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Opinión

  • | 1997/01/13 00:00

    FAVORES A CASTRO

    Colombia lo ayuda pero, a cambio, nuca recibe de el lo que espera.

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SIEMPRE HE CREIDO QUE LA POLITICA exterior de Colombia con el régimen de Fidel Castro ha sido menesterosa y, para colmo, cándida. Menesterosa porque nunca dejamos de pedirle al comandante favores y a veces milagros. Partiendo de la base, desde luego exacta, de que los guerrilleros son amigos suyos, el gobierno del presidente Gaviria y ahora el del presidente Samper esperaron siempre que Castro, como retribución a las aperturas diplomáticas y comerciales promovidas por Colombia en favor de ese régimen, mediara para poner fin al movimiento subversivo que ensangrienta al país desde hace 40 años. En vano. Castro, que no ha tenido inconveniente en fotografiarse con los comandantes de la guerrilla colombiana, después de los fracasados diálogos de Tlaxcala, y de brindarles diversas formas de apoyo, nunca ha dicho una sola palabra para desalentar esa lucha.
Que su influencia sobre los subversivos colombianos es muy grande, lo prueba la acogida dada en la isla a los guerrilleros que, bajo el gobierno del presidente Turbay, se tomaron la embajada dominicana y recientemente a los secuestradores del hermano del presidente Gaviria, cuya liberación fue obtenida mediante una intervención de un representante cubano enviado por el propio Castro. Hasta ahí llegan sus buenos oficios. Lo demás, según él, es asunto interno de Colombia. Castro es leal con quienes luchan, multiplicando horrores, con su misma trasnochada divisa ideológica, marxista leninista, en las montañas y selvas de nuestro país.
Recientemente dio la misma explicación de siempre asunto interno de Colombia en el cual no podemos intervenir a la ministra de Relaciones Exteriores, María Emma Mejía, quien, prosiguiendo con nuestra humillante
política de mendicidad diplomática, le solicitó en La Habana su mediación para obtener la liberación de 60 soldados tomados como rehenes por las Farc. Ya es una humillación inflingida a la Nación colombiana y a sus Fuerzas Armadas tener que hacer semejante solicitud al primer soporte e inspirador de nuestros subversivos. Peor aún, tener que aceptar y digerir el rechazo con una sonrisa. Lo más hábil que ha encontrado Samper en este campo es ponerle la cara de una mujer bonita a una política exterior que en todas partes se arrodilla y recibe desaires.
Política menesterosa, pues, pero también cándida. Esa candidez, para ser justos, no es exclusivamente de Samper. La comparte con los gobiernos anteriores al suyo de Belisario Betancur a hoy, con un buen número de gobiernos latinoamericanos y con el que, hasta no hace mucho, presidía en España Felipe González. ¿ En qué consiste? En creer que el levantamiento del embargo a Cuba, el estímulo a las inversiones ex tranjeras, la creación en la isla de un sector económico de corte capitalista abrirían el camino a una apertura política gradual, que Castro terminaría por aceptar. Tal es la la apuesta de nuestros nobles ilusiones.
Las razones para demostrar el tamaño de esa candidez política tengo que robárselas, una vez más, a mi amigo Carlos Alberto Montaner y a su excelente libro La lenta muerte del castrismo. El embargo no es la causa de las penurias sufridas por el pueblo cubano, sino la insolvencia del sistema económico marxista. Las inversiones extranjeras no son la punta de lanza de una economía de mercado. Al contrario, consolidan los monopolios estatales y no contribuyen a mejorar las terribles condiciones de la población, porque el salario pagado por los inversionistas en dólares es transferido en pesos a los trabajadores, al cambio oficial, lo que equivale sólo a un 10 por ciento de la suma entregada. Por lo demás, no hay en Cuba ni la semilla de un mercado autónomo donde juegue la ley de la oferta y la demanda.
Una política realista tendría que darle credibilidad a lo que el propio Castro dive en sus torrenciales discursos. Para él, el fracaso no corre por cuenta del comunismo sino del poscomunismo. Lo que él busca no es cambiar de sistema sino salvar el que Cuba tiene desde hace 38 años con ayuda de medidas capitalistas. Dichas medidas serían revocadas cuando se supere la actual coyuntura. En el orden político e ideológico, él no tiene razón alguna para cambiar el esquema del partido único, que él lo identifica con un propósito de unidad nacional v que lo estima moralmente superior al de nuestras democracias.
En otras palabras, Castro acepta el oxígeno que quieran brindarle inversionistas y gobiernos a su agónica economía, pero no ha dejado de ser comunista ni piensa abandonar su credo. El está dispuesto a morir en su ley, así los cubanos vivan un calvario, entre otras razones porque sabe que un poder absoluto, basado en la eficacia de la represión oficial y en el miedo, se mantiene mientras estos sustentos sigan vigentes y se debilita peligrosamente cuando quiebra su monolitismo interno. Es la lógica de Stalin, Mao, Franco, de Juan Vicente Gómez o cualquiera de nuestros caudillos o dictadores tropicales. Si ella está doblada, además, de una buena dosis de megalomanía, su sueño de que otros países sigan su ejemplo no ha sido cancelado. Y frente a ese descomunal despropósito, de nada sirven las amistosas aproximaciones de un presidente colombiano o la encantadora sonrisa de su Ministra de Relaciones Exteriores.
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