Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/09/30 09:53

Hoy quiero hablarle a los jóvenes

"La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan…" Erich Hartmann.

Federico Gómez Lara. Foto: Semana.com

La mayoría de las canas en la cabeza de mis padres son probablemente culpa mía. Gran parte de mi infancia, por no decir toda, fui uno de esos niños inquietos que padecían la famosa condición que las madres suelen llamar el "mal de sambito".

En ese entonces, era para mí casi imposible quedarme quieto, callado y concentrado. Me la pasaba gritando, jalándole el pelo a mi hermana, rompiéndole los juguetes, saltando en la cama, haciendo ruido o buscando la forma de enloquecer a mis papás. La cosa era tan grave que mi mamá decidió establecer un sistema de premios y bonificaciones, que crecían en función a la cantidad de minutos continuos que yo lograra resistir quieto. Sin embargo, para fortuna de mis progenitores, desde muy pequeño entendí que en mi casa entre siete y ocho de la noche el silencio era sagrado. A esa hora no eran prudentes las palabras, pues había empezado ya la emisión del noticiero. Desde que empezaban los titulares, hasta el inicio de la sección de farándula que poco nos importaba, mi hermana y yo entendíamos que era el momento de cerrar la boca y dejar a mis papás tranquilos. Como en las noches no me gustaba estar solo, no me quedaba más opción que sentarme al lado de ellos en silencio y quedarme hipnotizado viendo la pantalla hasta que llegara la hora de empezar a fregarlos de nuevo.

Como todos los niños colombianos de mi generación, crecí acostumbrado a la muerte. No era ya para mí ninguna novedad ver todas las noches salir de esa pantalla las noticias de secuestros, masacres, tomas a poblaciones, bombas, desaparecidos, madres rogando saber el paradero de sus hijos, niños huérfanos, soldados muertos o mutilados, bajas de guerrilleros, bombardeos, pescas milagrosas, torturas, cortes de franela, narcotráfico, periodistas asesinados, amenazas, y del abandono del estado; en síntesis, muertos, muertos y más muertos.

El ser humano por naturaleza se adapta a su entorno y aprende a vivir con él. Los jóvenes de este país, tristemente, nos hemos acostumbrado a coexistir con la realidad de la guerra, pues es el único escenario que hemos conocido. En esa medida, la muerte y la masacre de nuestra propia generación, por cuenta de las peleas y las disputas de los viejos, han dejado de importarnos como deberían. Se nos ha ido secando el corazón y hemos perdido la capacidad de dimensionar el valor inmenso e irrecuperable de una sola vida humana.

Albert Einstein decía que la locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes. Pues bien, los colombianos llevamos 52 años, por hablar solamente del conflicto con las FARC, haciendo exactamente lo mismo. El próximo domingo los jóvenes tenemos la oportunidad de acabar con la locura de nuestros padres y nuestros abuelos y emprender el camino hacia un país distinto; hacia un país en paz. Un país en donde los niños vayan sin temor a la escuela, en donde la muerte llegue por enfermedades, por vejez, o por accidentes pero no por las balas ni por las bombas. Tenemos también la oportunidad de vivir sin miedo, y no hablo solamente del miedo a la muerte, sino del miedo a la discrepancia. Hoy en día vivimos en una nación que se muere del pavor de oír ideas distintas, y precisamente por ese pánico que nos da debatirlas, que hemos optado por matarnos para evitarlo.

Los jóvenes hacemos parte de una nueva generación; ya no estamos para que un gay nos parezca extraño, ni para tenerle miedo a quien piense o actúe diferente. Nosotros sabemos respetar las diferencias, y somos gente inteligente que está en la obligación de indagar, de leer, de investigar, de debatir y de ir más allá que nuestros antepasados, para construir el país que queremos. No podemos tragar entero y creernos los argumentos falaces de la extrema derecha que pretenden que nos sigamos entendiendo a bala.

En Colombia la esperanza de vida, gracias a que en la guerra los muertos son casi todos jóvenes, es de sólo 73,78 años (10 años menos que la mayoría de los países de Europa). Álvaro Uribe tiene 64, Juan Manuel Santos tiene 65, Andrés Pastrana 62, Alejandro Ordoñez 61, Timochenko 57, Joaquín Gómez 69, Pablo Catatumbo 63, e Iván Márquez 61. Estos viejos, que según las estadísticas están ya más del otro lado que de este, paradójicamente nos están dando hoy la oportunidad de vivir en país normal.

Este domingo seré un joven poderoso por el simple hecho de ser colombiano y tener la cédula en el bolsillo. Por esa razón, queridos lectores, los invito a que el 2 de octubre hagamos ejercicio de ese poder y nos tomemos el rumbo del país en nuestras manos; nos paremos de la cama y vayamos a votar Sí, Sí y mil veces Sí. No seamos tan pendejos de creernos el cuento de que votar No abre la posibilidad de renegociar los acuerdos. Votar No implica seguir destinando a nuestra generación a morir violentamente, y esos muertos seguramente no serán ni Tomás ni Jerónimo Uribe que seguirán tranquilos multiplicando sus millones por arte de magia, y seguramente tampoco seré yo. Los muertos serán los jóvenes de estratos 1 y 2, esos mismos que llevamos años enviando al monte a darse bala sin sentido.

Aunque a veces así lo parezca, la decisión del domingo no es tan complicada. Basta hacernos una pregunta bastante fácil: ¿Con qué voto morirán menos colombianos? ¡Es así de sencillo! Por eso, y sólo por eso, votaré feliz por el Sí.

* En Twitter: @federicogomezla

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