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Opinión

  • | 2017/06/10 22:15

    No hubo felicidad más grande

    Siempre han estado juntos en mi memoria los personajes y las historias que tejieron en sus obras emblemáticas Cervantes y García Márquez. En sus glorias y en sus abismos.Cuando forjaron castillos y cuando cavaron sus tumbas.

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Sé bien que los lectores, los generosos, que buscan en mis escritos alguna explicación a los acontecimientos del país o del mundo, y también los de mala leche, los que ojean mis columnas buscando un pretexto para hilar diatribas que me socaven o me hieran, esperan siempre un relato político. Pero en estos días, en medio de la celebración del aniversario de Cien años de soledad, no he podido
escapar al recuerdo de las conversaciones que tuve con mi padre mientras leíamos juntos la novela que cambió de un tajo la manera de narrar de los colombianos. Quiero hablar de esa intimidad.

Hacía muchos años había tenido la alucinante experiencia de oír a mi padre, durante varios meses, leer en voz alta, en la sala de mi casa, las aventuras de Don Quijote de la Mancha. Era un niño al que un grupo de amigos le daban licencia, para que se sentara en un rincón a escuchar la lectura que mi viejo hacía para ellos de las obras clásicas de la literatura en un pueblito perdido de Antioquia.

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Fue, quizás, en noviembre de 1973, tenía ya 18 años, cuando cayó en mis manos un ejemplar de la asombrosa historia de los Buendía. Leí esa entrada triunfal a la narración, esa página y media que termina en el primer punto y aparte, en la que dice “José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil” –el imán que había llevado Melquiades a Macondo- “para desentrañar el oro de la tierra”.

Y fui con el libro a donde mi padre para decirle que ahí estaba redondo y puro un personaje, que seguramente nos llevaría a la memoria indeleble que compartíamos de Don Quijote. Ahora era yo quien le leía al viejo, en su lecho de enfermo, una historia y unas palabras que le eran familiares porque había vivido 15 años en las orillas del río Magdalena, en territorio sin duda macondiano.

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No hubo felicidad más grande. Por días y días leímos y comentamos uno por uno los episodios de una historia familiar en un lugar imaginario del que después se dijo que contenía el universo entero o que allí se cifraba toda la historia de la América Latina. Mi padre, que era tan agudo descubriendo las semejanzas y las diferencias entre las cosas, me fue llevando de la mano en la comparación entre dos obras tan distantes en la geografía y en el tiempo.

No fue sino que supiera un poco más de lo que ocurría en esa “aldea de veinte casas de barro y cañabrava” para que me dijera “Sí, Melquiades y sus gitanos despiertan en José Arcadio lo que los libros de caballería despertaron en nuestro venerado Quijote, una búsqueda incansable, un afán de justicia, ese delirio en el que estamos seguros de poder descifrar los misterios del hombre y la naturaleza”.

Desde ese momento, desde esas palabras, siempre han estado juntos en mi memoria los personajes y las historias que tejieron en sus obras emblemáticas Cervantes y García Márquez. En sus glorias y en sus abismos.Cuando forjaron castillos y cuando cavaron sus tumbas.

José Arcadio Buendía en su enajenación completa, atado a un árbol en el solar de la casa, en una larga agonía tiene la misma tristeza de la última despedida del hidalgo de la Mancha. Las derrotas del coronel Aureliano Buendía en las guerras con los conservadores, su regreso a Macondo en esa soledad atroz, siempre tuvo para mí un aire a los duelos que uno tras otro perdía el sinigual caballero en los campos de Castilla.

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Desde luego hay una distancia enorme entre ese mundo de caballerías y el trópico indomable, me lo advirtió mi padre en una de sus anotaciones al margen de nuestra lectura. La fantasía amorosa de Dulcinea se parece muy poco a la pasión desenfrenada que desata Pilar Ternera en el primero de los Buendía. Son tan distintas los aromas del amor. Decía don Quijote de su pretendida: “Yo sé bien a qué huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído”. En cambio, “José Arcadio la siguió buscando toda la noche en el olor de humo que ella tenía en las axilas y que se le quedó metido debajo del pellejo”.

También me dijo alguna vez mi viejo -quizás advertido de que me estaba metiendo poco a poco en las arenas movedizas y drásticas de la confrontación armada en nuestro país: “No vayas a creer nunca que en las aventuras armadas nuestras subyace el honor de los duelos medievales que nos cuenta Cervantes.Mira en lo que termina el coronel Aureliano Buendía, después de haber promovido 32 guerras plagadas de horrores y traiciones y al borde de fusilar a su amigo entrañable el coronel Gerineldo Márquez; se detiene, lo desata del cepo al que estaba amarrado y le dice ‘ponte los zapatos y ayúdame a terminar por fin esta guerra de mierda’”.

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