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Opinión

  • | 2012/04/14 00:00

    Faltó el apoyo de mi país

    Es este rasgo nacional el que llevó a Simón Bolívar a decir que “cada colombiano es un país enemigo”. Y a Cochise a pronunciar algo más coloquial: “En Colombia se muere más gente de envidia que de cáncer”.

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Pelamos el cobre frente a las aspiraciones de Angelino Garzón a dirigir la Organización Internacional del Trabajo y de José Antonio Ocampo a orientar el Banco Mundial. Con el fin de echar al suelo la candidatura del vicepresidente, una delegación de sindicalistas y militantes de izquierda, encabezada por el senador del Polo Democrático Alexander López, visitó varios países para hablar mal de Garzón y de sus pretensiones. Para cortar el vuelo de Ocampo, el gobierno colombiano se atrevió a señalar abiertamente el desacuerdo con su postulación.

Se nos salió uno de los peores rasgos nacionales: la vocación fratricida. No encuentro otra explicación para estas actitudes. Garzón es, sin duda, un hombre controversial. Mucha gente cree que le ha hecho demasiadas concesiones al establecimiento económico y político para llegar a la alta dignidad que ocupa. Otros le atribuyen su ascenso político a la imperiosa necesidad que tenían las élites de abrirles paso a personas venidas de abajo, con visiones de izquierda y con un compromiso indiscutible con los sectores más desfavorecidos, para ampliar un poco la democracia, para amainar la exclusión afrentosa de nuestra vida política.

Pero sea una u otra la interpretación del éxito de Garzón no veo razón alguna para que un sector de la izquierda dedique tiempo y recursos en una campaña en su contra. Es difícil que otro candidato tenga tantos méritos como él. Conoce al dedillo el mundo sindical y los problemas laborales, como quiera que se formó en las filas obreras y en el fragor de las protestas contra la inequidad social. Conoce el ámbito empresarial dado el roce que ha tenido en los últimos años con este sector desde sus funciones de ministro o de gobernante regional. Sabe de las instituciones nacionales e internacionales del trabajo porque las ha trasegado como funcionario o como contraparte en su ya larga historia de negociador.

Pero su casa ha sido la izquierda y sus hermanos no toleran que haya tomado alguna distancia de sus ideas y conquistado un éxito individual que le ha sido esquivo a los colectivos en que ha militado. Lo mismo ocurrió con Ocampo. Es, de lejos, el economista más reconocido del país y le ha prestado un gran servicio a la nación como ministro o como funcionario de alto nivel. Director de la Comisión Económica para América Latina, subsecretario para asuntos económicos de las Naciones Unidas. Tenía todos los méritos para disputar el cargo. Lo apoyaban intelectuales de gran prestigio y algunos gobiernos que consideran que ha llegado la hora de ensayar otras manos para orientar la economía internacional.

Es de los nuestros, es del corazón, pero es un hombre independiente, con criterio propio, que en el momento no obedece a directrices de un grupo o partido político local y no participa de esta o aquella controversia nacional. Es un hermano en lejanías. Esas cosas no gustan, o mejor, no eran méritos suficientes para inducir al presidente Santos y al gobierno a hacer a un lado cálculos enrevesados –como aquel de que se podía perjudicar la candidatura de Garzón a la OIT– para apoyar generosamente la quijotesca aspiración de conducir los destinos económicos del mundo viniendo de un país periférico. El comunicado de renuncia a su postulación duele: “Estoy en clara desventaja por la falta de apoyo del gobierno de mi país”.

Mirando estas actitudes, me acordé de un episodio deportivo de hace mucho tiempo. Corría el año 1972 y Cochise Rodríguez, el más grande de los ciclistas colombianos, aspiraba correr y ganar una medalla olímpica en su especialidad y en su condición de amateur, pero el tribunal olímpico lo declaró profesional y con ello frustró su sueño. Dijeron en esos días que detrás de este fallo estuvo la acción de algún colombiano y yo lo creo.

Es este rasgo nacional el que llevó a Simón Bolívar a decir que “cada colombiano es un país enemigo”. Y a Cochise a pronunciar algo más coloquial y picante: “En Colombia se muere más gente de envidia que de cáncer”. Es un rasgo innoble que ha aportado bastante a la violencia del país.
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