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Opinión

  • | 2015/08/04 12:57

    “La reincorporación de las FARC: retos a la sociedad y a sí mismas”

    La sociedad colombiana tiene que empezar a pensar en cómo va a contribuir a la reincorporación a la vida social y política de los combatientes de las FARC.

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A veces los medios de comunicación y los periodistas se refieren a la eventual reinserción de guerrilleros de las FARC a la vida civil, como si ello fuera imposible o indeseable, como si fuera la primera vez que esto ocurre en el país. Sin tener que remontarnos a la reinserción de los guerrilleros del Llano durante Rojas Pinilla, hay que recordar que hemos tenido en nuestra historia reciente varias desmovilizaciones de combatientes, relativamente exitosas. Las de los años 90 (el M-19, el Ejército Popular de Liberación EPL, el Partido Revolucionario de los Trabajadores PRT, el Movimiento Armado Indigenista “Quintín Lame”, y la Corriente de Renovación Socialista CRS, disidencia del Ejército de Liberación Nacional ELN) contaron, comparativamente con el actual  ambiente de hostilidad para una eventual reinserción de las FARC, con una atmósfera político-cultural más o menos progresista, al calor del clima de apertura a la diversidad política y al multiculturalismo de la Constitución de 1991.

El M-19, con su reivindicación histórica y su opción estratégica -y no solamente táctica-, por la democracia, con su expresión de los intereses y anhelos de las capas medias urbanas y su discurso colombianista del “sancocho nacional” propuesto en su momento por Jaime Bateman, le apostó a la política electoral con una lista amplia de personalidades liberales, conservadoras, de izquierda e independientes, que a través de la Alianza Democrática M-19 (AD-M-19) logró 900.000 votos (la tercera parte de la votación) en las elecciones a la  Asamblea Nacional Constituyente de 1990-91. Antonio Navarro Wolf, quien mantuvo la convicción de paz del M-19 luego del asesinato del jefe máximo Carlos Pizarro Leongómez, encabezó junto al liberal Horacio Serpa y al conservador Álvaro Gómez, el triunvirato que presidió esa Asamblea Nacional Constituyente.

Los combatientes del “Quintín Lame”, movimiento armado indigenista, proveniente del ámbito comunitario nasa o páez, se reincorporaron a la vida comunitaria en sus municipios y veredas del Cauca, constituyendo, según el profesor Ricardo Peñaranda, estudioso de la reincorporación de esta guerrilla, tal vez el proceso de reinserción más exitoso de los que hemos vivido en el país.

El maoísta EPL (ya con un maoísmo anacrónico y bastante diluido) se desmovilizó también a comienzos de los 90, enfrentando en Urabá sus ex combatientes la persecución por parte de las FARC que los acusaban de “traidores a la revolución” y los nombraban despectivamente como “esperanzados” o “esperanceros”, refiriéndose con ironía al nombre adoptado por el movimiento político en que se transformó el EPL, denominado “Esperanza, Paz y Libertad”. Si bien varios ex combatientes del EPL en Urabá y Córdoba van a ser cooptados por el paramilitarismo, y en Norte de Santander se mantendrá hasta nuestros días una pequeña disidencia, al frente del jefe guerrillero “Megateo”, más de dos mil hombres se desmovilizaron entre 1990 y 1991. Dos miembros del EPL incluso hicieron parte de la Constituyente.

Como evaluador de la reincorporación a la vida civil del Ejército Popular de Liberación EPL, conjuntamente con el escritor Arturo Alape y la fundación “Progresar”, a través de decenas de entrevistas e historias de vida, realizadas en los propios campamentos durante la desmovilización y con posterioridad a ella, puedo decir que éstos son procesos muy complejos a nivel grupal y personal. Con una reincorporación a la vida civil de un grupo político-militar casi que se rompe necesariamente, la unidad del grupo, las solidaridades internas. Las personas salen del grupo guerrillero, que era en muchos casos prácticamente su familia, a vivir una vida de individuos que tienen que recuperar o construir sus lazos familiares, armar una relación de pareja que la vida en el monte muchas veces no les permitió fundar, y en contravía del nomadismo de la vida guerrillera, empezar en escenarios urbanos muchas veces desconocidos, una serie de rutinas y de trámites institucionales que también desconocen, como obtener una cédula de ciudadanía o una afiliación a una prestadora de salud, y una experiencia de vida no solamente inédita, sino muchas veces hostil por la ausencia de redes de apoyo en la ciudad. Al salir a la vida civil y reencontrarse con familiares y amigos, muchos ex combatientes comienzan a experimentar cambios sustanciales en sus valores políticos. En algunos casos hay distanciamientos fuertes frente al pasado guerrillero, relecturas y replanteamientos personales de fondo frente a decisiones y procedimientos autoritarios vividos dentro de sus organizaciones guerrilleras, procesos de recuperación de la individualidad menoscabada muchas veces por la subordinación a las órdenes y a las jerarquías dentro de la organización armada, y también, hay que reconocerlo, procesos muy interesantes y valiosos de reconstrucción o de construcción de sí mismos como sujetos de una nueva cultura democrática.

