Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 1992/12/28 00:00

    Esperando al Niño Dios

    La carta contenía un tonito impositivo que habrìa justificado un costralado de carbón.

COMPARTIR

Esperando al NiÑo Dios
COMO QUE EL NIÑO DIOS SON LOS PAPAS", me dijo la otra tarde mi hijo de ocho años, con esa naturalidad con la que los niños sueltan ciertas cosas que uno, desde luego, recibe de manera menos natural.
Para ganar tiempo, guardé silencio. Había que calcular si la frase provenía de un estado de convicción o de uno de sospecha. Y armándome de valor, decidí quemar los últimos cartuchos en preservar la inocencia de mi hijo.
"¿Ah si? ¿ Y por que lo crees? " El comentario sonó tan casual, que más parecía un comentario sobre el clima.
"Porque mis amigos dicen que así es", me respondió.
"Por eso este año voy a escribir mi carta al Niño Dios, y la voy a esconder muy bien, en un escondite que no te voy a contar. Si el Niño Dios no se la lleva, es porque son ustedes" .
Con gran naturalidad le solte un "muy bien", mientras el se encerraba en el bunker de su habitación. Y procedí a organizar un operativo con mis asesoras domésticas, consistente en un sistema permanente de espionaje. El escondite de la carta tenía que ser localizado, costara lo que costara. Resolvimos que lo más lógico era montar guardia en el jardín, y vigilar a través del vidrio de la sala. En un acto de genialidad, yo había por lo menos logrado convencer a mi hijo de que la carta tendría que ser escondida ahí, en la sala, por ser la única habitación de la casa con chimenea, que permite un fácil acceso al Papa Noel, enviado del Niño Dios para estos efectos Conozco madres que han hecho extraordinarios malabarismos en situaciones como estas. Mi hermana, por ejemplo, logró pasar todo este año sin confirmarle ni una jota a su hijo de nueve años, mediante un truco muy sencillo. Cuando el niño periódicamente le dice que no cree en el Niño Dios, mi hermana sencillamente le contesta: " Uno cree en lo que cree". Y una nube gaseosa termina rodeando las dudas del niño.
Tengo una amiga cuyo hijo mantiene una pelea casada con el Niño Dios. Todo comenzó porque hace dos navidades pidió un violín, y mi amiga, que es muy sensata, prefirió comprarle un cuatro. Desde entonces, y de eso hace dos años, el niño ya no escribe cartas. Interrogado por su madre sobre su actitud, el niño le respondió: "¿Para qué, si el Niño Dios siempre termina regalando lo que el quiere?".
Siempre he abominado a ese Niño Dios. Por clasista, pues solo le trae regalos a los niños ricos, y por egoista, pués nunca pregunta en que estado económico andamos los padres. Pero siempre terminan dándole las gracias por los regalos que no compra y, sobre todo, que no paga. Pero además, porque el Niño Dios actua bajo la advertencia general de los niños de que no debe regalar cosas de "pongar", que por lo menos resolvería los problemas, de vestir a los hijos que tenemos los padres, inútiles, caros y de moda que existan en el mercado. El del Niño Dios obsequiador es un invento detestable, que merecería ser abolido, pero que por desgracia trae involucrado el elemento inocencia de los niños que, una vez perdido, produce una única e irreversible consecuencia: la de que se vuelven grandes.
Por eso soporté tan estoicamente la mirada extrañada de los vecinos, que no entendían que hacíamos mis asesoras domésticas y yo acurrucadas entre las matas, mirando a través de la ventana de la sala. Después de ensayar a colocar la carta debajo del tapete, dentro del florero o detrás de los libros, mi hijo se decidió por camuflarla entre los discos. Todas a una en protección de la inocencia, fuimos raudas a rescatar el documento. Por lo menos durante un año más mi hijo seguiría siendo un niño, ya que ser grande dura todo el resto de la vida.
Fue entonces cuando llegó la derrota, por el lado más insospechado. Ahí estaba la carta, con mala letra, errores de ortografía y un tonito impositivo que, de existir de verdad el Niño Dios obsequiador, se habría justicado un costalado de carbón. No existía a todo lo largo de su texto ni una sola fórmula de cortesía. Ni siquiera la reflexión de que se había portado bien durante el año, o que obtuvo buenas notas en el colegio, que en mis épocas de niña era un "must" en las cartas al Niño Dios.
No. La misiva incluso arrancaba con un preámbulo amenazante: "Esta carta está completa. Pofabor ningún regalo cambiado, y porfabor ninguno que no lo encontre, porfabor".
Pero el día de la pérdida de la inocencia de mi hijo había llegado. Ahí estaba la frase, camuflada entre otras peticiones. Primero venía lo del betamax para el cuarto, y lo del conejo recien nacido, lo de la maquina para "acer elados", y lo de todos los muñecos malos de la colección de tortugas Ninja. Ahí estaba, en el renglón décimo, con sus letras completas, sin errores de ortografía y muy claro: "Quiero que me traigas el juego de Zelda para mi Nintendo", decía.
Y a renglón seguido: "Quiero que quites el racionamiento". -
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1861

PORTADA

Prieto en la mira

La imputación de cargos al exgerente de la campaña de Santos sorprendió. Pero esta no tiene que ver con el escándalo de Odebrecht ni con la financiación de las campañas. ¿Por qué?

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en SEMANA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com