Martes, 17 de enero de 2017

| 2016/09/24 14:34

Del voto en blanco a la abstención consciente

El voto en blanco favorece la construcción de tejido social, porque al votar en blanco uno puede manifestarse desde el “Sí, pero...”, el “No, aunque…” y otras combinaciones que divergen del tajante Sí-No.

Fabián Gutiérrez. Foto: semana.com

Hoy, a una semana para darnos cita en las urnas para votar el plebiscito, es imperativo detenerse por un momento y realizar un análisis responsable de esta coyuntura histórica. Este ejercicio de reflexión, necesario y pertinente, propongo sustentarlo desde tres perspectivas, que tal vez no sean, hoy por hoy, las más llamativas y populares a nivel mediático, pero sí importantes para el fortalecimiento del Estado de Derecho. Me refiero en específico a la presión que implica celebrar un plebiscito en el marco de un tiempo apresurado; a la “Apología de la Oposición” frente a la tramitación del proceso plebiscitario; y, por último, a la desafortunada decisión de no haber incluido el voto en blanco en las opciones del sufragio y sus consecuencias potenciales.

En relación al primer punto, tengo la sensación de que la ciudadanía colombiana ha sido expuesta a una presión excesiva e innecesaria para definir posición frente al Acuerdo. Uno se pregunta ¿Qué hay detrás de tanto afán? Pues el riesgo de lo “rápido” es que puede devenir banal, y lo banal peligroso, sobretodo cuando nos referimos al acontecimiento político más importante en la historia de la Colombia Republicana. Soy consciente que las FARC son el grupo guerrillero más antiguo del continente; y también que las confrontaciones en contra de este grupo han llegado a un punto infructuoso de desgaste y estancamiento histórico, con incalculables y dolorosas pérdidas para la Nación.

Acá viene mi inquietud: por qué, luego de cuatro años de negociación se ha generado un frenesí por refrendar los acuerdos. A mi modo de ver, esto no es necesario y sí nocivo para el pueblo colombiano. No entiendo la decisión por apresurar, hasta el arrebato, el plebiscitario. Me genera desconfianza la falta de contrapesos desde el legislativo al ejecutivo, en aras de equilibrar la estructura y el funcionamiento del Estado de Derecho. Adicionalmente, es desconcertante que, desde la institucionalidad se hayan invertido cuantiosos rubros en proclamas populistas, más que en la apertura de escenarios pedagógicos y deliberativos para que el pueblo se pronuncie responsablemente sobre el asunto.

Creo que a este propósito, figuras como Paulo Freire y Jürgen Habermas, estarían, por lo menos parcialmente de acuerdo conmigo en que, alrededor de este acontecimiento, no se ha ofrecido a la Sociedad Civil las mejores condiciones y medios de posibilidad para sacar provecho de una pedagogía emancipadora y una deliberación ciudadana enmarcadas en una experiencia ética de racionalidad comunicativa. De lo que sí hemos sido testigos es de una coacción continua, donde se reduce la implicación de la Sociedad Civil, constriñéndola a la manipulación del “juego de la opinión” donde la codificación de los referentes para la toma de decisiones responsables no ha ido más allá de dispositivos anuladores del diálogo, el debate y la participación.

Las campañas apresuradas de marketing Sí-No, que no son ni pedagogía o deliberación social ni política, dan la impresión de querer persuadir para que se asuma una única postura. Esto tiene nefastas consecuencias, pues incita a la ciudadanía a plantearle la defensiva (y no la cara) al diálogo con el otro que disiente. Esto es terrorismo. Y el peor terrorismo es el que por medio de la división de las gentes, por su fractura y polarización, las extorsiona frente a un tema tan importante como lo es la construcción de una cultura de paz. Así las cosas, la paz termina siendo sometida al producto de una negociación entre élites, donde se relega al constituyente primario a un papel secundario, en la “benévola caricatura” de un proceso electoral. Irónicamente, esta polarización ha desencadenado una “guerra” de opinión marcada por la intolerancia, digna de la necesidad de un proceso paralelo de “negociación” de orden simbólico: profesor Mockus, quizá la Patria lo necesita hoy más que nunca en dicha mediación ¿Le gustaría conducir un proceso de paz alterno entre las tendencias más radicales y agresivas del Sí-No?

Lo cierto es que hay muchas inquietudes alrededor del Acuerdo y el plebiscito. Comprendo a los ciudadanos que, con una buena intención, invitan a leer las 297 páginas del Acuerdo, en un amague por protegernos de las interpretaciones demagógicas. Leer el Acuerdo es enriquecedor, nadie lo niega, pese a que la cuestión de fondo no puede reducirse a valorar el “mejor” voto en relación a la lectura del documento. Esta postura “ilustrada” está condenada a naufragar, eso sí, honrosamente; y es que a pesar de la bondades de un voto informado, lo sustantivo del caso son los constreñimientos del tiempo, la prisa y el involucramiento superficial de las bases de la Sociedad Civil frente a la gestión del Acuerdo.

