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Opinión

  • | 2011/08/19 00:00

    Estados Unidos: Un nuevo capítulo de la crisis

    Los eventos del último par de semanas en los mercados bursátiles no son una crisis nueva y diferente. Se constituyen, más bien, en el reflejo de la transformación de la crisis financiera de 2008 en una verdadera crisis económica.

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Los mercados financieros globales sufrieron un choque profundo desde el 6 de agosto, cuando Standard and Poors, la calificadora de riesgo, redujo la calificación de la deuda de largo plazo de Estados Unidos del codiciado AAA, en un nivel, a AA+. Esta reducción en la calificación, tímida y anunciada, es sólo la lógica consecuencia de una sucesión de eventos que se han presentado desde agosto de 2007, cuando la crisis financiera comenzó.

La génesis de dicha crisis se motivó en el intercambio de activos sofisticados entre bancos, bancas de inversión y otros inversionistas institucionales que había sido práctica común durante gran parte de ésta década. Estos activos estaban respaldados por los pagos que cientos de miles de familias realizaban mensualmente por sus hipotecas. Dada la propensión de los ciudadanos norteamericanos a endeudarse por un altísimo porcentaje, a veces superior al 100%, del valor de los inmuebles que compraban, estos individuos eran sumamente sensibles a las caídas en los precios de la vivienda. Siendo deudores del 100% de su precio, si éste caía resultaba más rentable entregar el inmueble que seguir pagando la deuda.

Durante la mayor parte de 2006 y el comienzo de 2007 la Reserva Federal, autoridad monetaria en EEUU, acusó presiones inflacionarias en la economía y decidió comenzar a subir las tasas de interés que habían estado en niveles muy bajos durante el último lustro. Esto, inmediatamente, se tradujo en un aumento de los costos de los créditos para los ciudadanos que dejaron de comprar viviendas y en algunos casos, dejaron de pagar sus créditos. Esta reducción de la demanda por inmuebles causó una caída en los precios de los mismos lo que, como una bola de nieve desató una crisis en la que los activos sofisticados, antes tan codiciados por su “bajo nivel de riesgo”, comenzaron a bajar de precio causando astronómicas pérdidas en el sistema financiero.

En un principio la crisis parecía restringirse a la economía de los Estados Unidos, donde los propietarios perdían sus inmuebles, sus automóviles y otros bienes pagados a crédito mientras que los bancos enviaban a pérdidas créditos que ahora eran incobrables. Sin embargo, la interconexión de los mercados financieros, que permitió que bancos de todo el mundo compraran estos activos tóxicos, facilitó el contagio de la crisis al resto del mundo, particularmente a Europa.

Los consumidores, al ver la merma en su riqueza, se vieron obligados a dejar de consumir y, si sus posibilidades se lo permitían, comenzar a ahorrar. Dado que el producto interno bruto de los Estados Unidos está jalonado en más del 50% por el consumo, la Reserva Federal y el Gobierno vieron el riesgo de que la economía comenzara a contraerse. El proverbial efecto pobreza estaba comenzando a desatarse. La evidencia es clara: mientras que Estados Unidos importaba del resto del mundo 800 millardos de dólares netos de exportaciones antes de la crisis, hoy en día sólo importa 50 millardos. Esta reducción se explica principalmente por una reducción en el consumo de los particulares que después de la crisis no querían saber nada acerca de deudas o créditos.

Una de las formas de mantener la economía creciendo era inyectar dinero al sistema financiero para que se redujera el costo del crédito y así incentivar a los individuos a consumir de nuevo. Esto explica las inyecciones de liquidez que la FED realizó en los mercados por más de 2 billones de dólares entre 2008 y 2010. La otra medida tomada para evitar la recesión fue aumentar el gasto público para que la reducción en la demanda no paralizara la producción. Este mayor gasto del gobierno se financió con endeudamiento y se tradujo en un aumento del déficit fiscal a casi 10% del producto interno bruto.

La problemática más reciente surgió precisamente a causa del mayor nivel de endeudamiento, ya que éste se acercó peligrosamente al límite impuesto legalmente por el Congreso de los Estados Unidos equivalente a 14.3 billones de dólares – cerca del 90% del PIB. Tras una fuerte batalla política entre republicanos y demócratas – un pulso a causa de las próximas elecciones presidenciales en 2012 – se llegó a un acuerdo de último minuto en el que se aumentó el techo de la deuda en 2.4 billones de dólares y se presentó un plan de recorte al gasto público por 1.2 billones de dólares adicionales para reducir el déficit fiscal.

La solución – a los ojos de Standard and Poors y de varios analistas – fue insuficiente: las presiones fiscales en Estados Unidos siguen siendo muy altas, el nivel de endeudamiento seguirá creciendo y no hay una política seria para aumentar el ingreso del fisco. Esa fue la motivación principal para la reducción en la calificación de la deuda de largo plazo del país del norte.

La noticia fue recibida con temor en los mercados. Los niveles de aversión al riesgo aumentaron a niveles que no se veían desde mayo de 2010 cuando se destapó la crisis de deuda griega y eso impulsó a inversionistas en todo el mundo a vender sus posiciones en activos riesgosos, como acciones, para buscar “activos refugio”. Así la mayoría de recursos se fueron hacia metales preciosos como el oro, que alcanzó un precio máximo de 1780 dólares la onza e, irónicamente, a comprar bonos del tesoro de los Estados Unidos que, después de todo, siguen considerándose como el activo libre de riesgo.

La reacción fue a todas luces excesiva. El lunes 8 de agosto en la bolsa de Nueva York se evaporaron más de un billón de dólares a causa de la caída en los precios de las acciones. Lo que se ha visto desde ese día ha sido un aumento sustancial en la volatilidad de los precios de los activos. Los mercados globales cayeron a la vez porque la reciente información acerca de Estados Unidos es sólo una más en una larga sucesión de malas noticias acerca de la economía mundial: crisis de deuda en Europa, bajo nivel de empleo en todo el mundo, economías que crecen muy lentamente, presiones inflacionarias en Europa y América por igual. son la sintomatología de una crisis de escala planetaria.

Mientras esto sucede, la Reserva Federal ha anunciado que por lo menos hasta mediados de 2013 mantendrá la tasa de interés en niveles bajos y es probable que reinicie su política de inyectarle liquidez a los mercados persiguiendo mantener la precaria actividad económica en el país. Sin embargo se requerirán muchas más reformas para generar una verdadera estabilidad fiscal al interior de los Estados Unidos a la vez que se genera un crecimiento económico que reduzca el desempleo y que sea sostenible en el tiempo.

* Profesional en Finanzas y Relaciones Internacionales. Master of Science en finanzas de la Universidad Pompeu Fabra. Profesor Investigador Cipe – Universidad Externado de Colombia. Twitter: @GermanForeroL

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