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Opinión

  • | 2017/03/07 08:08

    A veces extraño el caos...

    Aunque suene raro, hay días en los que echo de menos ese momento de polarización que vivimos los colombianos justo antes del plebiscito del 2 Octubre.

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Si bien es cierto que para entonces el país estaba claramente dividido entre quienes a ciegas le apostábamos a la paz, y entre aquellos que tenían serias dudas frente al proceso, por lo menos esa era una época de pasiones, de esperanza y de entusiasmo colectivo. Por esos días, miles de jóvenes ilusionados centrábamos nuestras discusiones en torno a la búsqueda del modelo de país que queríamos; nos dedicábamos a debatir cuáles eran las políticas adecuadas para lograrlo; y salíamos a la calles a manifestarnos, no para quejarnos, sino para celebrar que, por fin, después de tantos años de fracasos, emprendíamos el camino hacia la nueva Colombia.
 
Esta semana tenía toda la intención de escribir sobre algo positivo. Esta vez quería hacer el ejercicio de enfocarme en lo que está bien, en lo que nos une, en los retos que nos quedan por delante. Con esa consigna en la cabeza, desde el viernes empecé a buscar en los periódicos, en la radio y en los medios digitales, una buena noticia. Necesitaba un solo hecho que me diera esperanza, que me hiciera sentir eso mismo que sentía el primero de octubre. Luego de buscar durante horas algo que llamara mi atención o que me devolviera la calma, me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo: acababa de estallar el último escándalo: ¡ahora aparecía que Odebrecht no sólo había financiado la campaña uribista y la de Santos, sino que también había financiado a las FARC!
 
Aun cuando quisiera verlo y pensarlo de otra manera, lo cierto es que, por más leyes, acuerdos, decretos, o fast tracks que nos inventemos, los habitantes de Macondo seguimos siendo los mismos. Aquí lo que tenemos es un problema profundo de valores y, mientras eso no cambie, es difícil que Colombia se convierta en el país que todos esperamos. Es triste que sea tan difícil encontrar un hecho que simplemente nos llene de anhelo, una causa que podamos perseguir todos juntos.
 
Estamos viviendo, tal vez, uno de los momentos más duros del último tiempo. El histórico desarme de las FARC, y su fin como organización armada, se ha visto opacado y ha pasado casi desapercibido ante la opinión, pues ha sido justamente la desaparición de ese “enemigo”, la que nos ha permitido emprender el proceso más doloroso de todos: mirarnos a nosotros mismos; darnos cuenta de que somos una sociedad corrupta, en donde todo se vale; una sociedad en donde ahora, de cara a las próximas elecciones, todos los políticos enarbolan las banderas de la lucha contra la corrupción, mientras que en sus partidos la podredumbre no da más.
 
La política en Colombia hoy está comprada. La coherencia y las ideas son principios que han quedado tristemente opacados en la contienda democrática y que han sido aplastados por quien tiene más buses, más tamales, y la chequera más gorda para repartir. No es fácil darnos cuenta de todo lo que nos falta, de lo lejos que estamos. Seguimos viviendo aún en una patria manejada por unos cuantos, en donde no importan los méritos ni las buenas prácticas cuando se trata de llenarse los bolsillos con la plata de la gente.
 
Ahora vemos que el ruido de los fusiles nos había dejado sordos, y que el humo de las bombas no era más que una cortina que nos impidió vernos. Cada día hay un nuevo escándalo, una nueva decepción. Ya los colombianos no sabemos en quién creer. El escándalo de Odebrecht es sólo el principio de los muchos que vienen y que, poco a poco, nos irán abriendo los ojos. Al acabarse la guerra, nos daremos cada vez más cuenta de cómo funciona el país; entenderemos mejor por qué el conflicto  empezó y, tal vez algún día, cuando a los principales cargos del país llegue una generación criada con otros valores, lograremos que la cosa funcione…
 
En Twitter: @Federicogomezla

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