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Opinión

  • | 2012/01/19 00:00

    FARC: ¿Cuál es el objetivo?

    En un país que ha vivido décadas de desangre, una negociación de paz debería ser buena noticia.

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Parte de los elementos ya los conocemos todos: “Timochenko” envía una carta al presidente Santos proponiendo retomar negociaciones de paz, a partir de la agenda del proceso que se dio durante el gobierno del presidente Pastrana. El presidente contesta que las FARC deben olvidarse de un nuevo Caguán, el expresidente Pastrana sugiere que las conversaciones se hagan “afuero y en secreto”. Colombianos y Colombianas por la Paz propone una “tregua bilateral” como requisito para comenzar aproximaciones. Y muchos, incluido por supuesto Álvaro Uribe, se indignan ante la sola posibilidad de una nueva negociación con las FARC.

En un país que ha vivido décadas de desangre, una negociación de paz debería ser buena noticia. Una amiga –y más llamativo, una amiga militar- me hablaba hace unos días de lo importante que sería no sólo para detener las muertes, sino para permitirle al Estado ocuparse de otros problemas no menos importantes que la “guerra”: la educación, la salud, la pobreza. El efecto simbólico sería inmenso: aún si muchos exguerrilleros vuelven a las armas luego, la desaparición de las siglas FARC enviaría un mensaje de fortaleza del Estado, de fin de una era, dejaría sin argumentos a muchos simpatizantes de las guerrillas en el exterior y fortalecería la imagen del país.

Hasta ahora, los argumentos en contra que he conocido tienen que ver con la experiencia anterior: con los secuestros y robos de propiedades en El Caguán. Pero eso se evita negociando en el exterior. Con el protagonismo de las FARC y la desmoralización consiguiente de las tropas. Pero eso se evita negociando en secreto. Con el detestable paralelismo entre una guerrilla que negociaba y presentaba propuestas en las mañanas y esa misma guerrilla atacando poblaciones y realizando secuestros masivos en las noches. Pero eso se resuelve decretando un “cese al fuego” antes de comenzar a negociar, o no comenzando a negociar hasta que se haya producido un gesto claro de las FARC, como la liberación no de seis, sino de todos los militares y policías que aún mantienen secuestrados, como ya se ha pedido.

Hay al menos otras tres razones para ser cautelosos: Una. No sólo está el Caguán. ¿Por qué no se llegó a nada en 1982, con el gobierno de Belisario Betancur? ¿Ni en 1991, con el gobierno de César Gaviria? ¿Qué nos lleva a pensar que ahora sí funcionaría? Dos. Si estamos hablando de negociar no las condiciones para su desmovilización, sino una “agenda de paz” con las FARC, ¿tiene sentido hacerlo? ¿Es legítimo que un gobierno democrático negocie la agenda del país con un grupo armado que, según cualquier medición disponible, es respaldado por un fragmento ínfimo de la población? Para cualquier interesado en comparar, los casos de ETA, el IRA o el FMLN son muy diferentes en este aspecto… Aún si el resultado se legitima en un referendo, ¿qué mensaje se le envía al resto de la población?. Antes de la negociación con el M19 no había partidos de izquierda fuertes en Colombia, ahora hay dos.

La tercera razón es tal vez la más importante. Es la primera pregunta que se hace en un análisis de políticas: ¿Cuál es el problema? ¿Es el objetivo terminar la confrontación con un grupo armado X, o controlar por fin el territorio de Colombia? Si el objetivo es el primero las ventajas de la negociación son evidentes: se pone fin al “conflicto” que se supone se reduce a la lucha contra las FARC y el ELN. Se logra la “paz”. Ya no hay enemigo que vencer, y así se logra lo que tal vez sería imposible por la vía militar: acabar de forma definitiva con todas las estructuras enemigas, algo que la geografía y el narcotráfico, sumadas a la geopolítica y la política actual del continente, hacen ver lejano.

Si el objetivo es controlar el territorio el análisis es diferente: Para controlar el territorio no hay que vencer a este o aquel grupo (el EPL, el Cartel de Medellín, las AUC, el M19, las FARC). Para controlar el territorio hay que tener una presencia del Estado que supere a cualquiera de esos grupos.

El fin de la “Violencia” no trajo el control territorial. El fin de Manonegra tampoco. Ni el fin del M19, ni el del EPL. Ni el de las AUC. Una y otra vez surgieron grupos armados planteando nuevas reivindicaciones o manteniendo los mismos negocios.

Este no es un artículo contra la negociación –aunque claramente no la apoya. Es un artículo para llamar la atención sobre la verdadera tarea del Estado, que no cumple atacando a las FARC y tampoco cumplirá negociando con ellas. La tarea más básica del Estado es controlar el territorio, garantizando por su propia fuerza el imperio de la ley y la vida de sus ciudadanos. Esa tarea no se cumple bombardeando campamentos, matando unos guerrilleros o paramilitares acá y otros allá. Pero tampoco se cumple negociando con todos ellos. Se cumple controlando caminos, puentes, ríos. Garantizando que la probabilidad de asesinar con impunidad sea mínima.

Un acuerdo de paz con las FARC no producirá el control del territorio por el Estado. Y cada zona de Colombia que no controla el Estado es una zona donde ese Estado, en la práctica, no existe.

*Consultor en Políticas Públicas, profesor universitario
Twitter: @gustavovaldivie

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