Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/08/11 10:15

Genética, política y paz

La Genopolítica estudia, desde la genética, las inclinaciones políticas del ser humano. Según el genotipo se desarrollan emociones que influyen en las decisiones liberales o conservadoras.

Esteban Piedrahita.

Los avances en el conocimiento de la genética humana y el desarrollo de nuevas técnicas experimentales están permitiendo comprobar, cada día con mayor contundencia, la fuerte influencia de los genes sobre nuestras preferencias, nuestra personalidad y nuestro comportamiento. Dentro del ámbito de la genética conductual hay una rama bastante reciente, llamada genopolítica, que se ocupa de estudiar las bases genéticas de las posturas ideológicas. Sin desconocer la importante influencia del medio en el que crecemos, que interactúa con predisposiciones biológicas, la evidencia parece indicar que los hombres somos, por naturaleza, “animales políticos”, y no solo en el sentido social de la palabra. (La expresión es de Aristóteles para quien, sin embargo, la mente llegaba al mundo como una “tabula rasa”, exenta de contenido).

Para cualquiera es evidente que la política tiene un alto grado de emocionalidad (irracionalidad). En palabras del profesor Jordan Peterson, de la Universidad de Toronto: “Los valores de las personas están incrustados en lo profundo de su biología y su herencia genética… sus preferencias políticas no surgen de una simple consideración racional de los temas”. Múltiples estudios han encontrado que rasgos de personalidad como la preocupación por el orden y el respeto a las normas sociales están asociados a una mentalidad ‘conservadora’, mientras que el interés por la compasión y la igualdad están relacionados a una mentalidad ‘liberal’. Un estudio de investigadores de las universidades de Virginia Commonwealth y Pennsylvania State, va más lejos, argumentando que no son los rasgos de personalidad (que tienen gran componente genético) los que ‘causan’ el desarrollo de preferencias políticas particulares, sino que hay un factor genético común que es subyacente tanto a las características de personalidad como a las actitudes políticas.

Estos elementos, en alguna medida, ayudan a entender la polarización que vive el país en torno a lo que se negocia en La Habana. Cualquier acuerdo de fin de un conflicto armado, máxime cuando ninguna de las partes se ha rendido, implica una ‘transacción’ entre justicia y paz (dilema clásico entre la posición ‘conservadora’ y la posición ‘liberal’). Demasiado énfasis en la justicia (ej. cadena perpetua para los guerrilleros) y no habrá contraparte dispuesta a firmar; hincapié excesivo en la paz (ej. amnistía plena para las FARC) y ésta será inestable por falta de apoyo popular y el riesgoso precedente que se sienta.

Lo que nos dice la ciencia es que es, literalmente, natural que sobre este tipo de decisiones existan profundas y emotivas diferencias. El balance ‘óptimo’ entre justicia y paz depende de la perspectiva de cada individuo y esta está poderosamente condicionada por su acervo genético. Por eso nos cuesta tanto trabajo entender la posición política de otros; porque nuestro cerebro está ‘cableado’ de manera distinta. Y por eso es tan difícil persuadir a alguien, con argumentos racionales, de que cambie de opinión sobre un tema como éste. De cierta forma, su postura (y la nuestra) ya venían condicionadas antes de nuestro nacimiento.

Esto no quiere decir que, con mayor información y conocimiento, no se pueda lograr acercar posiciones: la mayoría, por pura probabilidad, somos ‘moderados’—ubicados en un continuo entre posiciones extremas—; más flexibles y pragmáticos. También significa que no debemos necesariamente asignar motivos ulteriores a quienes ostenten una posición diferente a la nuestra. Lo que sí, es que la tendencia, es que tendemos a ser bastante susceptibles a la ‘propaganda‘ que venga alineada a nuestro propio sesgo ideológico; y esto, por supuesto, puede ser aprovechado por quienes sí tienen agenda.

La buena noticia es que tanto la preocupación por el orden y aquella por la igualdad o la compasión lucen necesarias para construir una paz sostenible. “Desde una perspectiva evolutiva”, dice Johnson, “el hecho que aún exista variabilidad en estos sistemas motivacionales significa que ninguno es suficiente por sí solo. Hay costos y beneficios asociados a ambos perfiles políticos y ambos parecen ser críticos para mantener un balance efectivo en la sociedad”. Ojalá demos con la síntesis adecuada para pasar la página del conflicto y avanzar como sociedad.

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