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Opinión

  • | 2015/06/26 15:24

    Santos, las FARC y la pedagogía de la paz

    El discurso público de Santos sobre la paz requiere menos ambigüedad, mayor convicción y menos concesiones al uribismo y a la derecha civil y militar.

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El nombramiento de Luis Carlos Villegas como nuevo ministro de Defensa en un momento de deterioro de la confianza entre las partes en la mesa de La Habana debido al escalamiento de la confrontación militar, podría contribuir a una política gubernamental de comunicación de la paz menos ambivalente.

Varios analistas llamaron la atención a lo largo de estos casi tres años de diálogos de paz, sobre cómo la comunicación del ministro Juan Carlos Pinzón parecía orientada a darle contentillo a la oposición de derecha y específicamente al uribismo. Si bien tal ambigüedad  (un discurso presidencial  y de los negociadores gubernamentales favorable a la paz, que reconoce el carácter político del interlocutor guerrillero y un discurso del ministro de la Defensa nombrándolos  “narcoterroristas”, “bandidos” y hasta “ratas humanas”), podría justificarse parcialmente por la profunda derechización de la opinión legada por los ocho años de gobierno de Uribe Vélez, es evidente que esa comunicación en doble canal y de doble significado, envía señales equívocas y contradictorias a la opinión pública que no sólo no ayudan a crear un respaldo masivo al proceso, sino que además lo desprestigian y lo deslegitiman. Ese discurso descalificatorio acerca de la guerrilla afecta también la creación de un clima de confianza mutua en la mesa de diálogo, ingrediente básico para ir logrando acuerdos sostenibles.

El discurso público de Santos sobre la paz requiere menos ambigüedad, mayor convicción y menos concesiones al uribismo y a la derecha civil y militar. Sin embargo, del discurso de Uribe Vélez  y de su comunicación reiterativa, Santos podría aprender  la coherencia y la persistencia que mostró aquel  presidente vendiendo  sus “tres huevitos”.   

Es claro que Santos no es Mockus, ni tampoco Belisario Betancur, de quien recordamos cómo “entraba” a los hogares con su discurso de paz como un convidado más, a través de sus pedagógicas alocuciones televisadas. No obstante, el presidente tendría que empezar a asumirse como parte importante de una necesaria pedagogía para la paz. Y en este punto es bueno recordar que liderar la paz en Colombia requiere valor, persistencia y tenacidad frente a sectores guerreristas de derecha y de izquierda, a los que en cierto sentido no les conviene ni la paz ni la verdad, y frente a una población urbana indiferente y mal informada, que ha naturalizado la guerra y no logra imaginar un futuro colectivo pacífico y diferente del terco presente violento. Mi memoria visual recuerda  cómo al propio Belisario, de manera similar a como hoy se le endilga a Juan Manuel Santos, desde la mitomanía de la derecha,  la supuesta entrega del país al “castrochavismo”, le llenaron a mediados de los ochenta muchas paredes de la capital con grafitis que decían “Belisario entregó el país al comunismo”.

Habría que recordarles a los negociadores de la guerrilla en La Habana que la pedagogía de la paz les compete también a las FARC. Si bien entendemos la necesidad en la actual coyuntura, de mostrar fortaleza militar luego de los bombardeos y de la muerte de decenas de sus hombres por parte de las fuerzas militares, el derrame del crudo de los camiones en el Putumayo contaminando las tierras y las aguas, así como la voladura de acueductos y torres eléctricas que afectan básicamente a aquellos por los que dicen luchar, los presentan ante el mundo como unos bárbaros insensibles ante la cuestión medioambiental y con un ideario social poco creíble, enlodado por la propia acción terrorista.

Las conversaciones de La Habana nos han mostrado, a diferencia de la inflación ideológica y la soberbia militarista de los comandantes guerrilleros en el Caguán entre 1999 y 2002, avances importantes en la actitud de los negociadores de las FARC, ahora más dispuestos a estudiar y  aprender  y  a modernizar su percepción de la sociedad colombiana y del mundo. El excelente reportaje de Marta Ruiz “Vidas paralelas”, en la última edición impresa de Semana, dedicado al desminado conjunto entre las FARC y el gobierno Santos y la colaboración en esa tarea entre el líder guerrillero Pastor Alape y el general en retiro Rafael Colón, permite ver no sólo la importancia simbólica y práctica de este acuerdo para el proceso de paz, sino una indudable apertura mental y una vocación autocrítica de parte del líder guerrillero.
Hay evidencias también de que los voceros guerrilleros en La Habana han venido descubriendo la  comunicación y la opinión pública, hecho muy positivo para los diálogos de paz que contrasta de manera paradójica con la torpeza política de las recientes acciones militares de sus frentes en las regiones.    

El actual deterioro de la confianza en la mesa de La Habana tiene que revertirse. Desde el lado gubernamental, se requieren garantías sólidas de seguridad para la incorporación de las FARC -y ojalá del ELN- a la vida civil, para que no se repita la historia de la Unión Patriótica; avanzar en el combate efectivo y el desmantelamiento de las BACRIM y los neoparamilitares;  promover una política de desarrollo rural democrático que le imprima un contenido social auténtico del cual carece hoy el proceso de paz con las FARC, que pueda saldar la deuda histórica que la clase dirigente colombiana tiene con la Colombia rural y con el campesinado.

El discurso gubernamental y el discurso de las FARC deberán hacer un aporte no menos importante que las políticas mencionadas en la construcción de unos climas de tolerancia y reconciliación que nos ayuden a superar el odio y la intolerancia que hoy desgarran a la sociedad colombiana.

*Director Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales  -IEPRI de la Universidad Nacional de Colombia.
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