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Opinión

  • | 1996/09/02 00:00

    ESPEJITO , ESPEJITO

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En vísperas de las elecciones presidenciales de 1994, Ernesto Samper y Andrés Pastrana fueron invitados por los periodistas de 'QAP 'y de 'CM&' a debatir ante las cámaras de televisión sus programas y propuestas. Me sorprendió mucho que llegaran vestidos de idéntica manera. Parecían arreglados y peinados con amoroso esmero por la misma mamá. Lo más sorpren dente es que a la hora de exponer sus ideas dijeron más o menos lo mismo, con algún énfasis reiterativo de Samper en la palabra social y de Pastrana en el tema del agua potable. Todos sabemos hoy, luego de las traumáticas experiencias vividas en estos dos años, que representaban alternativas opuestas. Pero en aquel debate no las vimos por una sencillísima razón: el libreto que les habían recomendado sus respectivos asesores de imagen era prodigiosamente similar. Desde entonces pienso que el cultivo de la imagen, orientado por esta clase de expertos en el marketing político, utilizando técnicas similares a las que se usan para lanzar al mercado un dentífrico o un detergente, es equívoco. Puede ser la última de una larga historia de mentiras que ha marcado desde hace 500 años la historia de América Latina. La primera de todas corrió por cuenta de Colón, que describía como amables campiñas lo que eran marañas salvajes y decía haber descubierto el paraíso terrenal en la desembocadura del Orinoco, un infierno de humedad y calor, todo ello con el fin de obtener más dinero de los reyes católicos. Luego, a diferencia de los anglosajones, nuestra sociedad hispánica estableció una engañosa distancia entre el ser y el parecer. Desarrollamos una cultura de la simulación ( de riqueza, cultura, honestidad) e hicimos del discurso una realidad autónoma, divorciada de los hechos. El populismo fue nuestra mentira del siglo XX. Señalando falsos culpables de la pobreza ( los ricos, el capital extranjero, el imperialismo) y ofreciendo cosas atractivas en términos más o menos inmediatos (casa, techo, salud, educación, un millón de empleos o desayunos gratis), el populismo contribuyó a devaluar y corromper extraordinariamente el lenguaje político incrementando en las masas escepticismo e incredulidad hacia la política en general. Los consejeros de imagen no cambian, por desgracia, esta realidad. De ellos se ha servido el presidente Samper para crear, con artes de prestidigitador, una ilusión de gobernabilidad, que los hechos refutan. Tales expertos indican a los precandidatos lo que deben decir y lo que deben callar. Se trata de condicionar todo mensaje de quienes contratan sus servicios al mayor número de percepciones que detectan en encuestas y en los llamados focus groups, y no el de abordar las reales soluciones a los problemas del país. De esta suerte, nos movemos los colombianos en un laberinto de espejos, cuyas imagenes ( y el salto social es una imagen emblemática) nos deforman la realidad. Lo más grave de todo es que con ello invierten el papel de un conductor político, que es el de señalarle vías a una nación, sobre todo cuando ésta, buscando ciegamente una salida, se debate en un caos de opiniones versátiles. Conductores fueron Olaya, Santos, los López, los Lleras, Ospina, Laureano. No se imagina uno a un Alberto Lleras atendiendo instrucciones sobre cómo debía vestirse para comparecer en la televisión o a un López Pumarejo esperando conocer primero las opiniones recogidas entre los pasajeros de un bus antes de dar la suya. No ponían la locomotora detrás de los vagones. Este es un país desorientado, cuya fiebre se mide en los variables termómetros de las encuestas y, por lo consiguiente, expuesto a cualquier locura, incluyendo la de elegir alcalde de Bogotá y postular como candidato presidencial a un académico lunático que se quita en público los pantalones para enseñarle el trasero a sus estupefactos alumnos, o a un cura salsero que larga desvaríos y malas palabras desde los balcones. Al borde del abismo, Colombia requiere un liderazgo decidido y sobre todo responsable. Figuras valiosas las hay. Intransigentes con la corrupción, el populismo y el clientelismo, con un buen conocimiento del país y sus problemas, Humberto de la Calle, Juan Manuel Santos, Andrés Pastrana, Lleras de la Fuente o Noemí Sanín ( la imagen de ella, por cierto, es atrayente, pero no muestra un rasgo suyo más apreciable: firmeza y carácter), constituyen alternativas confiables para sacarnos del pantano. El problema es que la estrategia recomendada por sus asesores de imagen, empeñados en no enajenarles apoyos ni a derecha ni a izquierda, desemboca fatalmente en un discurso débil y escurridizo, y por lo tanto poco convincente. De esta manera, obedeciendo a un libreto y a un director de escena, nuestros amigos presidenciables resultan abriéndole paradójicamente opciones a un hombre como Serpa, que comunica mejor su mensaje _para mí equivocado y peligroso_ porque dice lo que piensa con la misma frondosidad y ferocidad de sus bigotes. La mejor imagen es la que encierra una buena dosis de convicción personal. La verdad, decía siempre mi padre, es sumamente respetable. Hay que ponerla en las palabras, así sea dura como un látigo, para obtener la credulidad de un país incrédulo. Y así, sacarlo de la olla.
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