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Opinión

  • | 2011/01/13 00:00

    Escasez con sensatez

    Para que en este nuevo año no se repita un fenómeno digno de lamentar: durante todo el 2010 estuvimos en navidad.

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Una vez quemado el año viejo no hay lamento que valga acerca de lo que fue y no debió ser. Es un nuevo año, y enero (con su escasez) es un momento más que propicio para planificar la forma de estar mejor. Ni con el mejor golpe de suerte logra progresar, sin embargo, quien no mira atrás. De ahí que, en lugar de tardío, enero también sea el momento oportuno para reflexionar acerca del año viejo. Porque la sensatez no hace parte de las virtudes decembrinas. Pensar en medio de la navidad es como conducir en estado de ebriedad.

La navidad y las fiestas de fin de año son épocas de alegría, de parranda y animación, para gastar a manos llenas sin importar los créditos que se tengan que adquirir –para, luego, incumplir–, ni las compras inútiles –como los carros nuevos, por ejemplo, que si no por los andenes, vaya el Alcalde a saber por dónde se van a conducir–. Son épocas de paz, sí, en las que afloran nuestras más nobles emociones: perdonamos, olvidamos o ignoramos cualquier tipo de ofensa y de situación adversa. Pero estas son emociones amainadas que obedecen al letargo propio de las festividades.

Así es diciembre, un mes en el que la sensatez es doblegada por la emoción. Un mes de ensueño en el que el cielo es color de rosa. Y nuestro cielo (sólo basta con levantar la cabeza) es más bien gris. Con todo, parece que nada constructivo habría en criticar la desmedida emotividad de la navidad. Nada, de no ser porque también parece que durante todo el año estuvimos en navidad.

El ejemplo más notable de este fenómeno tan peculiar bien puede ser el que, a su vez, fue el hecho más notable del año viejo: la caída de la segunda reelección. Ese fue el hecho que más debimos celebrar y que, para nuestra perplejidad, más lamentamos. Así como, por ser navidad, reprochamos a quien reprende al borracho que quiere arruinar la fiesta, tal parece que reprochamos a nuestra Corte por reprender a quien quería arruinar la poca democracia con la que contamos. Sólo un espíritu navideño podría explicar semejante desconcierto: en febrero, ya era navidad.

Por fortuna eso no impidió la derrota de quien amenazaba con llegar a dictador. Dejándonos, eso sí, su mejor legado. Uno que subió al poder con ‘picardías’, pero a quien nuestro espíritu navideño de igual manera supo perdonar. Lo que no es menos comprensible, pues para la festividad la alternativa era menos agradable, menos engatusadora. Sólo a Mockus se le podía ocurrir hablar de impuestos en medio de una parranda.
 
Había que ser, francamente, muy aguafiestas. O muy sensato, claro, pero qué le vamos a hacer: en mayo, también era navidad.

Luego se destaparon las ollas podridas y, de entre tantas, pudimos saber de los responsables de las chuzadas. Una de las incriminadas aprovechó la embriaguez de nuestra justicia para abandonar la fiesta antes de ser juzgada, antes de delatar a los verdaderos responsables. Se nos voló a Panamá. Y, como buen anfitrión, nuestro nuevo mandatario se amparó en que se trataba de una decisión soberana, lo que dejó satisfechos a los invitados.

Y así, contentos, nos ha tenido durante estos cinco meses, ya que gracias a este tipo de diplomacias cuenta hoy con una popularidad abrumadora. En la política, sin embargo, son los hechos lo que realmente importa. Sólo cuando se materialicen sus iniciativas y no tenga cómo seguir navegando entre dos aguas, podremos juzgar su condición de reformador. Esa que, de entrada, no podría ser mayor. Porque el problema aquí es la democracia misma, y es uno que sólo comenzaremos a solucionar el día en que prohibamos, de plano, el ingreso de dineros privados a todo tipo de campaña. Por lo pronto, víctimas y tierras, y seudo-reformas políticas no dejan de ser más que un simple paliativo para mitigar el problema fundamental (ése que no se tiene la voluntad de resolver).

Bien sabemos hoy que Octaviano fue un gobernante igual o más cruel que Julio César, pero que, en contraste con su predecesor, conocía muy bien el arte de la diplomacia. Con ese sutil artilugio (con el que se reviste a la dictadura de tiranía y, hoy, de democracia) llegó a ser el gran César Augusto. Aquí la historia se repite. Tan abiertamente nefasta fue la era Uribe, que cualquier gobierno posterior no tenía cómo ser peor, ni siquiera uno de su propia cosecha. Aquí los colombianos seguimos eligiendo de una manera complaciente entre el infierno y el purgatorio.

Fueron estos, en mi opinión, los hechos más trascendentales del 2010: los que hubo alrededor de la caída de un intento de dictador y de la sucesión por parte de un lobo con piel de oveja; y, por supuesto, lo que eso dice de la actitud complaciente y festiva del pueblo colombiano. Ya es enero, es momento de despertar, de calmar el guayabo y volver a la sensatez. Este año se llevarán a cabo las elecciones regionales en Colombia: no elijamos como si siguiéramos en navidad.

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