Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/02/02 00:00

Esa democracia no nos gusta (materilerileró)

"Israel quería un gobierno elegido democráticamente. Ahí lo tienen, sean consecuentes", dice Jorge Iván Cuervo, a propósito del triunfo de Hamas en Palestina.

Esa democracia no nos gusta (materilerileró)

Estados Unidos y la llamada parte noble de la comunidad internacional defienden la democracia como el mejor régimen político, allí donde es posible que florezcan la libertad y la economía de mercado. Es uno de los signos de la globalización sobre los cuales se articula la paz internacional, muy en la idea kantiana de que la república es un antídoto contra la guerra entre países, porque entre buenos corazones no se atacan.

Estados Unidos perfila toda su política exterior sobre la necesidad de defender la democracia y de llevarla a donde sea necesario, mintiendo, inventando guerras y vulnerando el derecho internacional si se requiere. La democracia así vista es un escenario seguro que es deseable reproducir, ya que la proliferación de dictaduras a la larga no es rentable, como pudieron comprobarlo de manera tardía en América Latina. Por eso, hay que llevar la democracia a Afganistán, a Irak, a Haití, allí donde sea necesario para que los ciudadanos decidan quién los gobierna y de que manera: el sueño americano.

¿Y qué pasa si los ciudadanos se equivocan y eligen a las personas inadecuadas? Pues que la democracia ya no sirve. ¿Qué pasa si gana Hugo Chávez en Venezuela, los chiítas en Irak o Hamas en Palestina? Pues que esos resultados no deben ser legítimos y algo habrá que hacer con la democracia para garantizar que gane alguien que sea del afecto de Estados Unidos y de la buena conciencia de la comunidad internacional. Esa es la democracia de la globalización, la democracia imperial.

Lo de Palestina es bien interesante. El Estado de Israel ha sostenido de manera sistemática que en el fondo del conflicto palestino-israelí está la ausencia de institucionalidad democrática en Palestina frente a un Estado constituido como el de Israel donde los ciudadanos tienen pleno control sobre las autoridades. Esa ausencia de instituciones democráticas ha impedido consolidar un interlocutor válido entre judíos y palestinos.

Pues bien, luego de más de una década se realizaron elecciones legislativas en Palestina con un triunfo abrumador de Hamas, grupo radical que es señalado como terrorista por Estados Unidos, la Unión Europea y, por supuesto, Israel. Y, en efecto, sus miembros profesan la destrucción del Estado judío y sus líderes animan a jóvenes militantes a inmolarse en suelo israelí para presionar el retiro definitivo de Israel de suelo palestino. Sus integrantes realizan acciones suicidas contra población civil, lo que, sin duda, constituye actos terroristas.

Israel se rasga las vestiduras por el triunfo de Hamas y olvida que dejó que Mahmud Abbas fuera a las elecciones sin ningún logro político significativo en términos de negociación concreta. Al Fatah se queja también y olvida que ha hecho muy poco por el pueblo palestino, como no sea enriquecer a sus líderes, como lo denunció en su momento el escritor Edward Said a propósito del entorno corrupto que creó Arafat. Estados Unidos ha concentrado su política exterior en la lucha contra el terrorismo y pierde de vista la complejidad del panorama actual en Oriente Medio y hoy se sorprende con el resultado y descalifica a Hamas como interlocutor válido. La Unión Europea, en su eterna doble moral, financia parte de la corrupción de Al Fatah y hoy reivindica la necesidad de que Hamas integre un gobierno que retome los acuerdos de Oslo y la llamada Hoja de Ruta, pero olvida que ha presionado muy poco a Israel para que abandone los territorios ocupados, no use la fuerza desmedida y minimiza el escenario de pobreza del pueblo palestino que está detrás del fundamentalismo que son las banderas de grupos como Hamas.

Los resultados son un desafío a quienes defienden una forma de democracia, la democracia liberal que coexiste con la economía de mercado, pero no la democracia en un contexto de radicalismo islámico. Esa democracia ya no gusta, es ilegítima, como la de Chávez en Venezuela. Hasta el triunfo de Hamas llegan los elogios a la teoría democrática de políticos y académicos.

En lugar de quejarse tanto, deberían hacer del triunfo democrático de Hamas una oportunidad de negociaciones entre los verdaderos contradictores: la derecha israelí que seguramente obtendrá un triunfo en las elecciones de marzo como reacción a las elecciones palestinas -enfermedad de Sharon mediante- y Hamas, que representa hoy el verdadero fervor del pueblo palestino tras años de cansancio de negociaciones infructuosas llevada a cabo por líderes poco representativos. Su tránsito hacia lo político no debería asustar, por el contrario, debería animar un proceso franco de negociaciones con el compromiso de que ambas partes dejen la violencia de lado. Israel quería un gobierno elegido democráticamente. Ahí lo tienen, sean consecuentes.

jicuervo@cable.net.co

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