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Opinión

  • | 2004/11/21 00:00

    Esto no es serio

    Si fuera un simple narco, sin crímenes de sangre, ni de secuestro, ni de terrorismo, ¡ay de él! Nuestro riguroso Presidente ya lo hubiera extraditado

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Se escapa un preso de la cárcel de alta seguridad de la Fiscalía. Pero después se arrepiente: comía mejor allá (Dios mío: cómo comería por fuera) y no aguantaba intemperies. De modo que se devuelve, y se entrega, en persona, al superministro doble de Interior y Justicia, doctor Sabas Pretelt. El superministro lo recibe de abrazo ("déjate llamar para que te atienda") y le organi-

za una audiencia especial con el presidente Álvaro Uribe, que lo abandona todo (cumbre de los países del Pacífico, cumbre Iberoamericana en Costa Rica, visita de los reyes de España a Cartagena) para recibir al preso fugado y arrepentido en el Palacio de Nariño. Foto. Televisión. Le dice el Presidente al prófugo:

-Hernando -el prófugo se llama Hernando, aunque su nombre de guerra en la guerrilla era 'Julián'-, quiero darle las gracias. Su caso es un ejemplo.

Y da órdenes a la redonda, perentorias:

-Que reúnan a Hernando con sus familiares y páguenle dos días de alojamiento en una suite del Hotel Tequendama. Si tienen problemas pásenme a mí la cuenta.

No creo que se la pasen. Ni creo que el hotel se atreva a pasársela a la Presidencia. Pero la cosa suena bien: demagogia.

Demagogia. Yo recuerdo que en mi ya remota infancia el Senado de la República condenó por 'indignidad' al ex presidente Gustavo Rojas Pinilla basándose en uno de los pocos delitos que desde el poder había cometido él solo, sin la complicidad de ninguno de los que ahora eran sus jueces. Ese único delito serio -aparte de una insignificante violación de aduanas en la importación de unos terneros- consistía en haber usurpado funciones del poder judicial que no le correspondían al poder ejecutivo. En efecto: Rojas Pinilla se había dado el lujo de indultar a un pescador de la isla de San Andrés condenado a unos cuantos meses de prisión por robar un reloj.

Recuerdo que el país entero, que abyectamente había aplaudido al general presidente por la generosidad de su indulto al ratero, se indignó más tarde cuando los acusadores del general derrocado revelaron en el Senado su imperdonable crimen: "¿Indultó a un negro sanandresano? ¿Y con qué derecho?"

El Senado de la República, en su majestad, condenó al derrotado ex presidente Rojas Pinilla. Luego, cuando empezó a cobrar fuerza su partido político, Rojas fue indultado, claro, tal como había indultado él al ratero de San Andrés. Aquí en Colombia se indulta a todo el mundo. Y eso está bien. No hay que ser rencorosos.

Pero esta usurpación de las funciones judiciales que acaban de hacer el presidente Uribe y su Ministro de Justicia, suspendiendo los procesos en curso contra el fugado arrepentido y premiándolo y anunciando "que será reubicado en donde no corra peligro", por cuenta del Estado, es grotesca. No es un ladrón de relojes, como aquel de Rojas. Cayó hace un año en manos del Ejército en Neiva mientras participaba en un secuestro, y cuando se escapó (tras más de un año esperando juicio), lo acusaban de rebelión, de secuestro y de homicidio agravado, sin contar (después) la fuga (que en mi opinión no es un delito, sino un derecho), y además del ahora nefando crimen de 'terrorismo': había participado, dicen, en su condición de miembro de la columna 'Teófilo Forero' de las Farc, en la voladura del club El Nogal, que dejó 36 muertos y más de 100 heridos.

Él dice que no. ¿Y qué dice entonces el ministro del Interior y de Justicia, doctor Sabas Pretelt? Pues que si él dice que no, hay que creerle.

Y el presidente Uribe lo recibe en Palacio, y lo abraza: "Lo felicito Hernando".

Dice Hernando, como lo llama el Presidente, o Julián, como dicen que era su nombre en la guerrilla:

-Es que ahora quiero hacer política...

La está haciendo.

Pero si fuera un simple narco, sin crímenes de sangre, ni de secuestro, ni de terrorismo: ¡ay de él!

Nuestro riguroso presidente Uribe ya lo hubiera mandado en extradición a que se pudriera en una cárcel de los Estados Unidos.

Y es que lo ridículo no es solo chistoso: es vergonzoso.
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