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Opinión

  • | 2017/01/24 19:03

    Entre toros y violencia

    Con el paso de los días, el proceso de paz ha dejado de ser el gran protagonista de las primeras páginas de los periódicos. Ahora cuando llega el fin de las FARC como organización armada, empezamos a darnos cuenta de que el conflicto, además de ser un problema muy grave, era una venda que nos impedía ver otros problemas de fondo.

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Mientras andábamos preocupados por darnos bala, nos fuimos volviendo una sociedad enferma, sin conciencia de lo público, ahogada en la corrupción rampante y sobretodo, tolerante ante la violencia e intolerante a la diferencia. Este domingo en la plaza de toros de Bogotá nos dimos cuenta de que los violentos no solo están en el monte, los violentos somos todos.

La primera y única vez que tuve contacto con el mundo de las corridas fue hace ya un buen tiempo. En mi colegio era tradición hacer una becerrada al final del año en donde cuadrillas de seis amigos nos enfrentábamos a un animal de unos 130 kilos.

El tema era todo un ritual; durante las dos semanas previas al evento recibimos clases de toreo, alistábamos los afiches, los atuendos y nos dedicábamos a mamarle gallo a quienes les diera miedo salir al ruedo. Ya faltando pocos días invité a almorzar a mi papá para ponerlo al tanto. Nunca le había visto la cara de ese color, casi se desmaya del susto e hizo todo para tratar de convencerme de no "ir a esa carajada".

Al ver que no había nada que hacer, me dijo: "Mijo, yo a eso no voy a ir por que me da un infarto". Cuando llegué a mi casa, empecé a prepárame psicológicamente para el evento que confieso, me tenía muerto del miedo. Entonces llegó el gran día. Mis amigos y yo salimos al ruedo y empezamos con la suerte de Tancredo, hicimos una fila de espaldas a la salida, para que al abrir la puerta el animal embistiera por la espalda a quien le apeteciera y así empezamos la faena. Mientras tanto, mi papá estaba en el teléfono con un amigo contándole cada detalle, cada pase, cada embestida, hasta que finalmente le dijo: "Federico salió ileso, puedes estar tranquilo".

A raíz de ese evento me puse a buscar y a aprender sobre las corridas de toros de verdad, pues la becerrada, en donde no se mata ni se hace sufrir al animal me pareció entretenida. Me bastaron un par de horas en Internet para darme cuenta de que "la fiesta brava" como la llaman sus aficionados, es mucho más cercana al coliseo romano que a una celebración civilizada. Aunque entiendo que detrás del evento hay toda una mística y una solemnidad "cultural", me parece sorprendente que la gente disfrute ir a ver a un tipo clavarle banderillas al toro hasta dejarlo vencido y lleno de sangre para luego darle la estocada final con una espada. En mi concepto, se trata de un espectáculo bochornoso, sangriento y sádico.

Me produce una mezcla de risa y desespero enfrentarme a los argumentos de los taurinos. Que hay que respetar los derechos de las minorías, que la cultura está por encima de todo, que si no le gusta no vaya, que ir a torturar al animal y darle la oportunidad de pelear por su vida es hacerle un honor, que el toro de lidia crece y vive con ese propósito, etc… Me pregunto si algún ilustre taurino ha desarrollado la capacidad de hablar con un toro para llegar a semejantes conclusiones, si el toro le ha dicho que le parece una delicia y un honor ir a que lo chucen y a que lo maten por cuenta del júbilo de la turba enardecida ante su humillación.

El tema de las minorías raya en la locura. Para estos efectos, las minorías no son un grupo pequeño de gente sino una porción vulnerable de la población a la que hay que proteger. En ese orden de ideas y con esa logica,los Sarmiento, Santo Domingo y Ardila Lule serían una minoría vulnerable porque son poquitos, ¡Por Dios!

Hay momentos en los que la lógica se impone sobre la cultura y eso, señores taurinos, se llama progreso. Mi abuela no podía votar y eso era visto como algo normal. Por la cultura miles de niñas son victimas de mutilación genital en África y en otros lugares del mundo, por la cultura muchas mujeres son degradadas y tratadas como mercancía, por la cultura los esquimales mataban a su primer hijo si no era varón.

Los toros, como los zoológicos, los parques acuáticos donde torturan a las ballenas y a los delfines en cautiverio, los circos y tantos otros ¨espectáculos¨ en los que nos cagamos en la dignidad y la vida de un animal por nuestra diversión, quiéranlo o no, van a desaparecer. No me cabe duda de que algún día le contaré a mis hijos que en mi época la gente iba a una plaza para ver la masacre de un animal y eso era maravilloso, un símbolo de estatus y cultura, y a eso me responderán "hemos evolucionado, papá, ustedes cómo eran de bárbaros".

Dicho esto, señores anti taurinos, no tiene ningún sentido salir a protestar contra la violencia de semejante manera. Manifestarse está bien y es un derecho, pero resulta ilógico reprochar la violencia contra los animales estallándole un ladrillo en la cabeza a una mujer indefensa, cogiendo a patadas a quienes asisten a la corrida, dañando la ciudad y cogiendo a puños a la policía. Su protesta, en este caso, se cae de su propio peso por su forma de proceder.

¿Cómo es posible que mientras en la plaza torturan al toro, fuera de ella una horda de gente haga lo mismo pero con personas? ¿Será que el problema realmente son las corridas, o más bien somos nosotros que estamos medio enfermitos?


En Twitter: @federicogomezla

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