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Opinión

  • | 2014/06/06 00:00

    Esperar de los demás es un error propio

    La tarea de liberarse de tener expectativas sobre los demás no es entonces un trabajo que les corresponda hacer a los demás: es una exigencia para uno mismo.

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Los seres humanos son, ante todo, seres sociales. Por eso les gusta vivir en compañía de otros, tener una pareja, formar una familia, ser parte de un grupo de amigos, de un grupo laboral, etc. Es uno de los aspectos más importantes en la vida de una persona y por eso mismo una de las razones por las que más sufre. 

“Yo hubiera hecho las cosas de otra manera”, me decía una mujer molesta y llorando mientras me contaba cómo se había terminado una amistad de muchos años. Se refería a su mejor amiga del colegio con quien había vivido una cantidad de experiencias: la excursión del colegio, el primer novio, la primera quedada a dormir fuera de su casa, la primera tusa, paseos con amigos, un viaje de intercambio, el matrimonio de ambas, entre otra cantidad de cosas. Ella concebía la amistad como un vínculo para toda la vida, hasta que se enteró que su amiga había estado en un paseo con su ex esposo y su nueva pareja y no le había comentado nada al respecto. “Ella sabe todo lo que sufrí por la separación, me parece que lo mínimo que podía haber hecho era no ir al paseo al que iba mi ex; y si definitivamente tenía que ir, al menos me hubiera contado que estaba y que además tiene una pareja nueva”.

Al enterarse que su amiga había ido a dicho paseo la llamó, la invitó a tomarse un café y la confrontó al respecto. Le preguntó por qué no le había contado desde el comienzo que iba al mismo paseo al que iba su ex esposo y que él tenía una nueva pareja. Su amiga, angustiada por el dolor que le había causado, le explicó que no estaba enterada que su ex marido iba a ir al paseo desde un comienzo. Y después, al verlo en compañía de su nueva pareja, prefirió no decirle nada justamente porque sabía el dolor tan profundo que le había generado todo el proceso de divorcio. “Ojos que no ven corazón que no siente, fue lo que me dijo. Pero yo ya no puedo confiar en ella, porque además después del paseo hicieron un almuerzo y ella tampoco me contó nada y bueno, así han pasado otras cosas que han hecho que yo me aleje y la amistad ya no sea la misma”.

Las expectativas frente a otros no son otra cosa que la tendencia de atribuirles a los demás nuestras percepciones y convicciones esperando que se comporten y hagan –o dejen de hacer- las cosas como las haríamos nosotros (Nardone, 2013). Ese es uno de los mayores errores en los que caemos los seres humanos porque olvidamos que cada uno es el resultado único de las propias experiencias y vivencias, que tuvo una familia distinta, con valores, creencias, comportamientos, puntos de vista y principios diferentes. No es posible entonces que todos vean la realidad desde la misma óptica por cuanto existen tantas realidades como percepciones hay en el mundo (Nardone & Watzlawick, 1997). 

Esperar que los demás se comporten como pensamos o quisiéramos es exponerse de entrada a una profunda desilusión. Aunque sean personas cercanas, como amigos e incluso familiares, cada uno actúa desde su propia perspectiva y esa, en algún momento, puede ser distinta de la propia. Luego lo ideal sería no tener expectativas, ni frente a los demás ni frente a ninguna situación en la vida. Pero esto no es fácil porque, tal como decía esta mujer, “no tener expectativas ni esperar de los demás es imposible, sobre todo cuando son personas cercanas”.

La tarea de liberarse de tener expectativas sobre los demás no es entonces un trabajo que les corresponda hacer a los demás: es una exigencia para uno mismo. Y la mejor manera de lograrlo es aprendiendo a ponerse en los zapatos de los demás, aprendiendo a ver una misma realidad desde diferentes perspectivas. Eso no significa que todos tengan que llegar a ver la realidad desde la misma óptica ni que tengan que estar de acuerdo en todo. Pero aceptar que una misma situación puede verse de maneras muy distintas habilita a las personas para comprender mejor a los demás, mantener mejores relaciones y evitar así el dolor y la rabia que genera la desilusión que produce esperar de los demás lo que no se va a recibir. 

“Sigo pensando que yo habría hecho las cosas de otra manera, pero ya no tengo la misma rabia ni el mismo dolor de antes. Ahora puedo llamarla tranquila y nos hemos visto un par de veces. No es la misma amistad, pero yo ya me siento sana con el tema”. El trabajo para lograr este cambio no lo hizo su amiga: lo hizo ella. Por lo mismo, el principal beneficio también fue para ella porque dejó de cargar con el dolor y la rabia que le produjo haberse sentido traicionada por su mejor amiga. Pudo entender que desde la perspectiva de su amiga, lo que había hecho estaba bien, y que no sólo no había querido hacerle daño, sino que su intención había sido protegerla y evitarle un mayor sufrimiento. 

Visto el desarrollo final, da la impresión de haber sido un proceso muy sencillo. Pero como todo trabajo personal, es exigente, sobre todo cuando se trata de aprender a ponerse en los zapatos de los otros. Todos vamos por la vida presos de expectativas que nos generan mucho dolor, sin darnos cuenta que está en nuestras manos dejar de sentirnos agredidos o ignorados por lo que hacen o dejan de hacer los demás. Y para lograrlo –siendo un trabajo de toda la vida-, un primer paso es aprender a ponernos en los zapatos de los demás, entendiendo que todos vemos y reaccionamos ante las diferentes situaciones de maneras diversas. Sólo así vamos a dejar de juzgar a quien actúa de una manera distinta a como hubiéramos actuado nosotros, con lo cual no sólo vamos conquistando y ganando cada vez más libertad, sino que además empezamos a evitarnos cada vez más un sufrimiento innecesario.

En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
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