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Opinión

  • | 2016/07/26 10:19

    El regreso de Antanas

    La posibilidad de lograr un verdadero cambio social no está en el cemento, sino en los valores de los ciudadanos colombianos.

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Los colombianos nos hemos acostumbrado a echarle la culpa de nuestros males a terceros: llámense gobierno, guerrilla, corrupción, narcotráfico, infraestructura o lo que sea. Nos volvimos hábiles a la hora de criticar y hemos perdido la capacidad de ver y entender el poder inmenso que recae en nuestras manos por el simple hecho de ser ciudadanos.

La semana pasada, en la capital, el Alcalde Enrique Peñalosa nos dio la buena noticia de que Antanas Mockus vuelve como aliado de su administración, para encargarse de la titánica tarea de educarnos como miembros de una sociedad, con el fin de hacernos entender que la vida y los recursos públicos son sagrados, y recuperar la cultura ciudadana que se ha ido perdiendo en Bogotá. La llegada del profesor al equipo de gobierno no es sólo un ejemplo para los políticos de todo el país que no dejan de lado sus egos para trabajar juntos con sus antiguos rivales por el bien común, sino es tal vez la oportunidad de oro que tenemos los bogotanos para dejar de quejarnos y entender que cambiar la ciudad no es sólo un problema del alcalde.

Estamos gobernados por un mandatario que tiene buenas intenciones, que conoce la ciudad, que quiere hacerla más moderna y equitativa, que sabe trabajar en equipo y que se rodea de las mentes mejor cultivadas. Basta con ver los resultados de las dos administraciones de Mockus, para entender por qué Peñalosa le pidió su ayuda para diseñar nuevas estrategias, que si los ciudadanos acogemos, tendremos, en muy poco tiempo, una ciudad con otra cara.

Miremos algo de lo que logró Antanas con sus políticas de cultura ciudadana, sin hacer demasiadas obras públicas: sin incrementar el pie de fuerza de la Policía, pudo subir la confianza de los bogotanos en esa institución de un 17% a un 67%; reducir los delitos contra la propiedad en un 50%; y pasar de 174 secuestros anuales a 21, y de 376 asaltos a bancos a 14. A comienzos de su primer gobierno, la tasa de homicidios era de 80 por cada 100.000 habitantes (4.378 muertes), y en el 2003, luego de dos períodos suyos y uno de Peñalosa, ese indicador se redujo a 24 (1.605 muertes). ¡Qué cantidad de vidas salvadas! Los trancones bajaron también en un 22% y los accidentes de tránsito se redujeron a la mitad.

Al ver estas cifras, se hace evidente que el poder de un gobernante es marginal, si no cuenta con la atención y el apoyo de la ciudadanía en pleno. Hoy, por fortuna, tenemos un alcalde experto en construir ciudades, asesorado por un ex alcalde experto en construir ciudadanos.

El primer aporte de Mockus será la campaña “Dale ritmo a Bogotá”, que pretende que los conductores no se pasen el semáforo en amarillo o en verde cuando saben que no hay espacio más adelante y van a quedar estancados en la mitad, generando un trancón sin salida. El concepto parece sencillo, pero basta con darse un paseo por la ciudad para ver lo difícil que nos queda ponerlo en práctica. Con esa simple acción, que depende no del alcalde, sino de cada conductor, el tiempo de los trayectos se reduciría de manera radical.

Vale la pena hacer el ejercicio e imaginar cómo sería Bogotá si logramos desarrollar en el ciudadano una conciencia de lo público y de los bienes colectivos, y si nos volvemos, como pretende Mockus, profesores los unos de los otros.

El concepto de cultura ciudadana busca armonizar lo legal con lo moral y lo cultural. Eso quiere decir que si se combinan esos tres factores, una persona debería no pasarse un semáforo en rojo por tres razones: porque se siente mal (moral), por miedo al reclamo de la gente (cultura) y por miedo a que le pongan una multa (ley).

Si todos entendemos lo que eso significa, son muchos los comportamientos que pueden mejorarse.

¿Cómo sería Bogotá si, por ejemplo, cada uno se exigiera a sí mismo lo que le pide a sus gobernantes? ¿Cuántos colegios y bibliotecas podríamos construir para nuestros niños con los 555 millones de pesos que pierde la ciudad todos los días por cuenta de los colados en Transmilenio? ¿Cuántos recursos podrían invertirse, por ejemplo, en mejorar los hospitales, si los ciudadanos denunciaran la corrupción de los funcionarios públicos en vez de convertirse en cómplices de ella? ¿Cuántas muertes se evitarían si la Policía y la justicia actúan y si aprendemos a denunciar y a no tomarnos la justicia por mano propia? ¿No llegaríamos más rápido al trabajo si todos respetáramos las señales de tránsito? ¿No viviríamos mejor si un borracho entendiera que al manejar en ese estado pone en riesgo no sólo su vida sino también las de los demás? ¿Cuánto se ahorraría la ciudad en logística si aprendiéramos a no botar la basura en la calle y a separar la reciclable de la que no lo es? Los ejemplos son infinitos...

Es claro que los parques, los puentes, las calles, las ciclo-rutas, las bibliotecas, los colegios y las obras de la ciudad, en general, son claves para su buen funcionamiento. Sin embargo, no son sino una parte del cambio que queremos y necesitamos. Estamos en manos de dos educadores cívicos. Ahora lo que falta es que los bogotanos dejemos de quejarnos y más bien nos dejemos educar.

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