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Opinión

  • | 2014/06/28 00:00

    Ladran los perros

    Si las Farc no existieran, si el Estado con su aparato de guerra las borrara hoy de la faz del planeta, Colombia seguiría siendo un país inmensamente jodido.

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Ahora resulta que recordar el currículum vitae del ‘Gran Colombiano’ me convierte en miembro activo de las Farc, que por ser negro –trinan los seguidores del sociópata- mis argumentos carecen de validez, o que mi pelo trenzado me imposibilita pensar bien. No se necesita tener dos dedos de frente para concluir que la estupidez no tiene límites, que aquellos que añoran el regreso del mesías son capaces de dejar a Maquiavelo en pañales y satanizar cualquier posición que esté por fuera  de su esquema mental cuadriculado, convirtiendo al opositor, necesariamente, en un enemigo.

La política no es lo que Platón definió en alguna oportunidad, aunque debería ser lo políticamente correcto. El bien común no constituye, ni constituirá, el pilar sobre el que se sostiene la democracia. La erradicación de la pobreza y el respeto a los ciudadanos deberían ser, sin temor a equivocación, los principales objetivos de todo Estado. Si nuestros gobernantes hubieran leído la sentencia del gran maestro griego, lo más probable es nos habríamos evitado  esta larga y cruenta guerra que ha cobrado la vida de varios millones de colombianos. Nos habríamos evitado los desplazamientos forzados de poblaciones enteras, las minas antipersonas, el tráfico de droga, los secuestros masivos e individuales, las extorsiones, las ejecuciones extrajudiales de campesinos y esa monumental inversión en dólares para la compra de aviones, fusiles y bombas para un Ejército que supera los 500 mil hombres.

Hace unos años, Alfredo Molano nos recordaba en unos de sus artículos que la guerra en Colombia se hubiera evitado con una inversión de 5 millones de pesos y una reforma agraria, pero el gobierno de entonces prefirió reunir 3 mil soldados, invertir el doble en una operación militar y tomarse a sangre y fuego a Marquetalia, una población de campesinos, perdida en el Tolima. 

Este evento, que marcó el inició de lo que vendría después, y que nos recuerda que la Patria Boba sigue embobada hasta los tuétanos, satanizó la protesta de los campesinos e indígenas por exigir sus derechos políticos, inauguró la aparición de nuevos grupos armados y convirtió a varias regiones del país en santuarios de lo que luego serían las Farc, ELN, M-19 y otras organizaciones guerrilleras que fueron surgiendo a lo largo y ancho de la geografía nacional como reacción al abandono en que el Estado tenía a enorme extensiones de tierra y a numerosos trabajadores del campo.

La masa, decía el maestro José Ortega y Gasset hace más 50 años, es irracional.  Y la guerra en Colombia, lectores de estas páginas, no la iniciaron las Farc, ni ELN, ni el M-19, ni el ERC, ni el Quintín Lame. Fue el resultado, repito, de unos gobiernos negligentes, de unos grupos sociales que se opusieron radicalmente a una reforma agraria, del ninguneo a los campesinos, a los indígenas, a los negros y la expansión alarmante de una pobreza que hoy alcanza casi el 50% de los colombianos. Para entender por qué estamos donde estamos, hay que saber esto. Hay que saber que la guerra no empezó con la aparición de Marulanda ni el levantamiento campesino: empezó mucho antes de que Álvaro Gómez Hurtado en un elocuente discurso en el Senado de la República en 1961, se opusiera enfáticamente a que se creara una ley de tierra que beneficiara a unos campesinos que estaban muriéndose de hambre porque los bancos no les prestaban dinero para sacar adelante sus fincas, y si les prestaban y no pagaban se las expropiaban.

Desconocer la historia del país es desconocer el origen del conflicto. Es desconocer la profundidad y la extensión del mal que mandatarios como Laureno Gómez le hicieron a Colombia. Es desconocer que Gómez Castro, como hoy Álvaro Uribe con el paramilitarismo, fue el apoyo legal de los Pájaros, un grupo armado ilegal, de estirpe conservadora, afín al gobierno, que desató la violencia en esas regiones donde las Farc tienen hoy sus santuarios. No olvidemos que la misión de los Pájaros y los Chulavitas era, precisamente, asesinar sin ambages a todos aquellos que profesaran una ideología política distintas, y entre estos estaban, sin duda, los campesinos que le exigían al Estado un poco de bienestar para criar a sus hijos y sacar adelante sus cosechas.

Hace más de 40 años, Gustavo Álvarez Gardeazábal nos lo recordaba en esa excepcional novela que tituló ‘Cóndores no entierran todos los días’. Nos retrató con su pluma maestra esos momentos difíciles de una violencia que tuvo sus orígenes en las tierras altas y fue alimentada por el odio de las clases poderosas del país hacia la clase trabajadora, oponiéndose radicalmente a ceder unos metros de sus tierras improductivas para ayudar al desarrollo de esos ‘indios’, de esos ‘negros’, de esos ‘campesinos apestosos’ que preferían ver muertos antes que ocupando sus propiedades.

El odio y la poca sensatez de los colombianos ha sido el motor que ha alimentado, a lo largo de más de 50 años, esta guerra fratricida. Es, sin duda, el producto de esa vieja y rancia costumbre de un grupo de privilegiados de no reconocer los derechos del otro, de no reconocer las necesidades de aquellos que viven en la periferia, de aquellos que van al trabajo  sin tomarse un tinto porque si lo hacen quedan sin el dinero del pasaje de regreso.

Buscar la fiebre de los problemas que nos aquejan en las sábanas de la inmediatez, se ha convertido entre nuestros dirigentes en un deporte nacional. Los ríos de sangre que han corrido bajo el puente de nuestra historia no son solo producto del surgimiento del narcotráfico, de los “grupos terroristas” de las Farc  y ELN, como los califica el ‘Gran Colombiano”, sino el resultado de varias décadas de olvido y menosprecio de los distintos gobiernos a esas regiones apartadas del territorio nacional donde la presencia del Estado brilla por su ausencia.

Decir entonces que estamos jodidos porque “los delincuentes terroristas” que integran estos grupos no hacen otra cosa que destruir la infraestructura económica del país, es solo una verdad a medias y la menor de todas. Si las Farc no existieran, si el Estado con su aparato de guerra las borrara hoy de la faz del planeta, Colombia seguiría siendo un país jodido, donde las riquezas de todos estarían en manos de pocos. 

Lo seguiría siendo por la sencilla razón de que las estructuras de poder que llevaron al país a la desgracia permanecerían intactas. Seguirían muriendo los niños pobres en las puertas de los hospitales, seguirían los viejitos falleciendo frente a las oficinas de las EPS esperando una cita que nunca llega, seguirían los poderosos viajando a Miami en primera clase mientras que los otros continuarían su vida de pobres esperando ocupar un puesto en un articulado de  Transmilenio a la hora pico.

Creo, como dijo un amigo, que la cúpula de las Farc debería pagar por sus crímenes antes de llegar al Congreso. Pero, así mismo, estoy de acuerdo con su sentencia de que ningún criminal de cuello blanco debería ocupar una silla en ese recinto sagrado que de sagrado tiene muy poco. O casi nada, para ser sincero. Si la justicia en Colombia existe de verdad, hay que ponerla a funcionar para alcanzar un poco de igualdad, un poco de justicia, valga la redundancia.

*En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
Docente universitario.
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