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Opinión

  • | 2006/08/19 00:00

    Este no es un orgasmo

    María Antonia García de la Torre da su punto de vista sobre la película ‘9 canciones, 9 orgasmos’ que se exhibe en varias ciudades del país.

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La película 9 canciones, 9 orgasmos cumple la misma función del orinal de Marcel Duchamp. Más que instaurarse como una obra de arte, parece un manifiesto vanguardista que revalúa los preceptos acartonados que limita al cine desde sus cimientos. Su logro, inmiscuirse en la cama de una pareja, desde cuando se desnudan, hasta cuando llegan al orgasmo. Considero que su fuerte radica en el tiempo que destina a los encuentros sexuales de la pareja protagonista, pero no creo que la historia alcance niveles artísticos que superen la intención contestataria de Duchamp al colgar un orinal en un museo.

Pero ya es mucho alcanzar la categoría de manifiesto y replantear ciertos aspectos del cine. La realidad exige menos artificio en las representaciones y este filme hace un quiebre ostensible. Se evidencia que no sólo las agencias inquisitoriales vetan las escenas de sexo en las películas: los directores mismos omiten ciertas escenas que pueden incomodar a la audiencia. De modo que impera la inverosimilitud, donde los “héroes” parecen muñecos de plástico que no sudan, no orinan, no comen, y cuando tienen sexo, se escudan en el pundonoroso desvanecimiento de la imagen.

Es paradójico que estos vetos se hayan superado en literatura hace tanto, tal vez porque las palabras, acompañadas de la lectura solitaria, pueden proporcionar un nivel de intimidad mayor, sin confrontar al individuo a la franca desnudez al lado de decenas de espectadores desconocidos.

Somos presa de nuestro pudor y vetamos en el cine, la representación de una buena parte de nuestros conflictos, de nuestra cotidianidad. Ese pedestal que endiosa a los actores, obstaculiza el desarrollo de personajes reales. Por eso me parece importante este experimento en el que se le dedica tanto tiempo a una conversación, como a un encuentro sexual. El director afirma que el sexo es parte integrante de una relación de pareja y no comprende por qué habría de prescindir de eso.

Al impregnar todo el filme de escenas de sexo, resulta imposible erradicarlas todas: si iban a amputarlas, habrían dejado 20 minutos de historia. La versión disponible en cuatro cines club de Bogotá dura una hora y 10 minutos, pero la versión completa ya circula de manera clandestina. Tal vez el veto es el mayor estímulo para despertar el interés sobre una película y evidencia que es necesario mermar el temor frente a tomas de encuentros sexuales, como si todavía nos rigiera una mentalidad retardataria.

Ampliar el espectro, hacer que los personajes orinen, que tengan sexo en la pantalla gigante, desestabiliza al espectador porque rompe ciertas normas implícitas del decoro.

Su mérito radica en dilatar la frontera entre erotismo y pornografía. Las escenas son espontáneas y desprovistas de malicia, por eso resulta casi natural ver lo que ya hemos vivido tantas veces. Los personajes tienen sexo en realidad, y hay numerosos close ups de penetraciones, de orgasmos y de sexo oral. Pero todo esto está libre de morbo, cosa que amplía las fronteras del séptimo arte en su intento por inmiscuirse en la cotidianidad.

Si un actor puede sentir desolación mientras hace llorar al personaje que encarna, entonces es apenas natural que sienta placer cuando besa a otra actriz o cuando su personaje tiene un encuentro sexual. Después de dar ese paso, nos preguntamos cómo hicimos para hacer filmes sin una parte estructural del hombre. Nos sentimos avergonzados por permitir que las camándulas y las parroquias impongan parámetros monacales en una película sobre una relación de pareja. Si 9 canciones, 9 orgasmos nos hace sonrojar, nos avergonzará recordar que Boccaccio ya había recreado la vida libertina en un convento hace siete siglos.
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