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Opinión

  • | 2004/08/29 00:00

    Esto de la cultura

    Los combatientes muertos no se cuentan, pero tiembla el mundo ante la posibilidad de que un obús perdido rasguñe la mezquita de Alí

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Hay muchas almas cándidas que piensan que nos mataríamos menos si hubiera más cultura. Y que haya que fomentar la educación y la cultura para que alcancemos la paz. Me parece que pensar así es tomar el rábano por las hojas. Nos matamos a causa de la cultura, como consecuencia de la cultura; y no porque esta nos haga falta.

Recuerdo, de los tiempos de mi adolescencia, una información de prensa que me... ¿me estremeció? No: mentiría si lo dijera. Pongamos que me llamó la atención, hasta el punto de que no la he olvidado. Se refería a ese nudo central del alma humana en el que la cultura y la muerte se entrecruzan intrincadamente para producir -¿más muerte? ¿Más cultura?-. Da igual: para seguir una y otra, una con otra, reproduciéndose en su entrelazamiento inextricable. Decía la información de prensa aquella que en una taberna del centro de Bogotá, o, para ser más exactos, en una tienda, dos borrachos que tomaban aguardiente se enzarzaron en una discusión gramatical: la misma eterna discusión gramatical de los borrachos colombianos. Trataba, lo habrán adivinado mis lectores, sobre si se debe decir "un vaso de agua", o si la forma correcta es "un vaso con agua". La cosa pasó a mayores. El uno sacó cuchillo. El otro sacó revólver, Y, por lo que yo recuerdo, se mataron los dos, y tal vez resultó muerto alguien más que pasaba por ahí.

(Algo en mí -un pistolero cultural- me dice al oído que ha debido morir sólo uno de los tres: el repelente preciosista partidario del "vaso con agua". Pero dejó abundante descendencia. Si no hubiera muerto entonces, hoy estaría pidiendo que le colocaran agua en su vaso. Y la señora de la tienda, completamente desmoralizada ya en el derrumbe cultural de Colombia, le estaría diciendo: "Cómo no, vecino, ya le ubico su agua").

Si eso es así con la gramática, piensen ustedes cómo será con la religión, que es todavía más tercamente cultural.

Digo todo esto a propósito de lo que estamos viendo, a través de la televisión y la prensa, en la batalla de Nayaf, en Irak, entre los marines norteamericanos y las milicias del Mahdi que siguen a un joven clérigo. Los combatientes muertos no se cuentan: simple carne de cañón, como lo han sido siempre. Pero tiembla el mundo entero ante la posibilidad de que alguna bala perdida, algún obús perdido, algún cohete perdido, alguna bomba de fragmentación perdida (todos ellos, como se ve, artefactos culturales), rasguñe en el zafarrancho los muros o las cúpulas de la mezquita de Alí, donde desde hace mil trescientos años está enterrado el yerno del profeta Mahoma. Las vidas humanas no importan. Importa ese vehículo de cultura -cultura religiosa, en este caso: pero la religión es sin duda la más alta y terrible forma de la cultura- que es la mezquita de Nayaf, santa para decenas de millones de musulmanes chiitas.

Algo muy parecido sucedió hace año y medio en Israel, en la basílica cristiana de la Natividad de Belén, donde se hicieron fuertes unas cuantas docenas de militantes de la Intifada palestina cercados por el ejército israelí. La sangre no importaba, pero ¿qué tal que un cañonazo dañara la Gruta Sacra donde nació el Redentor? Esa misma Intifada había empezado a causa de un gesto de índole cultural de Ariel Sharon, que entonces no era todavía primer ministro de Israel, y que violó deliberadamente la explanada de las mezquitas de Jerusalén para desafiar a los árabes.

Hasta un hombre tan limitado como el presidente George W. Bush interpreta los acontecimientos políticos a través de un prisma cultural, así sea involuntariamente, como el personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo. Según él, el ataque que destruyó las Torres Gemelas de Nueva York de hace tres años iba dirigido contra la libertad de América. Es decir, contra un concepto cultural, y no contra un objetivo estrictamente militar. El World Trade Center era equivalente de la mezquita de Alí, o de la basílica de la Natividad.

La guerra misma, por supuesto, es un engendro cultural.

Porque la paz es un bien, sin duda. Y la cultura también, pero es otro muy distinto. Y confundir los dos es muestra de incultura. O, si se prefiere, de creación cultural.
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