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Opinión

  • | 2015/07/14 09:35

    “Vox Populista”: lecciones para Colombia

    No puede haber democracias de voces ciudadanas cuando los intereses mercantiles gozan de enorme poder.

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Silvio Waisbord, sociólogo argentino, profesor de Georgetown University, publica en 2013 su libro Vox Populista. Medios, periodismo, democracia, una aproximación inteligente y equilibrada a las políticas comunicativas de los neopopulismos latinoamericanos (Cristina, Correa, Chávez, Evo). Es importante comentar algunas tesis de Waisbord, sobre la concepción y las políticas populistas de comunicación que nuestros medios masivos privados, desde una perspectiva comprensible aunque simplista y defensiva,  reducen a “leyes mordaza”. El analista argentino será ponente central en el XV Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social, FELAFACS, que se desarrollará en Medellín del 5 al 7 de octubre de 2015, organizado por la Universidad de Antioquia.

Uno de los distanciamientos más fuertes de Waisbord es con el modelo de división de la sociedad en “Pueblo” y “Anti-Pueblo”, operado por el discurso neopopulista: “Mi argumento consiste en que el populismo ofrece una visión estatista de los sistemas de medios destinada a fortalecer el poder comunicacional de la presidencia y fundada en la lógica de “amigo/enemigo” como principio organizador”. En esta lógica bipolar los medios y el periodismo no son concebidos en su deber ser, a la manera de la visión liberal o socio-cultural, como un campo autónomo, dotado de criterios profesionales, con distanciamientos críticos frente al Estado y el Mercado, sino como una esfera atravesada y alineada por intereses y por la conflictividad política y social. Anota Waisbord que desde tal perspectiva, “el mercado y la sociedad civil son vistos como simples opositores o aliados del gobierno”. Una crítica sustantiva de Waisbord al modelo populista tiene que ver con cómo en esa visión polarizante de la sociedad, los medios y el periodismo, desaparecen una amplia gama de ciudadanías con sus demandas sociales y culturales diferenciadas que quedan subsumidas en la confrontación “Pueblo”-“Anti-Pueblo”.  Aunque Waisbord no aborda los populismos de derechas, y solo alude tangencialmente a los populismos europeos del tipo Berlusconi con sus políticas racistas y excluyentes, para países en donde vivimos recientemente formas de asunción de la política desde el ejecutivo en términos de “amigo-enemigo”, como las que experimentamos bajo el uribismo (si no eras uribista o si eras crítico del poder eras “fariano” o “apátrida”), son perfectamente claros los costos de la imposición de esas visiones bipolares en términos de familias fraccionadas, amistades destruidas o distanciadas, un debate público altamente ideologizado, y sociedades divididas, con medios de comunicación alineados, cada uno hablando de un país distinto.

Hay una amplia crítica en Vox Populista al verticalismo presidencialista y al poco respeto de los líderes neopopulistas por la crítica del poder político. Debo decir que a nivel personal me impresiona la agresividad con la que de entrada el presidente Rafael Correa aborda a periodistas de CNN o de medios no oficialistas que intentan entrevistarlo.  La  intolerancia del mandatario ecuatoriano frente al caricaturismo me parece expresiva además de un indudable talante autoritario: la caricatura, la ironía frente al poder, aún con sus excesos,  es sólo una pequeña parte del necesario contrapeso que el enorme poder simbólico y retórico de la palabra presidencial debe tener en una democracia.

Pero Waisbord no se queda solo en la crítica de los aspectos más problemáticos de la comunicación  neopopulista. Destaca al mismo tiempo, de manera objetiva, los logros de su política comunicacional: “El principal acierto del diagnóstico populista es colocar el tema de la propiedad de los medios en el debate público. (…)  Al convertir la propiedad de los medios en cuestión de debate y agenda política, el populismo rompe un pacto de silencio sobre la economía política de los medios. (…) Al poner la cuestión de la propiedad y los intereses cruzados entre empresas periodísticas y corporaciones económicas en la discusión pública, el populismo contribuye a ampliar el debate”.

Otro de los reconocimientos que Waisbord le hace a los neopopulismos no es menos significativo: “El presidencialismo mediático del populismo representa una pluralización de marcos informativos. Su principal contribución es ensanchar los límites de temas y perspectivas en la esfera mediática. (…)  Basta con mencionar que su posición sobre derechos humanos, multiculturalismo, pobreza, el rol del Estado en la economía, capitalismo, globalización y otras cuestiones difiere notablemente del de otras fuerzas políticas (…) de las de gobiernos conservadores. Si bien su hibridez ideológica y política torna difícil identificarlo de un modo nítido con posturas tradicionalmente progresistas, el discurso presidencial populista eleva el perfil noticioso de temas sociales y económicos importantes”.

Dos ideas finales derivadas del análisis de Waisbord, pueden darnos pistas hacia una respuesta creativa y de altura desde nuestros medios públicos y privados a los retos de la justicia transicional, de la Comisión de la Verdad y del manejo informativo y narrativo del posconflicto en Colombia. La una tendría que ver con cómo toda la riqueza sobre el deber ser y las posibilidades de los medios  públicos tendría que conducirnos a que éstos jueguen un papel clave en estos procesos.

La segunda idea es la crítica a la precaria contribución del sistema privado de medios a la promoción de la ciudadanía, tema sobre el cual hay que abrir en Colombia un gran debate público. Waisbord cuestiona ciertas lógicas del liberalismo económico que van en contravía del pensamiento liberal progresista sobre la comunicación: “el populismo sostiene con justicia que la posición liberal ignora que la estructura del mercado es responsable por inequidades comunicativas en la esfera pública. No puede haber democracias de voces ciudadanas cuando los intereses mercantiles gozan de enorme poder. Empresas con intereses económicos cruzados y agendas de negocios operan como filtros institucionales de ideas, perspectivas y voces. El predominio de la lógica comercial recorta espacios para la deliberación y la información, pues deja fuera perspectivas que cuestionan intereses editoriales e industriales o temas que no producen rédito”. Estos argumentos nos ayudan a entender la ausencia hoy en la televisión privada colombiana (con muy pocas excepciones) de programas de opinión sólidos, auténticamente pluralistas, que nos ayuden a entender no sólo los problemas del conflicto colombiano, sino las realidades latinoamericanas y globales, temas sociales claves del vecindario, como por ejemplo, las políticas públicas que permitieron al presidente Lula sacar a más de 20 millones de brasileños de la pobreza y constituir la nueva clase “C”.

También nos permiten entender el comercialismo ramplón y el amarillismo de los noticieros televisivos del sector privado, carentes de una agenda sólida para cualificar el cubrimiento del actual proceso de paz y para ayudarle a los colombianos que no leen prensa y revistas semanales, a comprender no sólo la enorme complejidad de nuestro conflicto, de nuestra crisis humanitaria y de la construcción de una solución negociada en Colombia, sino también todo lo que está en juego para el futuro del país en el actual proceso de paz.

*Director Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales  -IEPRI de la Universidad Nacional de Colombia.
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