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Opinión

  • | 2017/04/18 16:41

    Mi cumbre con Uribe

    Nunca he tenido la oportunidad de sentarme a hablar frente a frente con el ex presidente Álvaro Uribe. Sin embargo, hace unos años tuvimos un encuentro casual que llega hoy a mi memoria.

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A mediados del 2012, me invitaron a asistir a un evento de tres días en el Centro de Convenciones de Paipa, en el que se reunían empresarios del sector de seguridad para hablar de los distintos temas de interés nacional. La idea del encuentro era invitar a varios panelistas que supieran del tema, para que los asistentes pudieran oír distintas tesis y plantearles sus inquietudes.

Me levanté el último día del evento, con la noticia de que el ex presidente Uribe acababa de confirmar que asistiría a ofrecer la conferencia de cierre. Al cabo de unos minutos, el lugar empezó a llenarse de agentes de policía y hombres de su cuerpo de escoltas. Uribe llegó a eso de la una de la tarde, en medio de un sorprendente operativo de seguridad, para encontrarse con una multitud que lo aguardaba emocionada en la entrada del hotel.

Como era de esperarse en un foro cuyos asistentes pertenecían mayoritariamente al gremio de empresas de seguridad, la llegada de Uribe parecía más una visita del papa que otra cosa. Al bajarse de la camioneta, el ex mandatario fue recibido con cánticos, palabras de apoyo y expresiones de admiración y gratitud a grito herido. Antes de llegar a la sala que se había dispuesto para recibirlo, y luego de tomarse una foto con todo el que se lo solicitara, Uribe le pidió a su edecán que lo llevara al baño. No se si por coincidencia, o simplemente por sapo, en ese mismo momento atendí el llamado de mi vejiga.

Entonces no sabía que cuando un personaje con el nivel de riesgo de Uribe decide entrar a un baño público, su esquema de seguridad desocupa el lugar y no permite la entrada de nadie, hasta tanto el protegido no haya terminado de hacer sus necesidades. Así las cosas, emprendí el camino hacia el baño; en la entrada un policía me puso la mano en el pecho y me detuvo diciendo: “no puede entrar todavía señor”. En vez de aceptar la negativa con resignación, insistí y le dije: “hermano, yo se que adentro está Uribe; yo le prometo que no le hago nada, pero es que estoy que me hago pipí¨.

Para mi sorpresa, el policía entendió mi necesidad fisiológica y me dejó entrar. Abrí la puerta y ahí estaba el ex presidente como cualquier mortal, parado frente al orinal. Con toda la naturalidad, me acomodé en el orinal del lado y le dije: “buenos días presidente”. Él, muy formal, respondió mi saludo y charlamos unos 30 segundos mientras cada quien terminaba lo suyo; y hasta ahí llegó la cosa.

Me acuerdo hoy de esta anécdota, por que todo parece indicar que la supuesta reunión que sostuvieron Uribe y Pastrana con el Presidente Trump, está más cercana a nuestra cumbre en un orinal que a una visita de estado.
Dicho esto, no es válido tratar de restarle importancia al encuentro que se dio entre el Presidente Trump y dos de las cabezas más notorias de la oposición en Colombia. La mayoría de los medios de comunicación se han quedado en el análisis de la forma: que si Trump los invitó, que si fue un encuentro casual, que si se dio en un pasillo, que si duró un minuto o duró una hora.

La forma es lo de menos. Aquí lo que hay que ver y analizar son los efectos que ese encuentro pueda tener en el futuro inmediato de Colombia. Si bien Álvaro Uribe y el presidente de los Estados Unidos son hombres muy distintos, hay un par de cosas en las que son igualitos: los dos son hombres inmensamente poderosos, y los dos viven en su propia realidad.

Con esto me refiero a que estos dos personajes hacen caso omiso de los hechos, de las cifras, de la lógica y de la verdad, si su cabeza y su corazón les indican que la realidad es otra. Es por eso que Trump piensa, entre tantas otras cosas, que el calentamiento global es un invento de los chinos, que su posesión registró la asistencia más grande de la historia, que Obama no nació en Estados Unidos y que, además, su antecesor es el fundador de ISIS. De la misma forma Uribe piensa que Santos es un dictador, que es un castro-chavista, que estamos igual que Venezuela, que Timochencko va a ser presidente, y que le entregamos el país a las FARC, entre otros disparates.

Por eso acá debemos enfocarnos en lo que realmente importa. Y es que más allá de la forma, esta reunión casual en Mar a Lago puede ser el comienzo de una amistad. ¿Con qué consecuencias? Nada más y nada menos que el hombre más poderoso del mundo, reciba información de Colombia de manos de alguien que en su cabeza construyó una realidad que no puede estar más lejos de la verdad y de la objetividad. De modo que por más intrascendente que ese encuentro haya sido, su efecto puede ser bien diferente al de mi cumbre con Uribe.

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