Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/07/12 00:00

España: Entre el doctor Jekyll y el señor Hyde

La España del doctor Henry Jekill ha dejado motivos de peso para que todo su país se sienta orgulloso; pero la de Edward Hyde dejó dudas que serán una mácula cuando se recuerde este título mundial.

España: Entre el doctor Jekyll y el señor Hyde

Concluyó el Mundial Sudáfrica 2010, y con él un mes de fútbol, polémica y agitada competencia. Al cabo de todo se coronó campeón España, que a pesar de haber dado una vuelta olímpica que nadie discute, brindó partido a partido una demostración más bien digna del extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.

La España del doctor Henry Jekill, debe dejarse claro, ha dejado motivos de peso para que todo su país se sienta orgulloso. Superó por primera vez aquel bloqueo mental que impedía a los ibéricos pasar la etapa de cuartos de final en los mundiales, y sobre todo, nos demostró a muchos incrédulos que su triunfo en la Eurocopa se podía refrendar en donde realmente vale: el Mundial.

Fue también un justo ganador en la semifinal. Despachó a una Alemania que terminó pagando el precio de su inexperiencia. En el partido final, fue más que la mezquina selección holandesa. Ésta última pareció sentirse inferior a su rival –pese a haber demostrado lo contrario a lo largo del torneo- y concentró los esfuerzos de diez de sus hombres en obstaculizar el juego español al precio que fuera. En algunos casos a punta de patadas, unas de ellas impresentables, como la plancha de De Jong a Xabi Alonso, que más que una tarjeta roja merecía un año de cárcel.

Todo ante los ojos de Howard Webb, el árbitro inglés -tan cuestionable como su equipo nacional-, quien desplegó por la cancha una falta de carácter que ya había anunciado hasta su esposa. Todos creímos que ella bromeaba cuando, antes de la final, declaró a la prensa que su esposo no era capaz siquiera de llevar las riendas de su hogar.

Por eso no fue raro ver a Webb repartir amarillas cuando debía mostrar rojas. España empezó el partido con otra actitud, pero terminó contagiada por el pobre juego que, con la dignísima excepción de Robben, estaba ofreciendo Holanda. Olvidó su ahora mentadísimo “gen futbolístico” y mostrando una amnesia que no se le ha visto ni a Íngrid Betancourt con el tema de su demanda, terminó brindando una final deslucida, respondiendo a las contantes faltas de Van Bommel, no con el buen fútbol del que siempre se jactó España, sino con la misma moneda: En el caso de Puyol, por ejemplo, el juez dejó pasar una plancha vergonzosa, tan sucia que frente a ella su cara y su pelo parecían los de George Clooney.

En cualquier caso, a punta de cojones, y aprovechando la justa expulsión de Heitnga, a quien Webb echó más por vergüenza que por otra cosa, España logró abrir la cancha y con un golazo de Andrés Iniesta a tres minutos del final se abrió su campo en la historia. Nada que objetar, triunfo justo en una final para el mejor equipo.

La España de Edward Hyde, en cambio, dejó dudas que lamentablemente siempre serán una mácula cuando se recuerde este título mundial, que por lo visto en los últimos partidos se podía ganar de otra forma.

Quizá no había necesidad de que Ángel María Villar hiciera valer su doble poder como presidente de la Federación Española de Fútbol y presidente del Comité Arbitral de FIFA. A lo mejor no era necesario que un árbitro mexicano se inventara una expulsión a un jugador chileno para desnivelar un partido cuando España corría peligro de quedar eliminada en primera ronda.

De repente no hacía falta que se hubiera validado un gol en clarísimo fuera de lugar para que el equipo de Vicente del Bosque se hubiera deshecho de sus vecinos portugueses. De pronto no era necesario que el guatemalteco Batres se hiciera el de las gafas con la vulgar invasión de área por parte de los españoles en el penalty errado por Paraguay, ni que hubiera pitado una pena máxima inexistente a favor de los españoles en la jugada inmediatamente posterior.

Tal vez tampoco era necesario que el árbitro de la final se hubiera hecho el loco para echar a Iniesta cuando en el segundo tiempo agredió sin pelota a un jugador holandés. En cualquier caso, el pulpo Paul ya había dado su veredicto.
 
*Andrés Garavito es coautor del libro Bestiario del Balón.

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