se puede hacer ahí mismo, con lo cual no es necesario seguir talando y talando bosque, corriendo los cultivos al ritmo en que los persiguen las fumigaciones, y provocando con ello erosión, derrumbes, inundaciones: las ya mencionadas de Tarazá dejaron seis muertos y más de mil damnificados. Se ahorra, además de víctimas, tierra. Se ahorra el alquiler de los aviones fumigadores, y el salario en dólares de sus pilotos norteamericanos, y el costo del glifosato. Y se les da empleo estable, año tras año, a los erradicadores manuales. No es exactamente una alternativa de producción como la que pide el gobernador Gaviria. Pero sí es al menos una alternativa de trabajo.

Claro está que arrancar la coca para volverla a plantar no pasa de ser una farsa. Pero todo es una farsa en eso que se llama desde hace casi treinta años "guerra frontal contra la droga". Por eso acaba de celebrarse, esta vez en Madrid, la XXV Conferencia Internacional para el Control de las Drogas. La Vigesimoquinta, óiganlo bien. Si no se tratara de una farsa, para controlar las drogas hubiera bastado con una sola conferencia.
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