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Opinión

  • | 2015/02/05 08:00

    ¿Existe la movilidad social en Colombia?

    Con el anuncio del Gobierno sobre el programa de becas universitarias para estudiantes del SISBÉN, la movilidad social y la desigualdad han aparecido nuevamente en el discurso público colombiano.

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Con el anuncio del gobierno sobre el programa de becas universitarias para estudiantes del SISBÉN, la movilidad social y la desigualdad han aparecido nuevamente en el discurso público colombiano. Con la presentación del Plan Nacional de Desarrollo, esperamos que el gobierno implemente más medidas como ésta, para que el futuro de los jóvenes lo determinen ellos, y no las circunstancias de su nacimiento.

En general, la desigualdad y la falta de movilidad social van de la mano: donde existe mucha desigualdad, la movilidad social es muy baja. Por eso, no debe sorprender que en un país como Colombia, que tiene un nivel de desigualdad impresionante, la movilidad social sea bastante baja, lo cual quiere decir que es muy improbable salir del estrato en lo cual uno nació. Un estudio de la Universidad de Los Andes indica que la gran mayoría de quienes nacen pobres mueren pobres, mientras la gran mayoría de quienes nacen ricos, mueren ricos, sin importar lo mucho (o poco) que se esfuercen. Por eso, programas como las becas son tan importantes. Pero la determinación de la movilidad social no comienza en la universidad sino que se define desde mucho antes.

Al solo transitar los barrios de Bogotá, se aprecia cuánto pesa esta realidad en la vida de las personas. Yo dicto clases de inglés a niños en un barrio de Bosa; esta experiencia me ha mostrado de primera mano los impactos de la desigualdad, sobre todo en torno a la educación. Algo que he notado es que el conocimiento es inverso a la edad de los estudiantes: en general los más pequeños saben más que sus compañeros de 12 y 13 años.

Sospecho que esta pérdida de interés por la educación se debe al reconocimiento de las pocas oportunidades que realmente tienen y a que la educación que reciben no es un antídoto para superar esta falta. Saben que la educación que ellos reciben no es de la misma calidad que reciben los estudiantes ricos de otros sectores (y eso que la situación en Bosa es mucho mejor que en otras partes de Bogotá). Por los cuadernos del colegio, sé que sus clases repiten el mismo vocabulario básico todos los años. Mientras los niños de 7 y 8 años están emocionados por aprender, los mayores ya entienden que su educación no es de calidad, creen que la universidad está fuera de su alcance, y que sus oportunidades para tener éxito son mínimas. Por ende, le tienen apatía a la educación.

Estos niños no están solos, y lastimosamente no están equivocados. Según un estudio de CEPAL, el 77% de la población cree que en el país existe desigualdad de oportunidades, el 96% cree que hay una distribución injusta, y menos de la mitad cree que trabajar duro garantiza el éxito. Estas percepciones están basadas en la realidad: el 75% de las personas en Bogotá cuyos padres tienen un nivel bajo de escolaridad obtienen el mismo o inferior nivel de escolaridad. Cuando el nivel (y calidad) de escolaridad tiene un impacto tan fuerte en las oportunidades socioeconómicas de uno, estas tasas son bien preocupantes para quienes buscan la movilidad social, ya que las probabilidades de lograrla no están a su favor.

En estas clases, conocí una mujer luchando para que sus hijas sean la excepción a esta regla. Un día, cuando le mencioné que tenía una maestría, me dijo "ellas son mi maestría", refiriéndose a sus hijas. Después de escuchar más sobre la vida de esta familia, me di cuenta de lo acertada que fue esta afirmación: esta señora invierte horas de esfuerzo todos los días intentando sacar adelante a sus hijas y asegurar que tengan mayores oportunidades. Busca los mejores colegios públicos y después lidia con los procesos administrativos laberínticos para conseguirles cupos. Camina horas diarias para llevar y recoger a las dos hijas de colegios distintos. Busca becas para que puedan participar en las actividades extracurriculares que no ofrecen en su barrio, y después se madruga para llevarlas casi dos hora al norte. Sacrifica sus sábados para que yo les dicte refuerzos en inglés, conocimiento  que les deberían enseñar en el colegio. Es un hecho condenatorio a la sociedad colombiana que a pesar de todo eso, y a pesar de que sus hijas son excepcionalmente inteligentes y trabajadoras, los datos indican que lo más probable es que no se gradúen de la universidad.

Es alentador que el Plan Nacional de Desarrollo pretenda enfrentar el enorme reto de la desigualdad y la falta de movilidad social. Si queremos crear una sociedad donde la gente, y no circunstancias de nacimiento, determine sus vidas, tendremos que impulsar al gobierno y hacerle rendir cuentas para que se implementen estas estrategias.

*Celeste Kauffman es una investigadora en el Centro de Estudios de Derecho, Justicia, y Sociedad (Dejusticia).
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