Sábado, 20 de diciembre de 2014

| 2013/08/17 00:00

Exclusivo: Las razones reales por las que el embajador Mckinley se va del país

Todo tiene un límite: Me viene creciendo una extraña prolongación del cóccix.

Exclusivo: Las razones reales por las que el embajador Mckinley se va del país Foto: Guillermo Torres

Mientras el Secretario de Estados Unidos, John Kerry, jugaba voleibol con unos soldados heridos en combate, la Unidad Investigativa de esta columna extrajo de su maletín un documento explosivo: la carta, escrita hace un mes, con la que el embajador de Estados Unidos en Colombia, Michael McKinley, rogó que lo trasladaran de país. La revelamos en exclusiva.


Apreciado Mr. Kerry,

Desde que me fue asignada la labor de adelantar una minuciosa red de espionaje en Colombia, el tercer país en importancia para nuestros intereses en América Latina, he tenido que soportar asuntos que ni siquiera padecí en Bolivia, aquel desierto andino en que conocí a Fátima, mi mujer. Si ruego a usted que me trasladen de misión, lo hago a sabiendas de que ella misma será la primera damnificada.


Porque no en vano fue acá donde Fátima consiguió triunfos diplomáticos tan importantes como catapultar a la fama social a la intrépida Vicky Turbay; amistarse con la pequeña Gloria Luz Gutiérrez, minimecenas de la literatura colombiana; volverse íntima de Patricia Tascón, la esposa de Munir, con todo y hermano, y poner de moda las fiestas con masajista en Anapoima. Pero, mi estimado doctor, llegó la hora de partir. Y no veo el momento  de despedirme del país con unas sentidas coplas, de las cuales ya tengo la primera: ‘Voy a extrañar a Colombia/ país del que fui cowboy/ gustarme mucho su fauna/ como por ejemplo Roy’.


A Fátima le dolerá mi traslado, y más ahora, cuando había logrado que Vivi Barguil de Sarmiento asistiera a sus convocatorias y estrenaba vestidos de manga sisa para congraciarse con Rosa María Escallón. Pero, apreciado secretario, no aguanto más. Espiar a la clase dirigente colombiana exige una paciencia de la que carezco. Trabajé con ahínco. Hice lo que pude. Incluso dejé montada la plataforma de espionaje de la Policía colombiana, que, al igual que José Luis Rodríguez, graba bastante bien y se conoce como Puma. 


Sé que no suena bien, Mr. Kerry, pero en este país no se destacan por poner buenos nombres. Usted mismo recuerda el caso de Daniel Barrera, quien, para confundir a las autoridades, se rebautizó como Lucumí Popó: ahora el señor Popó purga su pena en Estados Unidos, a donde lo enviamos como por entre un tubo. Y hace poco la Policía de Medellín bautizó al Plan Integral de Seguridad por su sigla: el PIS. A los agentes les da risa nerviosa cuando les preguntan a qué comando pertenecen.


¡Alto, es el PIS!


Allá está el baño, agente.


Me refiero a que somos nosotros: agentes del Plan Integral de Seguridad. El PIS. Buscamos a Lucumí Popó. 


En un país serio, el PIS atendería, como mucho, casos de personas picadas por aguamalas. Pero acá persigue a las bandas criminales más peligrosas del mundo. Lo peor es que, en este momento, dos tenientes debaten siglas del nuevo Plan Especial de Diseño Organizativo. 


En un sótano de la zona del CAN – The Dog Zone, en los archivos– dejo montado el centro de espionaje donde trabajan los detectives americanos. Hice lo posible para mantenerlos con la moral en alto: inventé la Medalla a la Paciencia para el funcionario que espió a Marta Lucía Ramírez; compensé con vacaciones al que desgrabó los audios de Navarro Wolff; convencí de la importancia de su labor a los espías que acumularon siete rollos de conversaciones entre Mockus y la mamá. Y les di ánimo a todos cuando se enteraron de que ellos, a su vez, habían sido espiados todo este tiempo por María del Pilar Hurtado.


Sin embargo, nuestros informes señalan que el próximo presidente del Congreso será el senador Juan Fernando Cristo, y tenemos una grabación en la cual descubre sus objetivos: “Guemplazag a Goy es beggaco, pego me  tomagué el podeg, eggadicaguemos la letra egue e instagaguemos el gobiegno de la G”. Y si de eso se trata, prefiero espiar en Francia.


Hago, pues, la solicitud formal. A este país le debo mucho, no lo niego. Aprendí todas las tradiciones de su gente: gorrear colonia en los grandes almacenes, tomar onces con las muestras gratuitas de Carulla y reponer los consumos del minibar. Incluso desayuné lechona con el vicepresidente –un curioso cerdo cocinado con una manzana en la boca: hablo de la lechona–, y le oí decir, como si fuera normal, que se lanzará a la Alcaldía de Bogotá o a la de Cali: la que caiga primero. 


Pero todo tiene un límite, Secretary, y además me viene creciendo una extraña prolongación del cóccix similar a la que tiene el senador Barreras (ver en el fólder Alligator Tail). 


Ya organizaremos, en el destino que nos asigne, divertidas rumbas inspiradas en los años sesenta, como lo hacíamos acá (en la última los invitados podían llevarse a un sindicalista a la salida, lo cual causó sensación). 


Por lo pronto, ruego que nos reubique cuanto antes, así sea en Afganistán: le dará durísimo a Fátima, que soñaba con casar a nuestra hija mayor con alguno de los hermanos Cardonashan. Pero ya no doy más en este platanal. Prefiero los cocteles molotov a los de doña Elsa Pardo de Koppel. Y en Afganistán no hay mar, lo cual garantiza que no se hará presente el comando del PIS.

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