Es insulso pretender que la solución a la participación se limite a una invitación a realizar una lectura forzada de un documento que es tanto extenso como difícilmente digerible. Si lo anterior no fuera suficiente para el doliente, a esto se le suma la prescripción para que realice un ejercicio de análisis y valoración del Acuerdo; se trata de una ironía, por no decir burla o irrespeto, pretender lograr esta meta en una sociedad que en promedio no lee más de un libro al año. En medida alguna quiero subvalorar el juicio del pueblo colombiano, pero ¿Cuánto tiempo y esfuerzo le supondrían a un jurista experto realizar tal lectura y análisis?

Necesitamos más tiempo, criterios y escenarios que nos permitan asumir y entender de manera responsable las implicaciones de esta coyuntura. Esto sólo se logrará en un proceso participativo que sea tanto reflexivo como estratégico. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en la desafortunada inercia de las apuestas utilitaristas que manipulan la participación. Es probable que esta influencia se dé desde el miedo a no alcanzar la paz, y este miedo se constituya, desafortunado en todo caso, en el mejor argumento para refrendar. Una cosa es cierta, no debe ser el miedo el que fortalezca la Democracia, ni la paz estar sujeta al temor. No deseo la guerra, al igual que la mayoría de ciudadanos la rechazo; esto es una cuestión de sentido común. Precisamente, y partiendo de esta premisa es que apelo a señalar que no me siento cómodo con la idea de que disentir con el Acuerdo o con el Plebiscito sea una conjura a la guerra. Creo que la campaña para votar el No es totalmente legítima, especialmente si se articula en tres ejes: argumentos, diálogo y respeto.  La oposición es sana, y también necesaria para la democracia.

Por lo mismo me preocupa que, desde el campo de la “opinión”, parece igualarse el No a un guiño con el discurso del Centro Democrático (CD). Esta idea me parece osada, puesto que está sustentada en estereotipos, y de esta forma, con disimulo, genera una aparente distorsión ideológica y obstaculiza la puerta al disenso, aspecto, en cualquier caso, lamentable. Sin embargo, curiosamente el CD parece ser el actor más importante, o por lo menos el más organizado y visible en la arena pública en el ejercicio del disenso. Esto no excluye, por supuesto, el hecho de que hay muchos a los que, sin adherirse a las opciones partidistas, tanto el Acuerdo como el Plebiscito les genera intranquilidad, y tienen todo el derecho de manifestarse a favor o en contra: la Paz se debe garantizar sobre la libertad de conciencia y opinión, y por ende reflejarse en una participación sin coacción.

En relación a los sectores, no necesariamente homogéneos, que van por el Sí, coincido, grosso modo, en las generalidades ya conocidas: el privilegio de un bien mayor sobre un mal menor; como diría en estos días un buen amigo: “prefiero a las FARC dando discurso que dando bala”. Entonces, estoy de acuerdo con el desarme y el cese al fuego, ya que esto supone un hito histórico y una coyuntura interesante para re-pensar el Estado colombiano. Al igual que muchos ciudadanos tengo expectativas en relación a qué puede surgir fruto del Acuerdo, en especial sobre la reforma agraria, la participación en política, y la justicia transicional.

Ahora bien, mis mayores reparos frente al plebiscito recaen en cómo fue formulado, quiénes participaron y quiénes no. En síntesis, mi crítica irá en la dirección no de lo que se hizo (ya que siempre habrá algo valioso en ésto), sino la manera en cómo se hizo (pues excluyó en gran medida la participación directa del constituyente primario). En este orden de ideas, tengo la percepción que las opciones actuales en materia de debate y deliberación para el sufragio responsable y participativo me parecen escasas y excluyentes.

En esta lógica, es desafortunado la exclusión del voto en blanco. Justamente, el maestro Saramago en su Ensayo sobre la Lucidez, ofrece una exquisita reflexión sobre la necesidad e importancia política y social del voto en blanco. El voto en blanco, bajo ciertas condiciones, puede hacer surgir toda la potencia de una democracia. Aunque la historia ha demostrado que el voto en blanco no ha sido representativo en términos electorales, no por esto carece de validez: si se abriera esta “tercera opción” en el plebiscitario, seguramente no sería mayoría; quizás seamos sólo un puñado de hombres y mujeres, no lo sé, pero de serlo, seríamos hombres y mujeres con derecho soberano a exigirlo.

Algunos doctos argumentan, desde la jurisprudencia, que no es necesario incluir el “voto en blanco” en el abanico de opciones del sufragio para el plebiscito. En relación a esta cuestión, quisiera señalar que desde estas posturas, que excluyen el voto en blanco como opción, y consideran que ésto es perfectamente constitucional, mi opinión es que en tales iniciativas se recurre a artificios jurídicos elegantes (como la cuestión de los umbrales aprobatorios y su relación con la pérdida de los efectos jurídicos de la abstención activa) pero poco convincentes, puesto que en últimas ofrecen una alternativa a la coacción del “o es Sí, o es No”.

