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Opinión

  • | 2009/11/21 00:00

    Estado de guerra

    La paz no es clima propicio para dictadores. Los del '1984' de Orwell se inventaron por eso la figura de la guerra perpetua.

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Se preocupaba hace unas noches el candidato presidencial del Polo Gustavo Petro, con razón, por la escalada de los roces con Venezuela: la crisis le va a permitir al presidente Uribe proclamar el Estado de Guerra.

Tiene razón Petro, digo: nada más apetitoso para Uribe que una situación de conmoción en las fronteras. Si se produce, o se induce, una tensión suficiente en las relaciones con Venezuela, hay razones, o pretextos, para decretar el Estado de Guerra. Y de lado y lado se trabaja activamente en eso: insultos del presidente Hugo Chávez por televisión, interrupción del flujo del comercio, voladura de puentes peatonales, asesinatos misteriosos en la raya fronteriza, acusaciones mutuas (que Chávez respalda a las Farc, que Uribe organiza con el DAS y la CIA atentados contra Chávez), denuncias ante organismos multilaterales, hechos cumplidos como el de las bases gringas en Colombia o el de las gigantescas compras venezolanas de armamento. Y, también de lado y lado, un azuzamiento deliberado de los patrioterismos respectivos y de los respectivos caudillismos, presentados como necesarios. Chávez defiende a Venezuela de la agresión colombiana. Uribe defiende a Colombia de la agresión venezolana. Si hay guerra, o vientos de guerra, ¿cómo no proclamar el Estado de Guerra? Y regresar así a los tiempos de antes de la Constitución del 91, cuando Colombia pasó cien años casi ininterrumpidos bajo el régimen de excepción del Estado de Sitio: con las garantías constitucionales suspendidas y el Ejecutivo dotado de facultades extraordinarias. En la práctica, bajo la dictadura, sólo aliviada por las elecciones. Una dictadura como la sueñan los uribistas, y para empezar, el propio Uribe.

El Estado de Guerra, en efecto, es un estado superior del Estado de Opinión, ya definido por Uribe mismo ante el Congreso como "un estado superior del Estado de Derecho". Les sirve, claro está, no sólo a Uribe, sino a todos los caudillos aspirantes a la dictadura en sus países respectivos. A Chávez, que también está feliz: parece como si los dos se hubieran puesto de acuerdo. El Estado de Guerra es lo que mantuvo a Fidel Castro en el poder durante medio siglo, y ahora sostiene a su hermano. Es lo que permite que los Kim de Corea del Norte vayan ya por la tercera generación dinástica. Y a otra escala, a escala de catástrofe mundial, es lo que le sirvió a Hitler para suspender una y otra vez la Constitución alemana y conservar sus poderes absolutos -hasta que perdió la guerra. La paz no es clima propicio para los dictadores. Los del 1984 de Orwell se inventaron por eso la figura de la guerra perpetua. Acertaba Maquiavelo, siempre lúcido, cuando observaba que la fundamental tarea de los príncipes -si quieren seguir siéndolo- es la de hacer la guerra. Y acertaba también, por supuesto, Clausewitz en su manida fórmula según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. El brillante jurista nazi Carl Schmitt lo resumió llevándolo al extremo, al señalar como concepto central de "lo político" la distinción única entre amigo y enemigo: la guerra es la política. Y la guerra se libra desde el poder absoluto, desde la dictadura del Ejecutivo sin trabas legales ni contrapesos democráticos.

Ese es el pensamiento que inspira a Uribe -supongo que a través de asesores que han leído a Schmitt, como José Obdulio o Fernando Londoño. Por eso trata a sus adversarios como a enemigos de guerra, sean jueces críticos, parlamentarios de la oposición o periodistas no serviles: todos caen en el mismo saco de "auxiliares del terrorismo". Y es también el pensamiento de Schmitt el que inspira a Chávez, supongo que a través de consejeros como el difunto sociólogo argentino Norberto Ceresole: para Chávez, los anti-chavistas, que él llama "escuálidos" o "pitiyanquis", son traidores a la patria.

Y así Chávez y Uribe, para fortalecerse mutuamente, nos van a poner a venezolanos y colombianos a echarnos bala los unos a los otros.

Conmigo que no cuenten.
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