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Opinión

  • | 2017/06/24 10:03

    Cuando prevalecía el honor

    La frase de Francisco I, “todo se ha perdido menos el honor” debía ser recordada ahora en los que el honor, la pasión y el entusiasmo para el logro de las metas, sin esperar contraprestación, son relegados por la palanca y la figuración personal.

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Cuando el siglo XVI en la batalla de Pavía, el rey de Francia, Francisco I fue derrotado, tomado prisionero y conducido a Madrid por las tropas de Carlos V, escribió la emblemática frase “todo se ha perdido menos el honor”.

Hace 30 años la opinión pública norteamericana quedó conmocionada, cuando el comandante de la marina de guerra, el carismático almirante Jeremy Boorda, en un dramático episodio, se suicidó con el disparo de una pistola calibre 38 en el corazón.

El almirante Boorda era el primer oficial que, habiendo ingresado como simple marinero y desempeñado todos los cargos en la marina, alcanzaba esa posición, llenando de orgullo a miles de miembros de las fuerzas armadas.

El motivo de tan fatal determinación fue que un periodista de la revista Newsweek, le había seguido los pasos para publicar un artículo. Durante sus investigaciones verificó que entre las numerosas condecoraciones que lucía el almirante, en dos de ellas, que le habían sido otorgadas por acciones de combate a bordo de los buques USS Broke y USS Craig durante la guerra de Vietnam, aparecían superpuestas las letras “V” que, para portarlas, se requería que hubiera mediado una citación especial por “valor en combate”, de la que Boorda no había sido objeto.

Antes de publicar el artículo, el periodista le solicitó una entrevista para aclarar el caso de las “V”. El almirante le dio la cita, pero minutos antes se suicidó, conmocionando desde el presidente Clinton hasta el último marinero norteamericano.

Boorda dejó dos cartas, una para su esposa e hijos y otra para sus comandantes y compañeros, en las que, afirmaba que agobiado por el hecho que consideraba como “un error honesto” para motivar a sus subordinados, por honor prefería quitarse la vida, antes de que el hecho saliera a la publicidad.

En Colombia hubo un caso que denota también el sentido del honor y de la fidelidad con las convicciones. El presidente Marco Fidel Suárez, renunció a su cargo para asegurar la aprobación por el congreso del tratado Urrutia-Thomson firmado con los Estados Unidos en 1914.

El tratado afanosamente negociado durante ocho años, no solamente era la más acertada y única opción posible después de la irreversible separación de Panamá, sino que la indemnización que el gobierno norteamericano pagaría, sería providencial para la maltrecha economía colombiana. Sin embargo, los enemigos de Suárez lo pusieron en el absurdo dilema de que, aprobarían el tratado sólo si renunciaba a la presidencia. No dudó y prefirió sacrificar su imagen, los logros internacionales que había alcanzado y su proyección futura en beneficio de la patria que, sin embargo, le dio la espalda. El tratado entró en vigor en 1922.

Son muchos los que, en nuestro país, discretamente hacen su trabajo sin esperar retribución distinta a su propia satisfacción, sin embargo, otros se dedican a lograr figuración y prebendas. En lo posible, adornadas con pomposos títulos de universidades extranjeras, que se han constituido en el pasaporte indispensable para conseguir un empleo por modesto que sea, eso sí, mediando de todas maneras la palanca y las influencias, aunque los interesados no sepan qué es el honor, no tengan idea donde queda el río Patía, el municipio de Juradó que Panamá pretendió hasta 1922 y, mucho menos, quien fue Marco Fidel Suárez…eso ahora es lo de menos.

(*) Profesor de la facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario

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