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Opinión

  • | 2005/03/27 00:00

    ¿Estado = Ejército?

    En vez de imponer a la Fuerza Pública, ¿por qué el Estado no manda médicos, maestros, programas que justifiquen su existencia?

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En la guerra de desinformación sobre la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, y en esa misma guerra de rumores alrededor de la masacre que allí se cometió hace un mes, hay por lo menos un hecho indudable: a un niño de 2 años le volaron la cabeza de un garrotazo. Y ante este hecho indudable, hay una consideración ética con la que creo que cualquiera tendrá que estar de acuerdo: ese acto revela la sevicia más monstruosa y tiene que repugnarle a cualquier persona que no esté pervertida por el fanatismo. Si esa barbaridad la cometió algún miembro del Ejército, o si la hizo un paramilitar o si la perpetró un guerrillero, y si ese niño era hijo de guerrillero, o hijo de paramilitar, o de quien fuera, de todas maneras fue un acto abominable. ¿Alguien dice que no?

Si hay, si hubiera un Estado decente en este país, al menos el crimen de ese niño tendría que haber removido la conciencia y la rabia y el repudio, no sólo de nosotros, los civiles, sino de todo el Establecimiento. Pero no. Esta vez no hubo grandes condenas ni discursos enardecidos por parte del gobierno, y ni siquiera hay una investigación seria por parte de la Fiscalía. Eso es ya una vergüenza. Ante un crimen así uno no puede limitarse a decir, como dijo el Presidente, que "en esa comunidad hay infiltrados de la guerrilla". Hombre, así fuera un campamento guerrillero, el crimen de ese niño no se puede admitir, ni pasar por alto como un acto de guerra más.

Aquí tendemos a clasificar a los muertos como buenos o malos, según tengan o no nuestra misma filiación política. Si matan un guerrillero, está bien, y la gente brinda, "porque hay un perro menos". Supongamos que así sea. Pero aun para las personas más contaminadas con esa sórdida mentalidad sanguinaria, espero, el asesinato de un niño (supongamos, en gracia de discusión, que fuera hijo de un aliado de la guerrilla) tiene que suscitar el más hondo repudio. Y si no lo suscita, estamos llegando al mismo nivel de aberración ética de quienes cometieron el crimen.

Como aquí se nos llena la boca con la palabra 'terrorismo', si se busca ver un típico acto terrorista, ese lo fue. Sin dejar de lado la podredumbre mental de las personas que cometieron el acto, se mata al niño, y de esa forma atroz, con un fin: para que la comunidad allegada a ese niño, y a esos otros niños y adultos masacrados, se aterrorice. Ahí, tras el mensaje sangriento, se agazapa la advertencia, bajo forma de terror: si siguen en eso, miren lo que les haremos; si estamos dispuestos a masacrar incluso a un niño, ¿de qué no seremos capaces? Esa es la lógica (aberrada, pero lógica al fin) de ese acto terrorista.

El gobierno, en vez de ordenar una investigación seria e independiente, en lugar de condolerse con este acto repugnante, ordena la entrada inmediata de la Fuerza Pública, a la que la comunidad rechaza porque identifica como autores o como cómplices de los autores de éste y otros asesinatos. Por supuesto que no puede haber territorios del país vedados al Estado, y que legalmente el gobierno tiene razón al decir que tiene derecho a que el Ejército entre allí. Pero es precisamente por ejercer así, tan torpe y unilateralmente, ese derecho a la 'presencia del Estado', por lo que a este Estado se lo repudia en San José de Apartadó.

El Estado es, o debería ser, mucho más que el Ejército. El Estado no equivale a las fuerzas del orden, así éstas se lleven la mejor tajada del presupuesto nacional. Para que la Policía no sea recibida como una fuerza hostil, como un enemigo, el Estado tiene que presentarse con una cara que justifique su existencia. ¿Por qué no hace antes un acueducto, en vez de imponer a la brava la Fuerza Pública? ¿Por qué no manda médicos, maestros, odontólogos, promotores de salud, ingenieros sanitarios, materiales de construcción, asesorías agrícolas y veterinarias, programas de vivienda popular? Si el Estado tuviera siquiera la sutileza táctica, por no decir la decencia, de no mostrar siempre y solamente los colmillos, sino que de vez en cuando echara también una mano, la acogida sería muy distinta.

Ahora todos, incluso los periodistas, somos vistos como fuerzas hostiles y enemigas por la comunidad de San José de Apartadó. Confían mucho más en los extranjeros que en nosotros. Es un sitio olvidado de la tierra que al Establecimiento de Colombia nunca le ha importado mucho. Si al menos este niño mártir recién nacido y ya decapitado (quienquiera que lo haya asesinado) llamara nuestra atención, nos conmoviera, si su muerte sirviera para que los ojos nuestros, y los del Estado, miraran hacia allá de un modo benévolo y no furibundo, entonces esa muerte podría tener algún sentido. Pero si el Estado se interesa solamente en la Seguridad Democrática, si la patria se confunde con el brillo o el estampido de un fusil, entonces así no vamos a poder construir nunca una verdadera Nación unida y solidaria, y nunca sentiremos orgullo sino siempre vergüenza al oír las sílabas con que se pronuncia el nombre de Colombia.
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