Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2010/09/04 00:00

    Fallo salomónico

    No es porque sean tradicionales que los toros son dignos de ser defendidos de los prohibicionistas. Es porque son un arte hecho y derecho, una fiesta, y un rito.

COMPARTIR

En su fallo, o más bien en su anuncio de fallo sobre las corridas de toros, el coleo y las riñas de gallos, la Corte Constitucional quiso quedar bien a la vez con todo el mundo: con los aficionados a esas fiestas y quienes viven de ellas, y con los amigos de prohibir las fiestas ajenas. El resultado recuerda la famosa anécdota del rey Salomón mandando partir a un niño en dos (¿a lo largo?, ¿a lo ancho?) para dejar contentas a la vez a sus dos presuntas madres. Que sí, dijo la Corte, pero que no.

La Corte autoriza los toros -y los demás espectáculos- en tanto que "expresiones culturales". Pero "aplica restricciones", como dicen anglicadamente y a toda velocidad los anuncios de falsas gangas en la radio. Así, sólo pueden darse en los municipios en donde "exista una tradición regular, periódica e ininterrumpida". La tradición es el peor de los motivos para justificar un acto, cualquiera que sea, festivo o no: la Navidad o la lapidación de la mujer adúltera, para no salirnos de los ejemplos de la Historia Sagrada. En la misma línea populista sostenía el otro día en un programa de televisión el senador liberal prohibicionista Camilo Sánchez la tesis de que las riñas de gallos eran "más autóctonas" que las corridas de toros, ignorando tal vez que gallos y gallinas llegaron a América, como vacas y toros, con los españoles; o tal vez confundiendo lo "autóctono" con lo "popular" por suponer, en su frenesí demagógico, que los galleros son una clase social inferior a la de los ganaderos de bravo.

No es porque sean tradicionales que los toros son dignos de ser defendidos de los prohibicionistas. Es porque son un arte hecho y derecho, además de una fiesta, y un rito, y un sacrificio, suficientes en sus propios términos, en su propio sentido, que no necesitan apoyarse en la muleta de la tradición, como en una prótesis. Es porque son un arte que deben ser defendidos de la estirpe maligna, tradicional ella también, de los iconoclastas.

La Corte añade a su fallo una tontería: la de que sólo pueden darse toros -o gallos, etcétera- en las fechas habituales. En este país en donde todas las fiestas civiles o religiosas han sido trasladadas al lunes siguiente al día en que tradicionalmente se celebraban, y donde en consecuencia han sido eliminadas de un tajo todas las tradiciones, eso no tiene sentido.

O significa solamente que las ferias y fiestas no deben celebrarse nunca.

Otra restricción más que la Corte dispone, y sin duda la más absurda, es la de que los espectáculos de que venimos hablando se pueden dar, sí, pero "siempre y cuando se empiecen a eliminar en ellos las conductas crueles". ¿Y eso cómo se hace? Para que sea menos cruento el encuentro entre dos gallos de pelea ¿hay que amputarles previamente el pico y las espuelas, para que con los muñones se hagan menos daño? Con el coleo no me meto: es brutal, sin duda, pero no me parece que sea cruel ni para los novillos ni para los caballos. También el toreo es brutal, a la vez que exquisitamente refinado, y sangriento, desde luego, y en fin de cuentas mortal para el toro bravo (y a veces, aunque pocas, también para el torero). Pero no es cruel, aunque sea violenta, la puya del picador, que es un arma de combate; ni es cruel la burla de la muleta, que es un instrumento de arte. Lo que la Corte Constitucional propone, en su sabiduría, es que se mate a los toros despacito, para que les duela menos. Y es exactamente eso lo que está haciendo ella con la fiesta de los toros, y con el deporte del coleo, y con el juego de los gallos: eliminarlos poco a poco, para que no nos demos cuenta.

En sus recién publicadas memorias -tomo la cita de los comentarios de la prensa inglesa- dice el ex primer ministro Tony Blair con orgullo hablando de la Ley de Cacerías (Hunting Act) que hizo aprobar su gobierno en el año 2004, y que ostensiblemente tenía por objeto prohibir la cacería de zorros en Inglaterra (aunque no en Escocia ni en Irlanda): fue "una magistral solución de compromiso a la manera británica" que permitió que se siguieran cazando zorros con perros y caballos "con tal de que se tomaran ciertas precauciones para evitar la crueldad en el momento de matar al zorro".

Añade Blair que el príncipe Carlos le hizo la apuesta de que se seguirían cazando zorros en Inglaterra mucho después de que él hubiera salido del cargo de Primer Ministro. Y le ganó la apuesta.

Añado yo que si se hubiera cumplido el fallo del sabio rey Salomón, el niño hubiera muerto.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.