Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/08/31 14:01

No dejemos que la historia se repita

"A pesar de todo el dolor que me causaron, yo ya perdoné y para mí, más que ver a los responsables en la cárcel, es importante vivir en un país en paz y donde nadie tenga que sufrir el dolor que yo tuve que vivir".

Federico Gómez Lara. Foto: Semana.com

Así terminó María Camila García, sobreviviente del atentado terrorista al Club el Nogal, el texto que compartió esta semana en redes sociales haciendo públicas sus impresiones sobre el proceso de negociación que acaba de culminar entre el gobierno y las FARC.

A ella y a su hermano Santiago les cambió la vida para siempre aquel 7 de febrero de hace ya trece años. Ese día, la guerrilla decidió hacer explotar un carro bomba con más de 200 kilos de dinamita en las instalaciones del club donde ellos habían ido a comer en compañía de sus padres y de su hermana menor.

A María Camila la encontraron los rescatistas atrapada entre los escombros, debajo de una columna, 16 horas después de la tragedia, cuando ya sus familiares esperaban lo peor. En ese momento, su hermano estaba en cuidados intensivos. El diagnóstico no podía ser menos favorable: esa niña de apenas doce años había sufrido serias lesiones en sus dos piernas y en una de sus manos; su riñón estaba comprometido y había perdido mucha sangre. Contra todo pronóstico, María Camila despertó del coma para darse cuenta de la dimensión de su tragedia: había perdido en un segundo a sus dos padres, Juan Manuel García y Luisa Mugno, y a su hermanita de cuatro años, Mariana García. Además, las lesiones que sufrió obligaron a los médicos a amputarle su pierna izquierda.

La explosión en el club El Nogal dejó como saldo 36 muertos y más de 200 heridos.

Un par de años después del atentado, conocí a Santiago y a María Camila, y hoy tengo la fortuna de contarlos entre mis más cercanos amigos. Al principio de nuestra relación me fue difícil tener el valor de acercarme a ellos para hablarles de sus dolores y preguntarles cómo hacían para sobrellevar su tragedia. Sin embargo, con el paso del tiempo, nos fuimos aproximando y el tema se hizo cada vez más frecuente en nuestras conversaciones.

La rehabilitación de María Camila no fue fácil. Además de tener que soportar la ausencia de sus padres y de su hermana, a ella, quien siempre había sido una niña deportista y llena de vida, le desesperaba tener que depender de otras personas para realizar las tareas más básicas. Cosas tan elementales como ir al baño, darse una ducha o simplemente pararse, se volvieron entonces todo un desafío. Sin embargo, esa niña que estaba viva gracias a lo que parecía ser un milagro, al mes y medio del atentado ya estaba yendo al colegio en silla de ruedas, y todas las tardes realizaba su terapia para volver a caminar.

Recuerdo haberme preguntado una y otra vez, cómo era posible que dos personas que vivieron un drama de semejantes dimensiones, me recibieran con una sonrisa de oreja a oreja cada vez que me veían. Crecí sorprendido de ver a María Camila hacer más deporte que cualquier niña de su edad, de mirarla bailar sin parar en las fiestas, caminar por la universidad y subir las escaleras a pesar de lo mucho que le costaba. Pero, sobretodo, me asombraba la nobleza de estos dos hermanos y me conmovía que en sus corazones no hubiera ya espacio para la venganza y el resentimiento.

La historia de Santiago y María Camila es el ejemplo viviente de que el perdón y la reconciliación son la única salida para apagar el odio y seguir adelante en la construcción de un país en paz. Sus tíos, Beatriz y Rafael, se encargaron siempre de que cada lágrima y cada grito, no se tradujeran jamás en un rencor sin salida. Ellos, al contrario, entendieron que la única forma de ver a sus sobrinos felices algún día, era sembrar en sus corazones la semilla del perdón.

Hoy, que los colombianos tenemos en las manos la decisión de terminar el conflicto que acabó con la vida los padres y de la hermanita de María Camila y de Santiago, no podemos ser indiferentes ante su clamor y el de los casi ocho millones de víctimas que los acompañan.

El mensaje que quieren darnos es sencillo: "lo único que queremos es que nadie tenga vivir una tragedia como la nuestra y que las otras víctimas que ya ha dejado esta guerra, sean reparadas debidamente para que tengan la oportunidad de seguir con su vida como nosotros lo hicimos ".

Si usted es uno de los que está convencido de que con este acuerdo se le está entregando el país a las FARC; si usted es de los que dice que prefiere seguir en guerra con tal de que esos bandidos paguen sus delitos con la muerte o con la cárcel; si usted piensa votar no, porque así siente que se hizo justicia, vale la pena que se pregunte unas cosas:

¿Mi voto implica la muerte de más colombianos y el nacimiento de nuevas víctimas como Santiago y María Camila?

¿Cuantos de los que no perdonan han vivido el conflicto con la intensidad que lo vivieron ellos dos?

¿No será que si ellos pudieron perdonar para ayudar a que su historia no se repita, yo también puedo hacerlo?

Y, finalmente: ¿no será mejor para mis hijos crecer en un país sin el temor de la guerra, un país en paz?

Piénselo.

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