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Opinión

  • | 2017/11/23 10:20

    La larga marcha hacia la seguridad alimentaria

    En años recientes, Colombia ha avanzado en garantizar la seguridad alimentaria de su población. Ello no es poca cosa cuando miramos alrededor.

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Hace 70.000 años los familiares más próximos de los seres humanos salieron de su centro de origen en el occidente de África y comenzaron la colonización de nuestro planeta. Los motivaba la búsqueda de una alimentación suficiente y segura, eso que hoy llamamos seguridad alimentaria.

En la búsqueda de esa condición de bienestar elemental, construyeron las primeras herramientas rudimentarias de piedra, dominaron el fuego, domesticaron especies de animales y plantas e inventaron la agricultura. Establecieron los primeros asentamientos y pueblos, luego ciudades, naciones e imperios.

Ese afán esencialmente humano de innovar para asegurar la alimentación fue uno de los motores de la revolución industrial y, más recientemente, de los avances científicos que nos permitieron derrotar las grandes hambrunas del siglo pasado. En la década de 1920, 820 de cada 100.000 habitantes morían de hambre, en la década de 1960 este número había caído a 454. Hoy, 3,3 personas por cada 100.000 mueren producto del hambre, es decir, menos de medio punto porcentual de la tasa que veíamos hace cuatro generaciones.

Para poner en perspectiva la capacidad que hemos tenido los seres humanos de innovar para asegurar nuestra alimentación y nutrición, podemos estimar –comparando la población de 1960 y de 2017- que de haberse mantenido los niveles de hambre de hace apenas 50 años atrás, hoy estaríamos denunciando la muerte por hambre de 61,5 millones de seres humanos cada año, 400.000 de ellos en Colombia.

Que no sea así se debe a otra gran innovación de la humanidad en la búsqueda de la seguridad alimentaria y nutricional: esta búsqueda dejó de ser un asunto de la tribu, del clan o de un país y se convirtió, por decisión soberana de los pueblos y naciones, en un derecho inalienable de la humanidad, consagrado en el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Visto bajo esta perspectiva, cuando el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera de Colombia establece “la obligación de garantizar de manera progresiva el derecho humano a la alimentación sana, nutritiva y culturalmente apropiada, con el propósito de erradicar el hambre”, lo que Colombia hace no es otra cosa que sumarse a esta larga marcha civilizatoria de la humanidad, iniciada 70.000 años atrás.

En años recientes, Colombia ha avanzado en garantizar la seguridad alimentaria de su población. Ello no es poca cosa cuando miramos alrededor. El último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) muestra que hubo un aumento de 2,5 millones de personas en condición de hambre en América Latina y el Caribe. Este retroceso, que rompe una tendencia de casi 20 años de progreso continuo, también se vio a nivel mundial: en 2016, 815 millones de personas sufrían hambre en el planeta, 38 millones más que en 2015. Según la FAO, una de las causas principales de esto ha sido el recrudecimiento de los conflictos en el mundo.

Por eso el caso colombiano es tan significativo: en un mundo en que los conflictos se agudizan y el hambre atrapa a millones de personas, en Colombia se acuerda y se construye la paz, y el país reduce la subalimentación en 24 por ciento en un corto periodo de tiempo.

Por ello el Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional de América Latina y el Caribe de la FAO y la OPS señala que: “La implementación del acuerdo de paz con las Farc, representa una oportunidad única”. Esa es nuestra convicción: la paz es condición sine qua non para que Colombia cumpla con su compromiso de lograr hambre cero al año 2030.

Pero no basta que cese la violencia. Los 3,4 millones de colombianas y colombianos que según estimaciones de la FAO permanecen subalimentados, viven mayoritariamente en zonas rurales. Allí, sus condiciones estructurales reproducen día a día las causas de su hambre: exclusión étnica, desigualdad de género, falta de acceso a tierra y a activos productivos, brecha rural-urbana y desigualdades territoriales, carencia de servicios sociales. Colombia está en condiciones de ser uno de los países que pueda eliminar el hambre de su territorio, pero eso supone que se construya una paz como la que promete el acuerdo, es decir, una paz con transformación estructural del mundo rural colombiano.

Colombia puede incluso ir más allá. La seguridad alimentaria hace mucho dejó ser un asunto de cada país actuando por su cuenta. Lo que la FAO propone a Colombia es aportar a la seguridad alimentaria mundial. En los próximos 30 años, tenemos que duplicar la oferta de alimentos para satisfacer la seguridad alimentaria y nutricional de una población que alcanzará los 9.000 millones de seres humanos.

Colombia es uno de un pequeño puñado de países que tienen el potencial de producir muchísimos más alimentos para el mundo, sin tener que tumbar bosques o invadir selvas. Pero, de nuevo, eso supone una transformación estructural del campo colombiano. La promesa de la paz con transformación estructural rural no es solo para eliminar la pobreza y la inseguridad alimentaria en el campo, sino para liberar a un gigante que más que dormido ha estado amarrado de pies y manos, como ha sido el campo colombiano durante las últimas cinco décadas. Esa transformación convertirá a Colombia en un actor central de la seguridad alimentaria mundial.

Por eso para la FAO es fundamental cumplir a plenitud el papel que Colombia nos ha encomendado y que constituye un enorme honor: como Secretaría Técnica de la Mesa de Acompañamiento al punto 1 del acuerdo de paz sobre Reforma Rural Integral, queremos ayudar a Colombia a realizar la promesa de una transformación profunda del campo que asegure la seguridad alimentaria del país entero, y que haga un aporte relevante a abatir el hambre en todo el planeta. Es una hermosa tarea la que están acometiendo las colombianas y los colombianos, y la FAO agradece la oportunidad de caminar a su lado.

*Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe

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