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Opinión

  • | 2016/12/07 14:09

    Que se pudra en la cárcel, pero ojo…

    Lo que pasa hoy me devuelve a otro momento de la vida. Hace un tiempo, cuando el gobierno y las FARC seguían negociando la paz, me ganó la curiosidad periodística y me fui para La Habana a ver de primera mano el desarrollo de los diálogos.

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Ver que la sociedad se conmueva, se exprese y se movilice ante una tragedia de la magnitud de la violación y asesinato de Yuliana, por un lado enorgullece y deja la sensación de que somos ciudadanos conscientes. Sin embargo, nuestra reacción colectiva ante este crimen, y ante otros que lo anteceden, nos deja mucho que pensar.

Lo que pasa hoy me devuelve a otro momento de la vida. Hace un tiempo, cuando el gobierno y las FARC seguían negociando la paz, me ganó la curiosidad periodística y me fui para La Habana a ver de primera mano el desarrollo de los diálogos. En ese viaje, pude hablar largo y tendido con negociadores de los dos bandos y adquirir así una visión más informada y objetiva del proceso. Temprano en las mañanas me colgaba en el cuello la credencial de prensa de la revista, y caminaba un par de minutos hasta el Centro de Convenciones donde se adelantaban las conversaciones. Allí me quedaba parado, entre una mezcla de periodistas de todos los medios y de gente de prensa de las FARC, esperando la llegada de ambas delegaciones para tomar atenta nota de los comunicados de prensa.

Una de esas mañanas llegué al recinto más temprano de lo que debía. Cómo aún faltaban un par de horas para el inicio, y el celular en Cuba no sirve de mucho, no me quedó de otra que ponerme a hablar con la gente que tenía a mi alrededor para matar el tiempo. Vi a lo lejos una señora de unos cincuenta años, que a pesar de tener gafas, un chaleco lleno de bolsillos, y cámaras colgadas por todas partes, no tenía mucha pinta de periodista. Por alguna razón, sentí la necesidad de acercarme, saludarla y tratar de hablar con ella. Cuando me presenté me dio de la nada un abrazo largo y apretado que me hizo captar de inmediato su carencia de afecto. Apenas me soltó le dije lo primero que se me vino a la cabeza: ¿y tu qué haces aquí?. Soy guerrillera de las FARC y estoy aquí registrado este momento histórico, me respondió.

A partir de ahí, y durante las siguientes dos horas, me puse en la tarea de conocer y entender su historia. Al cabo de unos pocos minutos surgió la pregunta obvia ¿cuánto llevas en las FARC y como entraste? Su respuesta jamás se me olvidará: "llevo toda la vida, mijito. Yo entré a la guerrilla cuando tenía 15 añitos no más por que no me quedó otra opción. Antes de tenerme a mí, mi mamá ya había parido a 10 peladitos, todos hijos del mismo señor. Ella decidió dejarlo, cuando conoció a mi papá y me tuvo a mi solita. Pero como le parece, mijito, que después mi papá se fue y mi madre decidió volver con el papá de sus otros hijos y llevarme a vivir con ellos. Él todas las noches me violaba, y me pegaba, y le pegaba a mi mamá. Con mis hermanas no se metía por que eran sus hijas, pero a mi me violaba una y otra vez y mi mamá no podía hacer nada. Poco después de eso, empezaron a llegar motos a mi pueblo a reclutar niñas vírgenes por encargo de quien sabe quien, diciendo que a la que no estuviera dispuesta a dejarse quitar la virginidad, le mataban toda la familia. Fue en ese momento, mijito, cuando empaqué los dos chiros que tenía y me fui pal monte a pelear. Y esta historia mía, es la misma de muchas de las guerrilleras"

Fue en ese instante cuando logré cambiar la concepción que tenia de las víctimas y de los victimarios, de los buenos y los malos, y cuando entendí que lo que nos pasa es mucho más amplio y mucho más profundo de lo que creemos.

Hoy, que tengo en el corazón a Yuliana y a su familia, me acuerdo de esa charla y no puedo evitar tener sentimientos encontrados. Por un lado me da cierta tranquilidad que Rafael Uribe Noguera, el demente, psicópata, mezquino, desalmado, asesino y violador de esta inocente criatura, se enfrente a todo el peso de la ley, sea al centro del escarnio público y se pudra en la cárcel como se lo merece. Pero por el otro, me es imposible no matarme la cabeza pensando que pasaría si a Yuliana la hubiera matado y violado un habitante de la calle y no un miembro de la mal llamada “alta sociedad”. La notoriedad de casos como este, como el famoso y desgastado caso Colmenares, la desaparición y posterior suicidio de Felipe Correa, o el ataque con ácido a Natalia Ponce de León que conmocionó al país, tiene su origen en un común denominador que los define, y los lleva a copar los noticieros por meses e incluso por años: son casos que de una u otra manera involucran a personas ricas; pero ¿y el resto del mundo qué?

Todos debemos sentir vergüenza, absoluta vergüenza, de pensar que para traer este tema al centro de la opinión pública haya sido necesario que el asesino fuera un hombre rico, ex alumno del Gimnasio Moderno, y su familia socia de una de las firmas de abogados más importantes del país. ¿Por qué no hicimos esto antes con tantos casos de violaciones? ¿Cuántas niñas en Colombia violan a diario y ni nos damos cuenta? ¿Cuánta gente pobre, sin el apellido Colmenares, habrán matado en un caño y ni nos dimos cuenta? ¿Por qué a los noticieros no llegaron la historia de las niñas violadas antes de que se fueran a la guerrilla?

Me da pavor pensar que mientras escribo esta columna, en algún lugar de Colombia, un hombre de bajos recursos esté violando a su hija y, por esa condición, ni ustedes ni yo, ni Julio Sánchez, ni Claudia Gurisatti, nos vamos a enterar.

Al igual que Rafael Uribe Noguera, me gradué del Gimnasio Moderno y fue justo ahí, en donde más que matemáticas y física, me enseñaron a ser persona, a respetar a la gente, a no hacer distinciones sociales o económicas y a valorar a las mujeres. El problema de este país somos los hombres; nosotros hacemos la guerra, nosotros matamos, nosotros violamos, nosotros robamos. O logramos los hombres de Colombia entender que la mujeres son el regalo más hermoso de la vida, que son nuestras madres, hermanas e hijas, y que a ellas hay que valorarlas, respetarlas, consentirlas, oírlas, quererlas y admirarlas, o como sociedad, vamos de culo pal estanco.

A la familia de Yuliana, y a las tantas otras victimas que a diario padecen algo parecido, toda la fuerza y la solidaridad.

En Twitter: @federicogomezla

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