El voto en blanco es una acción soberana y un símbolo poderoso; es uno de esos dispositivos, políticos y pedagógicos, que permite la participación ciudadana en las decisiones políticas, sin que se fuerce ni someta a la Sociedad Civil a un consenso artificial. El voto en blanco refleja madurez y no cobarde o indiferente abstencionismo. El hecho de que se haya pasado de un mecanismo de “umbral de participación” a un modelo de “umbral aprobatorio”, con lo cual se suprimió la posibilidad de que la abstención activa tenga efectos en el plano electoral, implica repensar cuáles son los mecanismos de participación para ejercer una “abstención consciente”.

Para el caso en cuestión, es la consigna de aquellos que creemos que la paz no debe manosearse y usarse arbitrariamente. Al eliminarlo se legitima la moratoria social dentro de la gestión del actual Gobierno. No era necesario someter a votación el Acuerdo, ya que éste contaba con el beneplácito de la mayoría parlamentaria en coalición con el Gobierno (poniendo en riesgo, entre otras cosas, el balance dentro del sistema de contrapesos entre las ramas de poder). En esta materia, coincido totalmente con Juan Manuel López, cuando concluyó lo siguiente: << El plebiscito no aporta nada al Acuerdo ni es un requisito para su vigencia; en cambio busca legitimar un Gobierno y unos dirigentes hoy bastante desprestigiados, y, como seguramente ganará el Sí los exonera de responsabilidad respecto a no cumplir lo que realmente requiere la paz >>.

Volviendo sobre la idea relativa a los desmanes de un plebiscito contra-reloj, me desanimó que el Presidente haya realizado convocatoria del plebiscito en el tiempo mínimo, cuando tenía la posibilidad de hacerlo hasta 4 meses; aun cuando la diferencia es aparentemente minúscula, no deja de generar ruido que haya realizado la invitación a votar en el tiempo mínimo que le confería la Ley Estatutaria. Si bien en las últimas semanas se han abierto espacios para la socialización de los acuerdos, estos lugares de participación no han tenido el lujo de ser deliberativos sino informativos. Quizás con este plebiscito hubo un problema estructural desde el inicio, ya que el Acuerdo General (2012) que se firmó con las FARC estableció como principio de trabajo que “nada está acordado hasta que todo está acordado”. Justamente, cuando el Presidente invocó esta máxima en 2013, es probable que no estaba intentando salvar los diálogos -que entonces parecían enrarecerse- sino que podría estar anticipándose a un plebiscito express, impregnado de posibles intereses políticos; para nadie es un secreto que el Plebiscito inviste de poderes extraordinarios al ejecutivo, y por lo tanto, es evidente el riesgo que conlleva el que tal magnitud de poder recaiga sobre una sola persona. Esto, aunado al ya debilitado sistema de contrapesos, ausente en nuestro aparato legislativo, abre la posibilidad de evidenciar alertas en nuestro aquejado sistema democrático.

Así se cumple la tragedia: lo que ya está acordado no necesita deliberación; de ahí que el único pronunciamiento que hoy tenemos como Sociedad Civil sea dar un Sí o un No. La falta de matices de esta polarización hace patente la ausencia del voto en blanco. Incluso, apelando a la Acción de Tutela con el fin de garantizar la restauración del derecho a la participación, los tiempos de acción real de este mecanismo, podrían caducar en un momento posterior a la celebración del plebiscito express. No en vano, e invocando a la confianza en las instituciones, al margen de la situación política y el posible traslape de los tiempos, ejercí mi legítimo derecho constitucional de presentar una Acción de Tutela ante el honorable Consejo de Estado, con el fin de salvaguardar mi derecho a participar de las decisiones políticas del país, y en consecuencia solicité la incorporación de la opción del voto en blanco en la tarjeta electoral de las elecciones que convocan el Plebiscito para el próximo 2 de octubre; esperemos a ver que pasa.

El voto en blanco favorece la construcción de tejido social, porque al votar en blanco uno puede manifestarse desde el “Sí, pero...”, el “No, aunque…” y otras combinaciones que divergen del tajante Sí-No. Qué me queda por decir. Ratifico que la paz se construye, que el tejido social se rasga cuando se pierde la deliberación ciudadana en una democracia. Convengo en la necesidad de parar hostilidades y ofrecer un marco de justicia para conseguir la Paz; no me opongo, bajo condiciones razonables, a la participación política de otra facción de poder dentro de la institucionalidad colombiana. Sin embargo, haciendo uso de mis derechos constitucionales clamo por una alternativa diferente de las que se han convenido (Sí-No), con el fin de disentir parcialmente, y de manera consciente, en el modo como se ha venido gestionando el plebiscito. En consecuencia, y en el escenario posible de que no se garantizara este derecho, insto a la dignidad de esas personas que se identifican con esta postura, y les hago un llamado público “desde y hacia” la desobediencia civil, a través de una “abstención consciente”, como la última alternativa de participación para establecer y dar fundamentos a un espacio soberano de resistencia y veto.

* Especialista en gestión regional del desarrollo y magíster en estudios interdisciplinarios sobre desarrollo de la Unviersidad de los Andes. Excandidato al Senado de la República.

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