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Opinión

  • | 1994/06/27 00:00

    FATIGADA DE METAL

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ELECCION DE REPRESENTANTES A LA Cámara, elección de senadores, consultas populares de los partidos para escoger candidatos a la Presidencia, a las alcaldías y a las gobernaciones; elección de concejales y de ediles en las ciudades, elección de alcaldes y gobernadores, primera vuelta presidencial y, eventualmente, segunda vuelta...

La sola enumeración resulta fatigante. Si la democracia se juzgara por el número de elecciones, sería difícil encontrar un país más democrático que Colombia. Aquí no se hace otra cosa que elegir gente para todo los cargos, y es tan largo el listado de las veces que hay que acudir a las urnas en los últimos años, que parece como si estuviéramos descubriendo el derecho al voto después de una larga dictadura militar. Desde las épocas de la séptima papeleta hasta hoy se han tomado decisiones grandes y pequeñas a través del voto. Fue cambiada la Constitución, a través de ella fueron creadas nuevas elecciones, fue revocado el mandato del Congreso y fue integrado uno nuevo con jurisdicciones distintas para Senado y Cámara, eso sin contar con las elecciones rutinarias aue suman cerca de media docena.

¿Es necesariamente más de democrático estar votando todo el tiempo? Pienso que no. No hay duda de que el voto es el mecanismo más eficaz de la democracia, en cuanto significa una delegación directa de poderes del pueblo soberano hacia los elegidos. Pero no lo es menos que la saturación de elecciones rebaja el interés de los ciudadanos en el mecanismo, y que el empalagamiento electoral crea nuevos problemas y va incubando sus propios vicios. Cuando se acabe el año 94 la fatiga electoral va a espantar tanto a los electores, que no es arriesgado afirmar que se pueden poner en peligro las propias instituciones que se pretendían fortalecer con el voto.

Esa borrachera electoral le ha hecho perder el sentido a la democracia representativa. Los parlamentarios, por citar un solo ejemplo, cada vez representan menos. Ya no representan a un partido, porque los partidos ya no hacen listas; no representan a un sector de la población, porque cada sector tiene varios exponentes; cada vez representan menos una región porque las jurisdicciones se están globalizando, y no hablemos de las ideas porque poco se distinguen en esta materia los unos de los otros. Eso sucede en buena medida porque en lugar de políticos por representación lo que el país ha creado es profesionales en ganar elecciones, lo cual no es una virtud sino un defecto de la democracia.

A pesar de que los observadores internacionales se conmueven con la proliferación de candidatos a la Presidencia, el tarjetón para la elección de presidente que se utilizó el domingo pasado es una verguenza. Al mezclarle a los candidatos serios (cada cual juzgue quiénes son) una lista de locos, payasos y avivatos, lo que se hace es legitimar sus tesis y crearles un espacio político, al avalar su presencia, con los dineros y la publicidad oficiales, en un escenario en el que se está decidiendo nada menos que la conducción del Estado.

Es comprensible que un país desarrollado, pacífico y civilizado funcione así. Cuando lo fundamental está solucionado, la consulta popular permanente es útil y el sistema no se debilita aunque la participación sea escasa. Incluso los politólogos sostienen que esa abulia es síntoma de estabilidad. Pero en una nación epililéptica como ésta, es un riesgo utilizar el sistema electoral como un anticonvulsivo.

Colombia maneja unos niveles críticos de abstención, que son graves en las elecciones de Congreso y de Consejos, pero que se alivian un poco en las presidenciales, siempre y cuando la pelea en las encuestas esté reñida. Jugar con una legitimidad tan poco robusta es jugar con candela. De seguir así, el sistema del cual el país se precia tanto se va a quebrar por fatiga de metal, y nadie va a saber, al fin de cuentas, si el desgano popular provino de que el régimen político era excluyente o de que hubo sobredosis electoral. El establecimiento y la guerrilla llevan tres décadas enfrascados en ese debate estéril. Y terminará pasando, como en la novela de García Márquez, que nunca se supo si la niña murió de rabia, de amor, de posesión demoníaca o de las tres enfermedades a la vez.
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