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Opinión

  • | 2015/01/09 16:30

    Fanatismo y paz

    Es necesario alejarse de posiciones extremas que tan solo añaden más dolores al que los hombres han conseguido, por su torpeza y egoísmo, sembrar a su alrededor.

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Los habitantes del mundo entero en los últimos años, por cuenta de los medios de comunicación y las redes sociales, han observado imágenes de terror y violencia que provienen de diferentes lugares del orbe.

Lo cotidiano de estas acciones ha llevado a que las mismas agoten la capacidad de asombro, mucho más en países como el nuestro, en los que la tragedia que impone la violencia ha sido recurrente.

Más allá de esta cruda adaptación al dolor y a la crueldad extrema, es necesario desarrollar una reflexión frente a esa masificación de la muerte a la que está sometida hoy la humanidad.

Como ejemplo de desprecio frente al valor de la vida, observamos el último atentado en París -aunque en Colombia los ha habido mucho peores- donde murieron personas inocentes en nombre de una creencia, algo tan absurdo como a la vez incomprensible.

Cualquier religión supone tranquilidad del espíritu, pues ella, sin importar su origen, rige la conducta sin enfrentar unas libertades a otras y busca exaltar los valores humanos del hombre.

Algunos "encapotados" musulmanes que penan con la muerte a escritores, actores y caricaturistas, entre otros, han olvidado que en el Corán se lee: "Quien hace reír a sus compañeros merece el paraíso".

El fanatismo religioso o político, tan en boga hoy en día, es responsable de la angustia, de la sombría sensación de culpabilidad que destroza tanto ser humano. El fanatismo es la ceguera de los que se toman rotundamente en serio a sí mismos y a sus opiniones, pues se consideran en posesión de la verdad y tornan sus creencias propias en doctrinas fijas e inamovibles.

Por estas razones es necesario alejarse de posiciones extremas que tan solo añaden más dolores al que los hombres han conseguido, por su torpeza y egoísmo, sembrar a su alrededor.

Es necesario entender que lo que gobierna la vida es el amor, el deseo de la felicidad. Y la gobierna con más acierto que los dogmas o las posiciones irreconciliables en cuyo nombre se ha matado tanto y se matará aún más. De ahí la necesidad de trabajar en la construcción de la paz, una paz que sea un estado de ánimo colectivo que se edifique sobre la justicia. Pero también sobre la comprensión, la solidaridad y la generosidad.

Bien comentaba Antonio Gala, novelista y dramaturgo español, que "cualquier guerra es la consecuencia visible de un desastre interior, ya en los individuos, ya en los pueblos". Por eso se decía cuando todo tenía más sentido, que sólo los pacíficos -no quienes quieren la paz, sino los que la construyen- son hijos del Altísimo, del Creador, cualquiera sea su nombre.

La humanidad esa de la cual todos hacemos parte debe continuar insistiendo en el más antiguo de los sueños del hombre: la paz. Ojalá, y en lo posible, sin que despertemos de ese sueño cada mañana para encontrar sangre a nuestro alrededor.
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