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Opinión

  • | 2015/07/07 00:43

    “Ahora o nunca: superar el odio y generar confianza"

    El Gobierno, FARC y medios de comunicación requieren replantear con urgencia sus discursos y dar un viraje efectivo a favor de la superación del odio y la construcción de confianza.

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El discurso del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, contra evidencias sólidas que no las mostraban como el principal perpetrador en el conflicto armado, convirtió a las FARC en el “enemigo público número 1” de los colombianos, desarrollando durante sus ocho años de gobierno una sistemática “pedagogía del odio” contra esa organización. Las propias FARC, con sus prácticas de secuestro y extorsión, con sus discursos absurdos durante el proceso de paz de Pastrana en el Caguán (1998-2002), que argumentaban que el secuestro de seres humanos era un “impuesto social” mientras mostraban un arrogante tono militarista, le sirvió en bandeja al candidato y luego presidente Uribe Vélez, la posibilidad de convertirlas en el “monstruo mayor” de la sociedad colombiana.

Desde una potente construcción simbólica que he denominado “nacionalismo antifariano”, Uribe Vélez construyó desde su discurso público, amplificado por los grandes medios electrónicos, una estructura inequitativa de visibilidad de las víctimas del conflicto armado colombiano, que privilegió las víctimas de las FARC y del secuestro guerrillero. Otras víctimas, como las producidas por actores institucionales del Estado (Fuerzas Militares y de Policía), por el paramilitarismo e incluso por el propio secuestro extorsivo de la delincuencia común, no lograron jamás la visibilidad conferida a las víctimas de las FARC. Algunas universidades conservadoras, cercanas al espíritu del uribismo, se prestaron en esos años para visibilizar a través de muy publicitados eventos, un solo tipo de víctimas: las víctimas de las FARC.
 
Traigo a cuenta toda esta historia porque a veces pienso que las FARC no dimensionan toda esta figuración negativa que se ha construido acerca de ellas, producida en buena medida por sus propios abusos, crímenes y violaciones a los derechos humanos, pero también por esa estratégica pedagogía del odio impulsada por Uribe Vélez. Ellas no parecen ser conscientes que para insertarse exitosamente en la sociedad colombiana luego de un eventual acuerdo de paz, van a tener que desarrollar un colosal esfuerzo político y comunicativo, no sólo para remontar esa visibilidad negativa que hoy tienen a nivel de la opinión masiva, sino para poder generar confianza y actitudes de aceptación y de reconocimiento entre los colombianos.

Creo que ese odio hacia las FARC constituye hoy uno de los principales obstáculos subjetivos para el desarrollo exitoso de los diálogos de La Habana.

Tampoco parecen comprender las FARC el peso del uribismo en la opinión y la sociedad colombiana contemporáneas y el papel que ellas mismas juegan, con sus errores y torpezas políticas y militares (su resistencia al reconocimiento de sus víctimas, sus actuales acciones terroristas contra la población civil y el medio ambiente), en darle aire al proyecto militarista y antidemocrático de la ultraderecha colombiana.

La sociedad colombiana, con una histórica tradición de intolerancia tanto desde las derechas como desde las izquierdas, muy asociada a su religiosidad sectaria, como también a la intransigencia cultivada por cincuenta años de conflicto armado en el país, necesita racionalizar y superar ese odio hacia las FARC para poder aclimatar un espíritu de paz y reconciliación. Los medios de comunicación, sobre todo los electrónicos,  también lo reprodujeron y lo siguen reproduciendo acríticamente y han contribuido así a estimular esas definiciones ideológicas pasionales y primarias, despojadas de sustento argumentativo, ponderación y actitud autorreflexiva, que se expresan diariamente en los comentarios a los artículos de opinión de nuestros periódicos.

Mientras muchas de las víctimas del conflicto colombiano, varias de ellas victimizadas por dos y hasta por tres victimarios (como tuvimos ocasión de verlo en los encuentros organizados por Naciones Unidas y la Universidad Nacional en 2014), avanzan con actitud generosa en sus propios duelos, en procesos de comprensión de lo sucedido y de perdón y reconciliación, muchos colombianos urbanos que no han tenido ninguna afectación por la violencia armada y que a menudo se enteran de los hechos del conflicto a través de la radio y la televisión, expresan  más odio e intolerancia que las propias víctimas.

En este punto queremos llamar la atención sobre la responsabilidad de los medios de comunicación en la producción de una información equilibrada y de calidad sobre los diálogos de paz de La Habana y en cuanto al papel que ellos cumplen en la producción de sentimientos y actitudes de los ciudadanos (televidentes, radioescuchas, lectores de prensa, usuarios de medios electrónicos) frente a la paz. A menudo percibimos que muchos de los periodistas que informan sobre el proceso no parecen dimensionar la enorme trascendencia que el actual proceso de diálogos de paz entre el gobierno Santos y  las FARC tiene para el futuro de la nación colombiana, de su democracia, de su desarrollo social, de la modernización y democratización de las zonas rurales, de la superación de la criminalización de los movimientos sociales, de la integración entre el campo y la ciudad, entre otros asuntos cruciales. Varios periodistas, en medio de la polarización reinante, toman partido como cualquier persona del montón, renunciando a sus deberes de producción de una información responsable y equilibrada.

La información televisiva sobre el proceso de paz, sobre todo la de los medios privados comerciales,  es supremamente superficial y fragmentaria y no brinda elementos sólidos de comprensión de los problemas de un proceso de paz pactado en medio de la continuidad de la guerra. Tampoco ofrece elementos de análisis sobre los acuerdos-marco que orientan los diálogos de paz ni sobre los tres años recorridos en las conversaciones de La Habana.
En medio del actual estancamiento del proceso de paz, Gobierno, FARC y grandes medios de comunicación requieren replantear con urgencia sus discursos y sus inercias y dar un viraje efectivo a favor de la superación del odio y  la construcción de confianza. De lo contrario tendremos 10, 15 o 20 años más de guerra, retornaremos al mismo país polarizado, intolerante, violento, injusto y excluyente, que asume la guerra como su  condición natural e insuperable y renuncia de paso a su proyección como una nación democrática, pacífica, moderna e incluyente.

*Director Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales-IEPRI de la Universidad Nacional de Colombia.
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