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Opinión

  • | 2010/09/03 00:00

    Es momento de dejar las armas

    En la guerra, como en el amor, señor ‘Alfonso Cano’, todo se vale. Incluso, decir: “No más”.

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Algunas veces, cuando comenzamos a amar a alguien, comenzamos a amarnos menos a nosotros mismos. Como un inicio del perderse poco a poco. En algún punto, sin importar que nuestra pareja choque con lo que somos o queremos ser, sin importar que no nos quiera, nos entregamos por completo. Porque le amamos. Nos puede hacer mucho daño, eso sí, pero no sabríamos qué hacer ya sin su compañía. Abnegados: así son algunos enamorados.

Otras veces, bien podría ser que nuestro amor sea correspondido. Al tiempo en que, por desgracia, el mundo se vuelva en nuestra contra. La distancia, el trabajo, proyectos de vida antagónicos, entre tantas otras cosas, suelen ser barreras contextuales imposibles de superar. Pero el amor es más fuerte. Eso decimos. Y de ahí que insistamos en seguir sosteniendo estas relaciones sobre autoengaños compartidos. Fantasiosos: así también son algunos enamorados.

Es que el amor es ciego, romántico. Insistimos. Pero quizá no sean éstas formas adecuadas de entender el amor. Quizá constituyan, más bien, una forma de idealizarlo. Pues tenemos que haber idealizado mucho a una pareja para permitir, sin que sea de nuestro agrado, que nos haga daño. Del mismo modo en que tenemos que haber idealizado mucho una relación para seguir ‘sintiendo amor’, por ejemplo, sin recordar ya a la supuesta pareja, sin tratarla más que por teléfono o, peor aún, sin tan siquiera conocerla.

No importa cuál pueda ser la quintaesencia del amor. Importa su faceta de sentimiento humano. Uno que, como todos nuestros sentimientos, nos ayuda a sostener relaciones interpersonales. Relaciones sanas, en las que buscamos un mutuo beneficio. De ahí que el amor no pueda consistir en negar lo propio para afirmar lo ajeno. De ahí que el amor no pueda ser, simplemente, una idea –desprovista de todo contexto, del mundo real–.

Más bien, el amor se debería ver como un proceso en el que se da y se recibe. Porque amando y siendo amado, no sólo amando, es que se ama. Algunos enamorados, sin embargo, olvidan esto. Olvidan que su amor, cuando no es recíproco, es más bien deseo, obsesión y dependencia. Olvidan que un amor mal concebido es, simplemente, una idea. Idea que, como todas, está a un simple paso de su contraria: a un paso de odiar al ser querido. Antes de que eso pase, si realmente hay amor, dejar de amarse sería lo mejor para algunos enamorados. Difícil, es cierto. Pero en el amor, como en la guerra, todo se vale, incluso decir “adiós”.

Así es, la guerra no es tan diferente. Como la nuestra: esta guerra de guerrillas. Una guerra en la que sus combatientes son como aquellos enamorados, sólo que es su ideología lo que aman ciegamente. Esa misma por la que olvidan que toda guerra, como todo amor, debe ser humanizada, contextualizada. Nunca idealizada.

Ya no sabe ‘nuestro revolucionario’, cautivado por su ideología, que el tiempo pasa y el mundo cambia. No sabe ya que los verdaderos cambios se construyen por vía política y no por vía armada. No sabe que se ha ganado la enemistad de aquellos por quienes dice luchar. Y tampoco sabe que ‘nuestra revolución’ ya no es más nuestra –que muchos no sabemos, tan siquiera, si algún día lo fue–.

Sí sabemos, en cambio, que –desde el mismo día en que permitió que el delito entrara a hacer parte de su lucha– nuestro supuesto revolucionario perdió todo tipo de convicción. Sí sabemos que es él quien más impide ahora que los verdaderos revolucionarios –aquellos que realmente intentan hacer una oposición legítima y constructiva– cumplan con su labor. Es cierto, sí, como piensa este revolucionario, que si decide hacer política, le asesinarán. Pero olvida que es más digno morir defendiendo ideas, en el estrado, que defendiendo el cuerpo, en el matorral.
Él, sin embargo, es tan solo un bando en esta guerra. Porque en el otro está la derecha radical –plagada de izquierda arrepentida–. Aquellos que, al igual que los enamorados, creen que del amor al odio hay tan solo un paso –por eso han ido de un ideal a otro, por eso siguen siendo dogmáticos–. Esos mismos que se valen de reencauchados y peligrosos discursos fascistas para revestir de un ideario político al Mal radical. Esos mismos que más se benefician de esta lucha armada –de esta revolución descontextualizada–.

Pero este cruento negocio debe terminar. Para la revolución, ya es momento de dejar las armas. No un momento inmejorable –como señalan algunos–. Un momento necesario. Uno que –después de haber resistido estos últimos ocho años, cuando con seguridad era el peor de los momentos posibles– no se podría ver nunca como un triunfo para el gobierno de turno, ni como una derrota para la revolución. Más bien –dada la creciente debilidad de la oposición política y la igualmente creciente fuerza de la ilusoria unidad nacional–, sería un acto de grandeza, de heroísmo, de patriotismo. El comienzo de una verdadera lucha: de esa que, mientras haya desigualdad y concentración del poder, encontrará siempre quién la sepa librar.

Por eso, sepa usted, señor ‘Alfonso Cano’, que en la guerra y en el amor todo se vale. Incluso, decir: “No más”.

No es tarea fácil. No tendría por qué serlo. Pero más que nunca es necesario. Es –para ponerlo en términos del marxista eslovaco Slavoj Žižek– una cuestión de asumir lo que significa, hoy, ser un verdadero revolucionario: alguien que se re-inventa constante y contextualmente; y que, para ello, no sólo puede centrar su crítica en el capitalismo, sino también en la idea misma del comunismo.
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