Muchos ex combatientes tienen problemas serios en las relaciones interpersonales al intentar resolver situaciones cotidianas de conflicto a través de la imposición o de la fuerza. Algunos experimentan inicialmente situaciones de inseguridad personal, debido a la ausencia del arma que en la vida guerrillera era prácticamente una prótesis y que les daba mando y poder sobre poblaciones y territorios.  La reinserción por lo tanto no es para nada fácil ni una experiencia color de rosa. Y nótese que no hemos mencionado los problemas de obtención de empleo y de encuentro de una vocación laboral luego de dejar las armas.

Si bien seguramente las FARC van a intentar un modelo más colectivo de reincorporación a la vida civil, y una inserción más orientada a zonas campesinas en las regiones históricas donde han tenido una presencia más societal y menos militarista, no es menos cierto que muchos de los problemas y transformaciones a nivel de la cultura política grupal e individual que acabo de nombrar, van a ser también experimentados por las FARC, cuando salgan de la “familia guerrillera” y se reincorporen a la vida civil.

Comparativamente con eso que nombrábamos arriba en el caso del M-19 como una opción estratégica por la democracia (como un valor en sí mismo y una forma de vida colectiva) o con su reivindicación de las clases medias, ¿en dónde estarían los activos políticos del movimiento que surja de la reincorporación a la vida civil de las FARC? Seguramente en la reivindicación del campesinado y de los colonos descuajadores de monte y abridores de fronteras agrícolas, absolutamente descuidados por los grupos dirigentes del país en unas zonas eufemísticamente denominadas durante muchas décadas “territorios nacionales”, donde el Estado ha brillado por su ausencia y ha sido reemplazado por el narco, la guerrilla o los paramilitares. En esas zonas campesinas que tampoco han existido ni existen hoy para nuestros grandes medios de comunicación, que a menudo hacen encuestas “nacionales” con muestras centradas exclusivamente en las capitales departamentales y que nada nos dicen sobre los anhelos y angustias de la vida rural y veredal, es probable que las FARC puedan aspirar a construir una representación política de esas poblaciones.

Construir esa representación no va a ser una tarea fácil. Frente a esa atmósfera progresista de comienzos de los 90 que rememorábamos arriba, la sociedad colombiana de hoy es una sociedad derechizada por los ocho años de gobierno de Uribe Vélez, pero también por los delitos, abusos y excesos de las propias FARC que le facilitaron al presidente Uribe esa obra de derechización de la sociedad.

A propósito de las recientes sugerencias del presidente Santos al periodismo y  los medios, de transformar el discurso adjetivado y de odio frente a esa organización armada,  las FARC tendrían que hacer también un trabajo discursivo para transformar el odio de muchos sectores de la sociedad hacia ellas, y para granjearse alguna respetabilidad y algún apoyo de los colombianos a nivel de la opinión pública urbana. Ellas tendrían que hacer actos simbólicamente fuertes y decir discursos más audaces que le expresen de manera contundente al país su voluntad de paz y que fortalezcan una confianza en los diálogos de La Habana, que hoy día los colombianos no tienen, no sólo por el impacto de la descalificación diaria del proceso por el senador Uribe, el procurador Ordóñez y los sectores que desean la continuidad de la guerra,  sino por la poca actitud autocrítica de las FARC con respecto a sus responsabilidades por la violencia y la crisis humanitaria, y la aún muy incipiente  expresión de un deseo genuino de transformar su cultura política para su propio bien y el del país, que sus voceros dejan ver en sus discursos públicos.

*Historiador. Ph.D en Literatura Latinoamericana y Estudios Culturales Universidad de Pittsburgh, Pennsylvania. Director Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales - IEPRI de la Universidad Nacional de Colombia.
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