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Opinión

  • | 2014/04/30 00:00

    Sobre el duendecillo travieso de la máquina y otros insultos escriturales

    Creer que García Márquez desconocía las normas gramaticales porque alteraba la sintaxis e inventaba palabras, o que Vargas Llosa no sabe escribir porque confunde un nombre y olvida una tilde, es no tener sentido del humor y tragar entero.

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En esa larga charla con Plinio Apuleyo Mendoza [1982], Gabriel García Márquez aseguraba que un error de digitación era, en manos del novelista, un error de creación. Pero los suyos, sin duda,  podrían calificarse como errores de la memoria, puesto que solía alterar a lo largo de sus relatos el nombre de alguno que otro de sus personajes. Por esto, siempre he creído que ningún escritor, premiado o no, está exento del ‘errare humanum’. William Faulkner, cuentan sus biógrafos, solía cometerlos con mucha frecuencia y las observaciones de sus editores nunca faltaban. Cada nuevo libro suyo se convertía en una lucha de los correctores de estilo por descifrar si la estructura de las oraciones correspondía a esas directrices normativas de la lengua inglesa o eran simples alteraciones dialectales sureñas.

Así mismo, un maestro que parecía desconocer esa normatividad era Raymond Clevie Carver Jr., el afamado escritor del libro ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’, a quien, en muchas ocasiones, había que corregir el orden de las palabras en las oraciones porque parecían escritas por un demente. Pero nada de esto restó valor literario a los doce libros que escribió y que luego, con su muerte, se convirtieron en textos de culto entre las nuevas generaciones de lectores y novelistas. Hoy, casi 30 años después, estos siguen siendo editados en lengua española por Anagrama con la misma regularidad de cuando su autor vivía.

En Colombia, país de pasiones desmedidas,  a alguien se le ocurrió asegurar que aquí se hablaba el mejor español del mundo y muchos se lo creyeron. Pero esta afirmación, sin duda, no podía ser otra cosa que una locura, puesto que todo lingüista sabe que un idioma no es más que un conjunto de dialectos o variaciones del mismo. A pesar de esto,  a un maestro  de la gramática, como muchos que abundan en esta tierra del Sagrado Corazón,  se le ocurrió asegurar que nuestro premio Nobel no sabía escribir porque no cumplía con la normatividad de la lengua escrita. El señor, que en paz descanse, tomó como modelo de su exposición los libros más complejos de García Márquez: ‘Cien años de soledad’ y ‘El otoño del patriarca’, donde en muchos pasajes el novelista deja por fuera las reglas y abre el abanico de su imaginario lexical.

Hace poco, en una charla ‘facebookeana’, una reconocida escritora colombiana de la nueva generación le explicaba a un amigo de la red que la diferencia entre un error de digitación, producto sin duda de la rapidez con que se golpea el teclado, y otro de redacción, radicaba en que mientras el primero era producto de un descuido involuntario, el otro estaba más cercano al desconocimiento sintáctico que un usuario puede tener de su lengua materna. 

Por esto,  asegurar --como alguien dijo-- que Héctor Abad no sabía escribir porque en alguna que otra línea se  le iban algunos ‘más’ tildados cuando no debían, me parece una maricada. El problema con Abad Faciolince como con Vargas Llosa, a quien a veces el teclado también le juega una mala pasada, es que son referentes de la buena escritura y cualquier error en alguno de sus textos va a ser motivo de escándalo, por lo que el látigo de la normatividad va a caer sobre ellos con saña. 

Afirmar entonces a partir de esto que Mario Vargas Llosa desconoce la normatividad gramatical de la lengua española o que García Márquez no tenía ni idea de las reglas escriturales porque inventaba palabras, le retorcía el cuello al cisne de la norma y alteraba la sintaxis, es tener poco sentido del humor y tragar entero. Primero porque no creo que para ser escritor haya que conocer en detalle la historia universal de la literatura o meterse en la cabeza las 993 páginas de la ‘Nueva gramática de la lengua española’. 

Segundo porque siempre he creído que el lenguaje es solo un puente para comunicar las ideas y que la ortografía es mucho más visual que normativa. Con lo anterior no estoy afirmando que la teoría haya que mandarla a la porra sino que es posible aprender las normas, reglas y excepciones a través de los textos de otros, lo que hace, sin duda, el ejercicio del aprendizaje mucho más divertido en un momento de la historia en que nuestros estudiantes crean distancia abismales con los libros.

Por lo general, casi siempre me cuido de no cometer errores escriturales, pero como ‘errare humanum est’, reza el adagio, la vida se encarga de recordarmos que no somos infalibles. Hace poco, una revista indexada de una universidad antioqueña publicó un ensayo mío en el que exponía cómo en América Latina en las últimas décadas algunos gobiernos de la región se habían encargado de crear leyes para limitar las críticas y meter en cintura a los medios de comunicación. El texto hacía un recorrido panorámico por la historia de la prensa del continente y ponía como ejemplo algunos casos sucedidos en Argentina.

Entre estos estaba el de un cronista –crítico del régimen del momento— que una mañana de finales de marzo de 1977 salió de su casa del centro de Buenos Aires y nunca más volvió a saberse de él. Su nombre: Rodolfo Walsh. Pero en el texto en mención el nombre de Rodolfo se transformó en Adolfo, lo que produjo un profundo malestar en un grupo de fans del periodista que, a través de tuiter, no escatimó palabras para tildarme de ignorante.

Pero como el duendecillo de la máquina es travieso, la semana pasada, en mi último artículo, el nombre de ese  personaje memorable de ‘Cien años de soledad’, Úrsula Iguarán, pasó a ser Úrsula ‘Higuarán’. Esta vez no recibí insultos, pero sí un tuiter de un seguidor de SEMANA. COM que escribió: “@joarza, iba leer su columna, pero vi que escribió Iguarán con H, entonces no leí nada”.
Me eché a reír y respondí: “Tiene usted toda razón, compañero”. Pero le quedé debiendo la sentencia que afirma que “los médicos también se mueren”.

Ahí les dejó el trino, pero le recuerdo a Santiago Molina R. que una de las reglas de oro del buen lector es leer lo que quiera, donde quiera y como quiera. Pero también poder discernir entre un error ortográfico de uno sintáctico. Y, por supuesto, esos que nuestro Nobel insertó en el abanico de errores de digitación y que yo les llamó los duendecillos traviesos de la máquina.

 Santiago Molina R. ?@TiiagoMolina  19 de abr.
@Joarza, Iba a leer su columna, pero vi que escribió Iguarán con H, entonces mejor no leí nada.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.
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