Martes, 27 de septiembre de 2016

| 2016/09/22 15:26

¡Qué vergüenza, María Fernanda!

Representante: el ejército no es una fuerza de micos que entra a matar sin preguntar; sus soldados no son damas de rosa como usted los llama.

Federico Gómez Lara. Foto: Semana.com

Hace unos años se me metió en la cabeza la idea de botarme de un avión en paracaídas. Para esa época estaba aún en la edad en la que hacerlo sin el permiso de mis padres no hubiese sido posible. Hablé primero con mi mamá, pues sabía que aunque la idea no le mataba, tenía más posibilidades de que me dijera que sí. Ella, como era de esperarse, me dijo: "habla con tu papá, y si él te deja yo no tengo ningún problema. Buena suerte, hijo". Ilusionado con mi capricho, que era ya mi nueva prioridad, me fui a hablar con mi papá, armado de argumentos para convencerlo. Cuando él vio por dónde iba la cosa, me paró inmediatamente y me dijo: "te voy a decir lo mismo que me decía a mi tu abuelo en casos similares: "mijo no gaste su castellano que le voy a decir que no".

Esa anécdota, que parece no tener mayor importancia, me enseñó que en la vida hay batallas que deben darse y otras que no. Hay unas disputas que poco valen la pena, pues la contraparte tiene ya una posición inamovible. Sin embargo, ante la gravedad de los hechos, me veo hoy obligado a desautorizar a mi abuelo paterno y a gastar mi castellano en la señora María Fernanda Cabal.

Como la inmensa mayoría de los colombianos, vine a saber de la existencia de esta congresista el 17 de abril de 2014. Ese día, fui a visitar a mi madre y la encontré atacada llorando en su cuarto. ¿Qué te pasa mamá, estás bien?. Casi sin poder hablar me respondió: "Fede, se nos murió Gabito". No supe que hacer, sólo abrazarla y sentir con ella el dolor que estoy seguro abarcaba a un país entero, pues acababa de partir el colombiano más grande de todos los tiempos. Al cabo de un rato, saqué mi celular y me puse a ver cómo todos los medios registraban la noticia, cuando para mi desgracia me encontré con un trino de la honorable representante con una foto de Gabo y de Fidel Castro, y una leyenda que decía: "Pronto estarán juntos en el infierno".

Desde ese entonces, no sé si por curiosidad periodística, por mala suerte o por simple morbo, he venido siguiendo una a una las barbaridades y mentiras que salen de la boca de esta señora. Casi siempre me encontraba con planteamientos absurdos, por no decir poco inteligentes, como que Santos había instaurando en Colombia un régimen socialista (al parecer capó clase el día en que su universidad enseñaba los modelos políticos y económicos); o con comentarios irrespetuosos, burlándose por ejemplo de los ataques terroristas en París y de tantas otras cosas. Hasta el momento, por más descabelladas que encontrara las afirmaciones de la congresista, había decidido hacerle caso a mi abuelo y no pararle bolas. Pero esta semana, en un foro en Medellín, María Fernanda se salió de su cabales y pasó la raya.

La libertad de expresión es un derecho de todos. Sin embargo, cuando se accede a un cargo público, esa libertad se limita y no pueden existir, bajo ningún contexto, declaraciones personales desligadas de la envestidura que cobija a quien las emite. Una columna no basta para analizar todo lo que está mal en la retahíla de la representante, pero miremos algunas de sus perlas:

"Soy muy crítica con los Generales hoy. Me parece que son unos vendidos, que les pagaron una prima de silencio que ¡no sabemos de cuánto es!"

"Es que el ejército no está hecho para ser damas rosadas, el ejército es una fuerza letal de combate que entra a matar, no entra a preguntar: perdón, levante las manos, no señor".

Veo dos posibles orígenes de estas declaraciones. Pueden venir de una persona de un coeficiente intelectual de un dígito, o de alguien inteligente que quiere mentir, desinformar y hacer daño deliberadamente. Conociendo a Uribe, y sabiendo que siempre se ha rodeado de mentes bien cultivadas, no me queda sino asumir que se trata de la segunda.

Usted, señora María Fernanda Cabal, en el instante en el que tomó juramento como congresista, como una de las 268 personas que tienen la potestad de discutir, presentar y aprobar nuestra leyes, perdió el derecho de andar diciendo lo primero que se le venga a la cabeza, pretendiendo que ello no tenga consecuencias. Déjeme decirle que se equivoca, representante: el ejército no es una fuerza de micos que entra a matar sin preguntar; su función, así a usted no le parezca, es defender las instituciones, velar por el estado de derecho y mantener el orden público. Nuestros generales no son ningunos vendidos y sus soldados son todos menos damas de rosa como usted los llama.

Salta a la vista que sus tesis no vienen de los libros, o del estudio o del diálogo con el pueblo, sino de su imaginación. Eso sería válido si usted quisiera dedicarse a escribir novelas, pero resulta que usted es Representante a la Cámara por un partido político y, en esa medida, lo que usted diga importa y habrá gente que le crea. ¿Tiene pruebas de lo que dice?. ¿Puede usted dar el nombre de los generales y la cifra con la que fueron comprados?. ¿Puede demostrar que existe un complot de la Fiscalía, del Partido Comunista y de Sergio Jaramillo para acabar con el ejército?. ¿No entiende que los falsos positivos sí pasaron, y que son consecuencia justamente de esa concepción suya de que en la guerra los resultados se miden en cadáveres? ¡Nuestros generales son héroes, señora! Y es precisamente gracias al sacrificio de ellos y de sus hombres, que usted puede vivir la vida como la vive. En un país más serio, usted debería renunciar a su cargo, María Fernanda. Pero, para fortuna suya, estamos en Colombia.

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